La victoria de Lula en Brasil, después de haber quedado segundo en la primera vuelta frente a Flávio Bolsonaro , modificó en apenas tres semanas el escenario que buena parte de los análisis regionales daba por descontado. El presidente brasileño sumó 10,37 millones de votos respecto de la primera vuelta y revirtió una diferencia inicial de más de dos millones. No fue simplemente una elección ajustada: fue una demostración de que, incluso en sociedades profundamente polarizadas, los resultados no están escritos de antemano.
Hasta hace apenas unos días, buena parte de las especulaciones sobre el futuro de América Latina apuntaban hacia un continente cada vez más identificado con las nuevas derechas. La posibilidad de una victoria de Flávio Bolsonaro parecía completar un mapa de afinidades políticas que se encontraban en Javier Milei, Donald Trump y la familia Bolsonaro sus principales referencias. La imagen de una región alineada detrás de una misma identidad ideológica adquiría fuerza, además, por la capacidad de estas figuras para construir vínculos internacionales, compartir consignas y proyectar una estética política reconocible. Una nueva hegemonía basada en la batalla cultural que promete modificar la subjetividad de la región.
Sin embargo, la victoria de Lula desarmó esa fotografía antes de que terminara de consolidarse. Eso no significa que haya desaparecido la derecha latinoamericana ni que se haya iniciado automáticamente una nueva ola progresista. Significa algo más importante para comprender el presente: la simultaneidad de determinados triunfos electorales no alcanza para demostrar la existencia de un ciclo histórico homogéneo.
En ese contexto, la próxima prueba será Estados Unidos , donde las elecciones legislativas de medio término del 3 de noviembre pondrán nuevamente a prueba el liderazgo de Donald Trump y el respaldo electoral a su proyecto político. Un resultado adverso para los republicanos no solo podría modificar el equilibrio de fuerzas en el Congreso, sino también debilitar las aspiraciones de Trump para proyectarse como referencia internacional de las nuevas derechas en el tiempo, más allá de que su mandato se extiende hasta el 2029.
La elección adquiere así una dimensión que, como siempre, excede las fronteras estadounidenses: lo que parece hoy una casi segura derrota de Trump pone presión sobre sus aliados internacionales, como Milei, quienes verán algo de enviado político en su contra.
No se trata de anticipar un desenlace, sino de advertir que la sucesión de acontecimientos en Brasil y Estados Unidos podría poner en cuestión esa idea obvia pero que iba echando raíces de una expansión lineal e irreversible de las nuevas derechas.
Pero para destacar lo excepcional de lo que ocurrió es necesario ponerlo en contexto. Ayer, el politólogo Facundo Cruz contaba en este programa que, de 43 balotajes desde 2020, solo 2 oficialismos lograron revertir un resultado adverso en primera vuelta. Vamos a escucharlo en sus palabras.
Además, el politólogo advirtió algo interesante: los analistas muchas veces analizamos la situación actual con las “anteojeras” de la prepandemia.
Durante décadas, América Latina estuvo acostumbrada a ciclos políticos relativamente extensos: primero los gobiernos asociados al Consenso de Washington, después la llamada ola rosa de comienzos de los años 2000 y, posteriormente, una nueva etapa de gobiernos de centro y centroderecha. La pospandemia parece haber alterado esa dinámica. Estamos frente a ciclos políticos más cortos , caracterizados por una alternancia recurrente, en los que los oficialismos tienen cada vez menos tiempo para desarrollar sus programas y sostener sus resultados.
Veamos este fragmento de la entrevista de ayer:
Reflexionemos qué cambió con la pandemia. Un cambio estructural fue la aceleración de una transformación que ya estaba en marcha: la digitalización de prácticamente todos los ámbitos de la vida social. El aislamiento se trasladó al mundo virtual, la buena parte del trabajo, la educación, el consumo y, especialmente, las relaciones personales.
