Del foro que prometía refundar los cimientos del capitalismo a un club de países con más divergencias que coincidencias, la historia del G20 desde su relanzamientoen 2008 apenas acredita dos años de vida y un importante catálogo de objetivos ambiciosos pero inconclusos. Cuando los veinte socios confluyan hoy en el Centro deConvenciones Metro de Toronto para la cuarta cumbre del grupo, la foto de familia apenas podrádisimular las múltiples posiciones que fracturan al grupo una vez que se cierran las puertas yque amenazan la naturaleza misma del G20, la posibilidad de tejer una senda consensuada alcrecimiento.
“El G20 demostró una solidaridad impresionante en la etapa de la crisis pero a medida queuna recuperación desigual comienza, preservar la cohesión se hace más difícil. La unidad de la ‘Comunidad del Salvavidas’ setornará cada vez más ardua conforme la fase más aguda quede atrás”, escribió esta semanaStewart Patrick, director del Programa de Instituciones Internacionales y Gobernanza Global delCouncil on Foreign Relations. En otras palabras, no todos los países enfrentan hoy la crisis enigualdad de condiciones y de ahí que sus intereses particulares empiecen a primar sobre las metasgrupales, tal como se evidenció ayer en declaraciones cruzadas en Toronto y en algunos párrafos delborrador de la declaración final de la Cumbre.
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