Edición Impresa•La aparición de un diario excepcional

Enrique Wernicke y la escritura como destino

Durante más de medio siglo, las 1.146 páginas de Melpómene, el diario que Enrique Wernicke escribió entre 1936 y 1968, permanecieron bajo la custodia de su mujer y su hija. Publicado ahora en forma íntegra por Editores Argentinos, este documento extraordinario permite ingresar en la intimidad de uno de los escritores más singulares y secretos de la literatura argentina: sus ambiciones y fracasos, sus conflictos políticos, sus vínculos intelectuales, la lucha contra el alcohol y una relación implacable con la propia escritura. Un legado que el autor consideraba lo mejor de su obra y que hoy ilumina, desde una perspectiva inédita, varias décadas de la cultura nacional.

Enrique Wernicke y la escritura como destino
Hoy 04:55

Melpómene es la musa de la tragedia en la mitología griega, pero desde entonces reconoce otro sentido en la literatura argentina. Se trata de los diarios que Enrique Wernicke (Buenos Aires, 1915-1968) llevó a lo largo de su vida como escritor bajo ese título y que aparecen después de ser celosamente custodiados durante casi medio siglo. Uno de los grandes escritores nacionales, de culto y a la vez excéntrico del canon, es así redescubierto a la luz de lo que sería no un texto lateral sino su obra maestra, aquella en la que confió para la posteridad.

“No existen diarios de esta magnitud en nuestras letras”, afirma el editor Andrés Monteagudo. El original comprende 1146 carillas que fueron escritas entre marzo de 1936 y mayo de 1968. Melpómene, publicado por Editores Argentinos, reproduce además las notas del propio Wernicke a las entradas e incorpora 35 fotografías personales del escritor y 27 facsimilares de páginas del diario.

Desde la muerte de Wernicke, el diario estuvo bajo el cuidado de su mujer, Rosa Dror Alacid (1933-2022), y de su hija, la ilustradora María Wernicke (1958). “Ellas preservaron la totalidad del diario, hicieron copias y las numeraron para no perder la disposición original. Rosa llegó a corregir unas cuantas páginas. Un trabajo hecho con dedicación y cariño, con un respeto sin concesiones”, agrega Monteagudo, responsable con Esteban Bertola de Editores Argentinos.

No faltaron propuestas para publicar Melpómene, pero nadie se comprometió a hacer lo que exigían los familiares de Wernicke y ahora se cumple: la publicación íntegra del original en un solo volumen, con el plus de imágenes en el que se destacan 15 fotografías de Anatole Saderman, un amigo del escritor En 1975, la revista Crisis publicó unas diez páginas del diario, con presentación de Jorge Asís. “Rosa y María no permitieron a nadie acceder al contenido, con esa única excepción –dice Monteagudo-. También fueron ellas quienes al blindar la puerta de entrada, centinelas de una genialidad oculta de nuestra literatura, avivaron un fuego que la muerte de Enrique no había apagado del todo”.

Opiniones contundentes. El comienzo del diario está asociado con otros hechos trascendentes en la vida de Wernicke. El mismo año 1936 recibe un premio del diario La Prensa, hace su última gira con “La Andariega”, el carro de títeres que compartió con Javier Villafañe, y escribe los poemas Palabras para un amigo. Canciones de puertas adentro, el que se convierte en su primer publicado al año siguiente.

La primera entrada, “más o menos del 15 de marzo de 1936” (sic), ya tiene el título de Melpómene. Wernicke toma conciencia de su situación a través de la escritura: “Hoy escribo cuentos y de vez en cuando me publican uno en La Prensa. Parece que voy en vías de ser un escritor. Eso es inaudito”. También nota sus resistencias, a continuación: “La sola idea de sentirme atado me repugna, y sin embargo ya es inútil. Comprendo que para ganarme el pan voy a escribir. Y me voy a forzar muchas veces, como lo estoy haciendo ahora”.

