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Martín Buscaglia: “Todos mis discos son bastante atemporales”

A veinte años de El Evangelio según mi jardinero, Martín Buscaglia vuelve a tocar el hoy clásico en Buenos Aires y reflexiona sobre su vigencia.

Martín Buscaglia: “Todos mis discos son bastante atemporales”
Hoy 05:46

Publicado en 2006, El Evangelio según mi jardinero ocupa un lugar central en la trayectoria de Martín Buscaglia. Fue el disco que consolidó una forma personal de cruzar el funk, el candombe, la experimentación y la canción, y también el que abrió una etapa de presentaciones frecuentes en Argentina y España. Veinte años después, el músico uruguayo vuelve sobre ese repertorio con los Bochamakers, la banda que nació alrededor de aquellas canciones. La celebración tendrá dos escalas: el jueves 19 de noviembre tocará en La Trastienda, el mismo escenario donde presentó el álbum por primera vez en Buenos Aires, y el viernes 20 llegará a Casa Brava, en Rosario. Lo acompañarán Martín Ibarburu, Matías Rada, Coby Acosta y Nacho Mateu. Los conciertos también recuperarán algunas canciones de Llevenlé, su primer disco, que cumple treinta años, y podrían incluir material de su próximo álbum, grabado recientemente en Montevideo y cuya presentación está prevista para 2027. ¿Qué escucha Buscaglia hoy en ese disco que quizás no podías escuchar cuando lo terminaste? Buscaglia: “Mmm… escucho lo mismo, sigo siendo yo, más allá de su énfasis funkero y milonguero. Por suerte —y por dedicación—, todos los discos que he hecho son bastante atemporales, no están demasiado anclados a una época, todos siguen sonando en presente. Quizás influya que en ninguno de ellos manejé referencias concretas basadas en otros artistas, en cómo quería que sonara o fuera un disco. No entiendo la música de esa manera tan metonímica. He trabajado con otros músicos a lo largo del tiempo y muchas veces te abarrotan de referencias sobre cómo sonar, cómo componer, cómo tocar. Yo sigo pensando que lo que te enseñan los maestros no son notas musicales, es más bien una disposición”.

—¿Cómo cambió tu relación con las canciones de aquel álbum a lo largo de estas dos décadas?

—Las sigo tocando habitualmente en vivo. Si me las piden, toco cualquiera de ellas: ninguna la siento distante, ni letrística ni armónicamente. Pero a lo largo de los años las interpreté de diferentes maneras, no únicamente con los Bochamakers, que es la banda que armé para El Evangelio… Hasta el año pasado estuve tocando, por ejemplo, con una formación de seis percusionistas, cuatro coristas y yo. También toco mucho solo, con la guitarra y el piano. Los temas funcionan en cada una de esas situaciones, incluso los que en el disco tienen sonoridades muy específicas. Un buen tema soporta cualquier cosa: solo cambia la faceta que resalta.

—Tu recorrido musical está atravesado desde el comienzo por Rubén Rada y por una tradición muy particular de la música uruguaya. ¿Qué cosas de esa herencia sentís que todavía están presentes en tu manera de hacer música?

—Todas. Mientras contesto esta entrevista estoy escuchando el primer disco de Totem. Me dan ganas de tocar algún tema de ellos en La Trastienda, veremos. Rubén Rada, junto a Eduardo Mateo y Hugo Fattoruso, son referencias siempre. Cada vez que compongo una canción, si se da el caso de que alguna melodía, arreglo o lo que sea me suena parecido a algo que ya existe, instantáneamente lo descarto. No me interesa para nada ser otro. Hay muy pocas excepciones a esta regla: Rada, Hugo, Mateo. Si lo que hago contiene alguna reminiscencia de su obra, lo tomo como un buen designio. La libertad y la responsabilidad con que se tomaban la relación con la música son mi mayor influencia. Esto es extensivo a los capos de una generación siguiente a la de ellos: Mandrake Wolf, Fernando Cabrera, Pippo Spera, Jorginho Gularte, Leo Maslíah… y después ya venimos nosotros.

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