Los ecosistemas digitales dejaron de ser un espacio complementario para convertirse en una de las principales vías de acceso a la información, la conversación pública y la construcción de identidades. Esa transformación también modificó el vínculo entre los ciudadanos y la política: los liderazgos pueden construirse sin las estructuras partidarias tradicionales, las agendas públicas cambian al ritmo de las tendencias digitales y la circulación de información se vuelve mucho más veloz que los mecanismos institucionales para procesarla.
Al mismo tiempo, la fragmentación de las audiencias y la multiplicación de fuentes de información debilitan las referencias comunes desde las que antes se organizaba buena parte del debate público. La pandemia no inventó esta nueva dinámica, pero funcionó como un acelerador histórico que modificó las formas de hacer política, construir consensos y disputar el poder.
Todo esto ocurre en un contexto de agotación del modelo hegemónico de capitalismo globalizado e hiperfinanciarizado. No es una tendencia nueva, sino que llevaba muchas décadas donde inclusive en las sociedades más avanzadas económicamente se daba un estancamiento donde el progreso social, o la sensación de estar mejor que las generaciones anteriores, se habían frenado. La pandemia lo que hizo fue tirar un fósforo donde ya había una fuga de gas.
Volviendo a lo coyuntural, lo que ocurrió luego de conocerse el resultado en Brasil también es una señal de nuestros tiempos. Hablemos de la salida de Flávio Bolsonaro hacia Estados Unidos.
El senador había recibido una orden del Supremo Tribunal Federal para entregar sus pasaportes, que no cumplió, y finalmente viajó con su familia a través de Argentina y Ecuador. Donald Trump confirmó públicamente que habría autorizado su ingreso a Estados Unidos, mientras que el Departamento de Estado anunció que se le otorgarían visas. En una carta difundida después de su llegada, Flávio agradeció expresamente el apoyo de Trump y Milei y llegó a autoproclamarse inicialmente “verdadero presidente electo” de Brasil, una expresión que fue reemplazada aproximadamente media hora después por “líder de Brasil” .
Claramente alguien, que seguramente tiene algo que ver con su permiso de ingreso y residencia, le susurró algo al oído.
La participación argentina en este episodio agregó otro elemento de realismo mágico criollo a la ecuación. Migraciones confirmó que Flávio Bolsonaro ingresó a Misiones el 27 de octubre junto con su esposa y sus dos hijas, cruzando el puente internacional Tancredo Neves, y que posteriormente abordaron un avión privado de Baires Fly con destino declarado a Guayaquil. La aeronave continuó luego hacia Miami.
En paralelo, Santiago Caputo fue identificado en Misiones durante las horas del operativo, cuando circulaba en vehículos vinculados con la Entidad Binacional Yacyretá. Su presencia, jugando al James Bond Gaucho, también fue caricaturizada. No solo terminó expuesto por un control en una ruta en la localidad de Capioví donde además surgió la identidad de sus choferes y algún tipo de alardeo de que participaba un agente de la DEA estadounidense . También enfrentó una especie de intento de saboteo de su operativo secreto cuando justamente Infobae publicaba notas sobre la aeronave que llevaría a la familia Bolsonaro a su asilo. ¿Un pase de facturas de su viejo amigo, Leonardo Scatturice ? ¿O una estrategia para mostrarse en acción como espía, su aspiración de juventud? Sea como fuere, el operativo, como mucho de lo que pasa con los servicios de inteligencia en Argentina, fue caricaturesco.
Todo esto ocurrió en cuestión de días. Primero, la posibilidad de una victoria bolsonarista parecía confirmar una tendencia continental; Después, Lula revirtió el resultado ; Inmediatamente, la derrota abrió una crisis política alrededor de Flávio Bolsonaro, su salida de Brasil y el papel de sus aliados internacionales.
La sucesión de acontecimientos invita a recuperar una conocida frase de Karl Marx, retomada por Marshall Berman en su libro Todo lo sólido se desvanece en el aire: la experiencia de la modernidad, publicado en 1982. La expresión aparece originalmente en el Manifiesto del Partido Comunista , de 1848, donde Marx y Engels describieron el carácter revolucionario de la burguesía y del capitalismo: la necesidad de transformar constantemente los medios de producción, las relaciones sociales y las formas de organización económica termina por disolver las estructuras. que hasta entonces parecían permanentes. Ninguna institución, tradición o vínculo social puede permanecer intacto frente a esa dinámica. Lo que una generación considera estable, la siguiente puede encontrar obsoleta.