Las referencias a la escritura atraviesan el diario hasta el final, cuando anota que “el asunto es escribir, es mi único enlace con el mundo”. También el lugar y los instrumentos de trabajo, como la máquina alemana Rheinmetall Borsig Sömmerda en la que escribe “como un loco”. Wernicke comenta lecturas y diálogos con amigos lectores y editores; acusa recibo de notas periodísticas; desbroza sus expectativas y sus impresiones ante la recepción de cada libro. Pero ante todo el diario es un espacio donde reflexiona y se cuestiona de manera implacable su propia práctica.

El diario es así el gran marco en el que se inscribe los libros de cuentos Función y muerte en el cine ABC (1940) y Los que se van (1957) y las novelas La tierra del bien-te-veo (1948) y Chacareros (1958), entre otros, además de sus creaciones como dramaturgo. Y también el de los trabajos que requirió la subsistencia, como empleado de Obras Sanitarias, fabricante de soldaditos de plomo, redactor en la agencia de publicidad Walter Thompson y guionista de radio, cine y televisión.

Wernicke tiene apenas 21 años cuando escribe, en enero de 1937: “Lo único que me apura es mi obra (…) A pesar del terror que tengo por la muerte, veo en ella mi única solución”. En las primeras páginas, el joven Wernicke se explaya también sobre sus aventuras amorosas y sus comentarios al respecto no son menos exaltados que los que dedica a sus sueños de escritor; a este cuadro se agrega a partir de la década siguiente la relación con el Partido Comunista y sus intelectuales.

Impiadoso consigo mismo, Wernicke no es precisamente contemplativo con sus interlocutores en el ambiente intelectual. “Hay un pelagatos que parece que quiere aceptar mi libro de cuentos”, dice antes de publicar su primer título en el género, Hans Grillo (1940). Tampoco se molesta por lo que hoy sería hacer difusión: “No quiero depender de un auditorio de imbéciles. No quiero hacer las cosas una mitad por lo que son y otra mitad porque lo sepan”, “me niego a vivir la pequeña politiquería literaria”, apunta en distintos pasajes.

En enero de 1946 se afilia al Partido Comunista “ante tanta bestia nazi” y al año siguiente confronta con un comisario estalinista, como más tarde le toca a Raúl González Tuñón por más que escriba poemas dedicados a Stalin. El motivo es la salida del libro de cuentos El señor Cisne. Wernicke lo ve venir antes de la publicación, como anota el 28 de junio de 1947: “Yo no estoy equivocado con mis gustos. Sé cómo sería el libro que me gustaría escribir. Pero es indudable que, aparentemente, mis gustos contradicen mi ideología. O será que no, que profundamente, en lo más hondo de mí, están de acuerdo”.

La crítica llega en noviembre de aquel año, en un artículo publicado en la revista Orientaciones. Julio Notta, integrante del Comité Central del Partido Comunista, critica a El señor Cisne por “pintar personajes pequeñoburgueses” y practicar una “literatura decadente” que produciría un “efecto pernicioso sobre quienes luchan contra las fuerzas retrógradas”. Melpómene es el primer acuse de recibo: “Son tan burdos los argumentos, tan tontas las razones que ni sé si atinaré a contestarle. En el fondo, me da una pereza atroz”. Wernicke se sobrepone y responde: “Tengo absoluta conciencia de lo que escribo y cómo lo escribe”, dice; con el criterio del comisario, Balzac, Dostoievski “y tantos otros bien leídos y apreciados por los comunistas de la Unión Soviética” serían decadentes.

El pleito queda resuelto, pero los malentendidos continúan hasta su expulsión del partido; de ahí que en 1956, cuando muere Stalin y para diferenciarse del resto de los intelectuales argentinos, Wernicke siente “una indiferencia total” ante el hecho.

