El capitalismo neoliberal promueve un “individuo absoluto” que no debe explicaciones a nadie. Por ello, la impudicia (falta de vergüenza) se convierte en una herramienta política. En cambio, la ética en un tratamiento terapéutico consiste en rescatar la singularidad del sujeto y su responsabilidad frente al otro. Es así como la ética autoriza la alteridad al mantener la sensibilidad (incluyendo la vergüenza) que nos permite reconocer al otro como un semejante, resistiendo a la fragmentación social y al odio.
Desde esta perspectiva debemos entender que la vergüenza no es solo una emoción individual, sino un afecto político y social que revela la tensión entre el sujeto y el sistema de poder que lo rodea.
Como vamos a ver en este texto, la vergüenza la podemos entender como un afecto bisagra. En lo singular es un indicador de un conflicto entre la realidad del sujeto y sus deseos; en la relación con los otros es la chispa que, al compartirse, permite la denuncia de la injusticia. Mientras que el poder busca que el individuo sienta vergüenza de sí mismo para controlarlo, cuando desde lo colectivo aparece la vergüenza del sistema, permite la posibilidad de generar acciones para modificarlo. Es decir, lo que llamo la vergüenza ética permite que transformemos la vergüenza en indignación para recuperar la potencia de actuar.
La vergüenza represiva y la vergüenza ética. Hay un origen mítico de la vergüenza en la cultura occidental que está representado en el mito de Adán y Eva que se encuentra en el Antiguo Testamento; en particular el Génesis relata cómo aparece la vergüenza represiva ligada a la sexualidad en el ser humano. De esta manera, durante el último milenio antes de la era moderna, las prohibiciones sexuales se organizaron en leyes y normas que regularon las costumbres judías para luego migrar al cristianismo. Sin embargo, la causa primera de esta regulación emocional y sexual se hundió en los procesos subjetivos de la humanidad.
En la actualidad el miedo y la vergüenza son las dos caras de la moneda que el poder neoliberal en su deriva neofascista utiliza para el sometimiento subjetivo, pero ambos operan de formas distintas. Utiliza el miedo (al desempleo, a la inseguridad, al “otro” diferente) para generar aislamiento. El miedo fragmenta los lazos solidarios: cuando alguien tiene miedo, se encierra y deja de participar en lo colectivo; es una herramienta política que busca que el sujeto acepte condiciones de vida precarias a cambio de una “seguridad” ilusoria.
Mientras el miedo viene de una amenaza exterior, la vergüenza es un “castigo” que el sujeto se impone a sí mismo. Es el sentimiento de ser insuficiente frente a las exigencias del mercado. Si el miedo dice “cuidado con el otro”, la vergüenza dice “el problema sos vos”. Esto anula la capacidad de protesta, ya que el sujeto no culpa al sistema que lo somete, sino a su propia supuesta incapacidad. En resumen, mientras el miedo segrega, la vergüenza silencia. Ambos convergen en la subjetividad del desamparo, donde el individuo queda solo frente a un poder que lo juzga constantemente.
Spinoza define la vergüenza (pudor) no como una virtud, sino como una pasión triste. Como toda tristeza, esta vergüenza represiva reduce nuestra potencia de actuar. Nos encoge, nos debilita y nos vuelve dependientes de la opinión ajena. De esta manera la vergüenza demuestra que no somos individuos aislados; nuestra alegría o tristeza dependen de cómo imaginamos que la sociedad nos juzga. Si tomamos la potencia de los afectos de Spinoza para aplicarla al análisis de la subjetividad actual, la vergüenza es la inscripción del poder en la piel. El rubor o el “querer desaparecer” son manifestaciones de cómo el orden social regula nuestros cuerpos.
Desde esta perspectiva, la vergüenza la podemos reconocer como una paradoja política y clínica, ya que funciona como un “freno ético”: sentir vergüenza por el sufrimiento ajeno es lo que nos permite seguir siendo humanos y evitar caer en la crueldad del neofascismo neoliberal. En la clínica el terapeuta debe ayudar al paciente a diferenciar entre la “vergüenza represiva” (que paraliza y disminuye la potencia de actuar) y la “vergüenza ética” (que protege la intimidad y el respeto por el otro).
Los procesos actuales de corposubjetivación. Desde el concepto de “corposubjetivación”, que da cuenta de una subjetividad-cuerpo anudada en tres aparatos (psíquico, cultural y orgánico), defino la vergüenza como un síntoma donde la mirada del otro es crucial. Este concepto nos permite entender cómo el psiquismo humano no es algo aislado, sino que se construye en un entramado constante entre el cuerpo y la cultura. En la actualidad, esta mirada está mediada por las pantallas y las redes sociales, donde quedar expuesto o no cumplir con la “performance” esperada genera un sentimiento de desamparo y exclusión del lazo social. La vergüenza hoy no nace de haber hecho algo “malo” moralmente, sino de ser “insuficiente” para el mercado. El sentimiento de inferioridad se convierte en una herramienta de control social que fragmenta la subjetividad y rompe la solidaridad colectiva.