Berman retoma esa idea para definir la experiencia de la modernidad como una tensión permanente entre la promesa de transformación y la pérdida de certezas. Ser moderno significa vivir en un mundo que ofrece posibilidades inéditas de desarrollo, libertad y cambio, pero que al mismo tiempo destruye las referencias que daban seguridad y continuidad a la vida social. La modernidad no es solamente una época de progreso tecnológico o crecimiento económico: es también una experiencia de incertidumbre, en la que las personas deben adaptarse continuamente a un entorno que nunca termina de estabilizarse. Todo aquello que parecía sólido —las instituciones, las identidades, las jerarquías y las tradiciones— queda sometido a la fuerza de una transformación permanente.
Más de cuatro décadas después de la publicación del libro de Berman, esa dinámica parece haberse acelerado todavía más. La revolución digital , la velocidad de circulación de la información, las redes sociales y la transformación de los sistemas de comunicación redujeron los tiempos en los que se construyen , consolidan y desaparecen las certezas colectivas. En la política, esa aceleración se expresa en electorados más volátiles, liderazgos sometidos a una exposición permanente, alianzas que pueden modificarse en cuestión de semanas y acontecimientos internacionales capaces de alterar rápidamente las expectativas de una región entera.
Hoy, una victoria electoral puede instalar la sensación de una tendencia histórica y otra elección, apenas unos días después, ponerla en cuestión. Lo que ayer parecía irreversible hoy puede convertirse en una excepción ; lo que se presentaba como una alianza consolidada puede quedar expuesto a sus propias contradicciones. La política tampoco escapa a un mundo en el que nada parece conservar su solidez durante demasiado tiempo.
La política parece haber incorporado completamente la dinámica de las redes sociales. Vivimos en una época de vídeos cortos , desplazamientos infinitos de pantalla, información fragmentada y una capacidad de atención cada vez más dispersa.
La novedad reemplaza rápidamente a la novedad anterior y la paciencia para seguir procesos largos escasea. Netflix, por ejemplo, reveló que el 94% de la audiencia tiene el teléfono en la mano mientras ve contenidos en la plataforma. Ya no tenemos paciencia para dedicarnos dos horas a mirar una película sin distracciones. Estamos sometidos a múltiples estímulos simultáneos.
Algo de esa lógica se trasladó a la discusión pública: los acontecimientos se suceden a una velocidad que dificulta su procesamiento, las declaraciones se convierten en acontecimientos por sí mismos y cada elección parece anunciar un cambio de época. También nuestros cambios de humor colectivos parecen haberse acelerado. Pasamos rápidamente de la euforia a la decepción, de la esperanza al desencanto, de la sensación de que un liderazgo es imbatible a la convicción de que su ciclo está terminado.
Una encuesta favorable puede instalar la idea de una recuperación política y un mal resultado electoral alimentario pronósticos de derrumbe. Las redes amplifican esos movimientos, los convierten en tendencias y generan la impresión de que toda la sociedad está cambiando de opinión al mismo tiempo. Sin embargo, muchas veces lo que cambia no es necesariamente la estructura profunda de las preferencias políticas, sino la intensidad con la que se expresan en cada momento. Confundimos el estado de ánimo de una semana con una transformación histórica y terminamos leyendo cada acontecimiento como si fuera definitivo.
Ese mismo principio de incertidumbre fue el que benefició a Javier Milei en 2023. Su llegada a la Presidencia rompió buena parte de los esquemas tradicionales de la política argentina: construyó una fuerza electoral competitiva sin contar con un partido consolidado a nivel nacional, sin una estructura territorial extendida y sin gobernadores ni intendentes propios que sostuvieran su candidatura.