La leyenda del bebedor. “Dentro de diez o quince días (la novela) La ribera sale a la calle –escribe Wernicke el 31 de octubre de 1955-. Me he descubierto esperando el ‘gran golazo’. Y no tiene sentido. Un libro no es nada más que un libro. Esta novela no me cambiará la vida en lo más mínimo. Será lo de siempre. Algunos papanatas que me dirán cosas. Un Salana que me sacudirá un palo, alguna nenita que me buscará el sexo”.

Ambientada hacia mediados de los años 40, La ribera alude a los conflictos políticos y sociales de la época y a la emergencia del peronismo. Pese a que el autor no se hizo ilusiones, la novela marcó su consagración como escritor; el reconocimiento quedó rubricado por una carta de Victoria Ocampo. Por supuesto que Wernicke desprecia ese gesto de “los oligarcones” y si bien hay cuestiones de clase en el rechazo también se inscribe un reiterado sentimiento de fracaso que parece inexplicable ante los premios que recibe como autor de teatro y narrativa y las opiniones de lectores calificados que “me inflan la vanidad”, como él mismo admite.

No obstante, Wernicke insiste el 23 de marzo de 1956: “Mi novela (La ribera) no se vende. ¿Qué me asombra si siempre fue así? Mis libros se comentan pero no se leen mucho”. La autocrítica se profundiza. “Hay que trabajar –sigue la misma entrada-. Y no beber whiskys. Saco cuentas y me estoy gastando doscientos pesos semanales en alcohol, sin contar el vino”. Las menciones sobre “los infinitos whiskys que bebo” también se repiten: “Si consiguiera dejar de chupar…”, anota Wernicke el 11 de abril de 1956 y deja la frase en suspenso.

Otra marca reiterada es la anticipación de la propia muerte. Las últimas palabras que Wernicke escribe en su diario son “un día de estos reviento”, y dos meses después, en efecto, se produce su muerte. Pero el desenlace está anticipado por ejemplo el 26 de diciembre de 1938: “El destino será todo. Pero mi destino es luchar hasta reventar”. El 28 de junio de 1955: “No creo vivir mucho. Me interesaría lograr una plenitud con mi escritura. Y luego reventar”.

Cartas a la posteridad. Wernicke es su primer lector y su primer crítico. “Hasta aquí, todo el diario me parece estúpido” anota en 1945 respecto de lo que llevaba anotado hacia 1938. “Como otras tantas noches, interrumpo la escritura para leer las Melpómenes –escribe en diciembre de 1953. Asombro, tristeza, de todo un poco. Sigo pensando que es lo mejor que he escrito en mi vida. Es lo único que vivirá de mí”. Y en junio de 1955 encuentra un reflejo que le provoca rechazo y al mismo tiempo le gusta: “Mi diario es uno de los documentos más monstruosos que he leído en mi vida. El personaje que surge de sus páginas (yo) revuelve la sangre de cualquiera. Su cinismo, sus ambiciones, los mismos sufrimientos que lo retuercen, dan náuseas. Pero me alegra dejarlo escrito”.

Melpómene cruza a la vez el diario con la correspondencia, ya que Wernicke piensa las entradas como cartas dirigidas a la musa. También hay interlocutores más concretos: invitado a publicar por el grupo literario La Carpa en 1945, se dirige al poeta jujeño Raúl Galán y se presenta: “Yo he empezado a escribir en 1930. Desde entonces hasta hoy nuestro país vive una de las crisis políticas más graves de su historia. Y en tanto, lo mejor de mí mismo se solaza escribiendo cuentos a la manera de Andersen o de Poe”. A continuación descarga otra impugnación del realismo socialista y aclara que sus cuentos fantásticos no documentan nada, “como no ser un mundo personal al que puede tener un nido de hornero”.