A diferencia de la culpa, que castiga una acción, la vergüenza cuestiona el ser. La vergüenza extrema actúa como una “hemorragia interna” de la subjetividad. Es la pulsión de muerte desatada contra el propio Yo, que busca desaparecer, “trágame tierra”, o hacerse invisible ante la mirada del otro.
De esta manera, en los procesos de corposubjetivación, la pulsión de vida, Eros, se sostiene en el reconocimiento del otro. Cuando la sociedad mira al sujeto solo como una mercancía desechable, esa mirada está cargada de pulsión de muerte, ya que se anula al otro como alteridad. La vergüenza es la respuesta del sujeto que se siente tratado como un “resto” o un objeto sin valor. Para defenderse de la pulsión de muerte que la vergüenza represiva le infringe, el sujeto puede “darla vuelta” y proyectarla hacia afuera. Esto explica la desvergüenza cruel: el sujeto intenta evitar su propia desaparición psíquica atacando y humillando a otros. Por ello, a diferencia de la vergüenza represiva que “inmoviliza”, debemos recuperar una vergüenza ética que permita la capacidad de sentir malestar frente a la injusticia, una huella de la memoria colectiva que puede transformarse en una herramienta de crítica cultural.
La salida de la vergüenza represiva e individualista no es solamente un proceso puramente privado, sino un acto político y vincular. Romper el círculo del autodesprecio implica pasar del “aislamiento de la vergüenza” a la “fuerza de lo colectivo”.
El primer paso es entender que lo que el sujeto vive como una falla personal (no tener trabajo, no cumplir con estándares de belleza, sentirse insuficiente) es, en realidad, una problemática social. Al compartir el malestar con otros, la vergüenza pierde su poder represivo porque deja de ser un “secreto” vergonzoso para convertirse en una denuncia compartida.
Frente al individualismo que nos obliga a competir, debemos rescatar el concepto de fraternidad. Esto implica reconocer al otro como un semejante y no como un enemigo; en todo caso un semejante que podemos rivalizar. Lo colectivo funciona como un “colchón” simbólico que protege al individuo de la mirada despiadada de la cultura dominante.
La vergüenza ética surge cuando el sujeto reconoce que la realidad social es indigna. Si esa vergüenza se vuelve colectiva, deja de ser un “veneno solitario” y se convierte en un motor de cambio social. Funciona como una reacción ante la alienación y la deshumanización del sistema capitalista; es el rechazo subjetivo a una existencia que se percibe como impropia o degradada.
El neoliberalismo como fábrica de subjetividad. El neoliberalismo no es solo un modelo económico, sino una “fábrica de subjetividad” que opera directamente sobre los cuerpos.
De allí que la vergüenza represiva sea utilizada como una herramienta de sometimiento.
En la fase neoliberal el poder utiliza afectos como el miedo, el odio y la vergüenza para someter a la población. El neoliberalismo promueve la idea de que cada individuo es un “empresario de sí mismo”, un emprendedor. Cuando el sistema falla (desocupación, pobreza), el sujeto de la subjetividad neoliberal no culpa al sistema, sino que siente vergüenza de sí mismo por no haber sido “suficientemente exitoso”. Esta vergüenza privatiza el malestar. En lugar de convertirse en una protesta colectiva, se transforma en un síntoma individual (depresión, angustia) que inmoviliza al sujeto.
La vergüenza represiva surge ante la imposibilidad de alcanzar los estándares de consumo y estética que la cultura dominante impone como requisitos para “pertenecer”. Al sentir vergüenza de su propia situación, el sujeto se vuelve más dócil ante las exigencias de la cultura dominante, aceptando condiciones de vida precarias como una “responsabilidad personal”.
Como venimos afirmando, existe una vergüenza represiva y una vergüenza ética, una vergüenza “productiva”: sentir malestar frente a la crueldad ajena es lo que permite rebelarnos. De esta manera podemos entender que no es solamente un problema singular, sino el resultado de cómo nos vinculamos con los demás y con las normas del poder. El desafío es transformar esa “pasión triste”, que nos inmoviliza, en una acción potente que cuestione por qué sentimos vergüenza de lo que el poder nos impone.
En este sentido para desarmar estas políticas del sometimiento, la vergüenza ética nos permite reconstruir las potencias colectivas.
* Dr. en Psicología. Psicoanalista. Director de la revista y la editorial Topía. Esta es una versión abreviada del artículo que con el mismo título apareció en la revista Topía N°107 de 2026.