La Libertad Avanza logró transformar una presencia inicialmente concentrada en las redes sociales, los medios de comunicación y algunos distritos electorales en una fuerza capaz de ganar la elección presidencial. Milei fue, en sí mismo, una demostración de que las estructuras políticas tradicionales ya no garantizan resultados y de que, en contextos de alta volatilidad, pueden emerger actores que hasta poco tiempo antes parecían marginales.
Pero la paradoja es que es la misma incertidumbre la que hoy vuelve difícil proyectar el futuro electoral para el proyecto libertario.
A poco más de un año de las elecciones presidenciales de 2027, todavía no están definidas las candidaturas ni las alianzas que competirán por el poder. Javier Milei aparece como la referencia natural del oficialismo, pero todavía deberá resolver cómo construir su oferta electoral y qué lugar tendrán figuras como Patricia Bullrich y los sectores del PRO.
Del otro lado, Axel Kicillof aparece como uno de los dirigentes con aspiraciones presidenciales más explícitas, pero el peronismo todavía debe resolver su reorganización interna, la relación entre el kirchnerismo y los gobernadores y la posibilidad de construir una candidatura de unidad.
La experiencia de Lula también puede alimentar las expectativas de Cristina Kirchner y La Cámpora: un dirigente con una larga trayectoria política, que atravesó derrotas, cuestionamientos y hasta la cárcel, logró regresar al poder y revertir un resultado electoral adverso. Sin embargo, la comparación tiene sus límites: Lula consiguió ampliar su base electoral, convocar a sectores que no lo habían acompañado en la primera vuelta y construir una mayoría frente a un adversario polarizante. La pregunta para el kirchnerismo es si puede encontrar una estrategia de renovación y ampliación política que le permita recuperar esos electores o si seguirá apostando a la fidelidad de su núcleo más cercano.
Otros espacios, como Provincias Unidas, tampoco tienen definido qué papel desempeñarán en la disputa nacional.
Las encuestas disponibles permiten tomar una fotografía, pero no anticipar el resultado. Un relevamiento de Sinopsis realizado entre el 8 y el 15 de septiembre ubicaba a La Libertad Avanza en el 33,6% de intención de voto por espacio y al peronismo en el 32,7% , una diferencia inferior al margen de error de 2,8 puntos.
En otro escenario, el relevamiento de CELAG publicado el 23 de octubre, midió un eventual balotaje entre Milei y Kicillof : 42,7% para el gobernador bonaerense y 42,5% para el Presidente.
Son mediciones diferentes, con metodologías y preguntas distintas, pero coinciden en algo: no existe una distancia que permita convertir el escenario actual en una conclusión sobre 2027. Además, medir hoy a dos dirigentes no equivale a conocer cómo se comportará el electorado cuando se definan las candidaturas , las propuestas y las alianzas.
Quizás la principal lección del balotaje brasileño para la Argentina sea, justamente, la necesidad de abandonar las certezas prematuras.
Los oficialismos de la pospandemia enfrentan ciclos más cortos y una mayor dificultad para sostener sus apoyos. Milei tendrá que dar respuestas sobre la economía, el empleo, los ingresos y las expectativas sociales , pero la oposición también deberá demostrar que puede construir una alternativa reconocible, ampliar su representación y recuperar la confianza de sectores que no necesariamente se identifican con el peronismo.
Lula demostró que una elección puede cambiar cuando una fuerza consigue movilizar a quienes permanecían al margen, convocar a oposición de otras procedencias y construir una propuesta capaz de superar el rechazo a su adversario. Encontrar un camino donde parecía no haberlo y “sacarle jugo a las piedras” para revertir un resultado adverso.
Nada garantiza que ese mecanismo pueda reproducirse en la Argentina, pero sí obliga a observar con mayor atención a los electores que todavía no tienen una pertenencia política definida.
En definitiva, si algo enseñó esta semana es que entre una fotografía electoral y el resultado de las urnas puede existir una distancia enorme. En tiempos en los que todo parece suceder demasiado rápido, quizás la primera obligación del análisis político sea recuperar la paciencia para comprender procesos que todavía están en movimiento.
Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira
MEG