La publicación de Melpómene sigue a otras ediciones y reediciones que mantuvieron presente al escritor, como La ribera (2009), Obra poética (2017) y El agua (2024), pero cambia la escala de la apreciación. Wernicke deseó la publicación del diario y quiso que fuera leído por las personas a las que nombraba. Pero aquellos interlocutores en los que pensó ya no están presentes. Las cartas que escribió bajo la forma de diario se dirigen entonces a los lectores actuales y configuran un legado.

Andrés Monteagudo cita una reseña de Cuentos, libro póstumo de Wernicke publicado en diciembre de 1968: “Cuando acababa de cumplir 53 años, decidió desaparecer como un personaje de Los que se van, uno de sus libros, y sus amigos dudan todavía si su muerte es solo momentánea o, tal vez, definitiva”. El artículo se tituló “Entre hombres y fantasmas” y para el editor “prefigura la construcción de un mito; ahora hay que leer Melpómene para entender la profundidad empírica de lo legendario”.

La crítica y la vida

Enrique Wernicke

Melpómene – Diciembre 11 de 1955

Sale una crítica en La Razón. Me pegan, en general. Eso no me importaría. Lo malo es que no le dan importancia. Y bueno…

En cambio, entre la gente del “Congreso de la Cultura” encuentro unos cuantos admiradores. Me alegró mucho que le gustara a María Rosa. Mañana iré a visitarla. Creo que es hora de hacer un viaje. Quiero pedirle que me consiga una invitación.

Lo bueno es que hoy ya no me siento en espera. Se acabó la importancia de las críticas. En cambio se actualizan los problemas de mi vida. plata. Y un nuevo mundo. ¿Escribir? Claro que debería hacerlo… Preparar los cuentos. Por radio del Estado habla Roberto. Me pongo a la tarea de escribir un libreto de nuestros proyectos.

Melpómene – Diciembre 15 de 1955

Hace un mes que me entregaron La ribera. En poco tiempo, muchas satisfacciones. Hoy, Rosita me trae Palabra Radical con un comentario bien extenso. No dice nada el pobre infeliz que escribe, pero habla y habla por un rato. Además, ayer recibí una carta del tío Enrique. Generosa, estimulante, buena. Me hace mucho bien que le guste mi novela. y me preparo no sé cómo para correrme al Uruguay. ¿Con Rosita? ¿Sin Rosita?

Más noticias: ayer armamos El Popular. Retorno al antiguo oficio con gusto. El olor a la imprenta, el trato con los gráficos. Aún no he visto el periódico, pero lo imagino bastante discreto. Habrá que romperse para el próximo número, sin falta.

(…)

(de Melpómene)

El registro de una vida intensa

O. A.

A fines de 2010 Andrés Monteagudo habló por primera vez con Rosa Drod Alacid y le preguntó si podía acceder al diario de Enrique Wernicke y “la respuesta fue terminante: nadie iba a leerlo antes de su publicación”. Años después lo volvió a intentar, con la edición de la obra poética de Wernicke por la editorial Serapis que él mismo prologó. “No me fue mejor esta vez. Ni ella ni su hija María aprobaban lo que escribí sobre Wernicke. Era como que me alejaba. Sin embargo, el tiempo, el empeño tal vez, y por qué no, la pasión por la literatura argentina, hicieron que, después de que fundáramos con Esteban Bertola el sello Editores Argentinos, volviera a soñar con el diario de Wernicke”. El editor recuerda el proceso que llevó al libro, que se publicó con apoyo del Fondo Nacional de las Artes.

—¿Wernicke dejó instrucciones para la publicación del diario?

—Las únicas indicaciones que podemos extraer del diario están fechadas a fines de 1949. Wernicke escribe: “Quiero que esto lo lean los amigos y todos los que aparecen mencionados”, y más abajo, con otra tinta: “¡También quisiera que se publicara!”. Luego, sabemos que a veces leía pasajes del diario en las reuniones con amigos en su casa de La Lucila, y que también les leía a sus mujeres. Podemos deducir, siguiendo la pista de sus anotaciones, que este diario también era leído a escondidas, sin su aprobación. Wernicke suplica a su primera mujer que no lea ciertas páginas. “No leas, por favor, no leas”, escribe en los márgenes de la hoja. Existe como un diálogo diferido con el tiempo, con las circunstancias y con las personas, dentro y fuera del diario. Pero no hay indicios de que haya tenido la voluntad de publicarlo en vida, más bien lo contrario, entre otras cuestiones, por la sinceridad arrolladora de la escritura, que llega a convertirse en el cristal a través del cual “mira” su propia vida. Hay momentos muy impactantes que Wernicke registra como en un trance introspectivo que lo devuelve cada vez más agudo, más inconformista, implacable con la realidad.

—¿Qué destacarías entre los contenidos del diario?

—Hay varios temas importantes: los viajes, el amor, los amigos, la escritura, los libros, la política, el trabajo. El diario demuestra cómo Wernicke se fue convirtiendo en una especie sino de faro, sí de punto de referencia, inflexión o como querramos llamarlo, para varias generaciones de escritores, pintores, cineastas, etc., que lo visitaban en su casa, le proponían proyectos, le pedían textos o ideas, o le ofrecían algún “trabajito”, y de quienes él esperaba, sobre todo al final de su vida, alguna retribución, que no siempre llegaba. Wernicke trabó vínculos con personalidades tan diversas como Torre Nilson, Victoria Ocampo, Raúl Larra, Alfredo Varela, Ernesto Sábato, Vicente Barbieri, Estela Canto, Noe Jitrik, Jorge Álvarez, Carlos Castagnino, Eneas Spilimbergo, Arden Quin, Mateo Hernández, Federico Valle, Pino Solanas, Lautaro Murúa, Pedro Asquini, Norman Briski y Héctor Alterio, por mencionar solo algunas.

—Escritores, artistas, intelectuales. Un mapa de época.

—El diario registra las vicisitudes de su vida como escritor. Por un lado, el ida y vuelta con los editores: Muchnik, Saslavsky, Sara Maglione, Burnichon, Stevanovich, Galer o el imprentero Francisco Colombo. Por otro lado, Melpómene es depositario de los primeros comentarios sobre sus libros, tanto de periodistas o críticos como colegas y amigos. También es el lugar donde Wernicke piensa sus proyectos de escritura, donde se compara con otros escritores como Roberto Arlt o Benito Lynch, donde reflexiona sobre sus propios libros. Porque la escritura es uno de los temas centrales del diario, el más importante. De ahí sus cavilaciones sobre el Diario de Katherine Mansfield, Franz Kafka, William Hudson o Gálvez, a quien califica como “horroroso, un narcótico de la peor clase”. Con Melpómene nos asomamos a una personalidad nada convencional y cuya biografía no está exenta de tragicidad. El escritor comparte con nosotros la parábola de sus oficios: la fábrica de soldaditos, las agencias de publicidad, el teatro, el cine, la televisión; sus vicios: el cigarrillo, el boliche, el alcohol; y sus pasiones: la literatura, la floricultura, los viajes. Y muchas cosas más: porque Melpómene contiene el registro incontenible de una corta pero muy intensa vida.

—Wernicke no ha dejado de estar presente a través de reediciones de sus libros. ¿Qué efecto puede tener la publicación del diario?

—Creo que esta publicación tiene, ante todo, un gran valor en sí misma. Luego, desde ya, producirá un efecto en el resto de la obra de Wernicke que, como bien decís, nunca ha dejado de leerse. Lo curioso es que él afirma que este diario es lo mejor de su literatura. Ahora, en mi opinión, en cuanto al presente y pasado de la literatura argentina, el aporte es inmensurable. No existen diarios de esta magnitud en nuestras letras, y todo lo que este maravilloso documento revela del panorama literario y político de los años en que se mueve su protagonista habilitará sin dudas nuevas perspectivas sobre la cultura argentina desde la segunda mitad del siglo veinte a esta parte.

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