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Pablo Ghigliani: “No existen condiciones reales para celebrar el Día del Trabajador en la Argentina”

El doctor en Filosofía en Relaciones Industriales por la Facultad de Negocios y Derecho de la Universidad de DeMontfort de Inglaterra, docente de la Universidad Nacional de La Plata e investigador del Conicet se especializa en la historia del movimiento obrero argentino. Peronismo y sindicatos, de los setenta a la actualidad. Y la "timidez absoluta" de la CGT.

PABLO GHIGLIANI
Pablo Ghigliani se especializa en estudios del trabajo y el movimiento obrero en la Argentina. | Nestor Grassi

Doctor en Filosofía en Relaciones Industriales por la Facultad de Negocios y Derecho de la Universidad de DeMontfort de Inglaterra, magíster en Estudios del Desarrollo por el Instituto de Estudios Sociales de Holanda, profesor de Historia de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), e investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científica y Técnicas (Conicet) en el Instituto de Investigaciones y Humanidades en Ciencias Sociales (IdIHCS) de UNLP, Pablo Ghigliani se especializa en estudios del trabajo y movimiento obrero en Argentina y esta semana participó de la Agenda Académica de Perfil Educación. “El movimiento obrero argentino enfrenta este 1° de Mayo una situación compleja. Es un momento bisagra, un momento histórico realmente interesante pero difícil predecir hacia dónde se dirige. No existen condiciones reales para celebrar el Día del Trabajador en la Argentina”, sostuvo.

Docente de Historia Social en las Facultades de Humanidades y Ciencias de la Educación y de Artes de la UNLP, de Historia Social del Trabajo y de los Trabajadores y las Trabajadoras en Argentina y América Latina de la Diplomatura Universitaria Formación en Género para la Acción Sindical en la Escuela Sindical de Género (ESiGen) e integrante del colectivo de divulgación Historia Obrera, Ghigliani es autor de una amplia producción académica con ensayos como La política de privatización y movilización sindical: la industria eléctrica en el Reino Unido y Argentina; Las luchas obreras bajo el Pacto Social (1973-1974): el caso de la Federación Gráfica Bonaerense; La clase obrera a la defensiva (2015-2020); Sindicalismo empresarial: problemas, conceptualización y economía política del sindicato; y Burocracia Sindical: aportes para una discusión en ciernes. “Incluso el movimiento obrero peronista más ortodoxo llegado el momento de 1975, con Perón ya muerto y con una política de ajuste como la de Isabel, López Rega y Rodrigo, va a salir a la calle decididamente, por motu propio o presionado por los trabajadores y la CGT declara paro general el 7 y 8 de julio de 1975. En cambio, hoy vemos que la respuesta de la CGT dice en su último documento que 'todavía hay tiempo' lo que muestra una timidez absoluta y una perspectiva electoralista que la saca del foco principal que siempre debería ser la defensa de los trabajadores”, agregó.

Día de los Trabajadores
Ghigliani dice que este 1° de Mayo el movimiento obrero argentino enfrenta una situación compleja y un momento bisagra.

—En La política de privatización y movilización sindical: la industria eléctrica en el Reino Unido y Argentina usted realiza una rigurosa y muy bien documentada investigación sobre la historia reciente del movimiento obrero argentino. Esta entrevista se realiza en el marco de un nuevo aniversario del Día de los Trabajadores, y en virtud de los avances y retrocesos que marcan este nuevo aniversario tan importante para los trabajadores argentinos, ¿usted considera que el movimiento obrero está en condiciones de celebrar el Día de los Trabajadores?

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—Desde el punto de vista de la perspectiva histórica, obviamente, a más ciento treinta años del primer 1º de Mayo en Argentina de 1890, la situación del movimiento obrero argentino es completamente distinta. De un movimiento obrero que no tenía ningún tipo de protección legal, que sus jornadas laborales eran interminables, que no había legislación del trabajo, que no había convenios colectivos, que las organizaciones sindicales no estaban reconocidas ni por el Estado ni por la patronal, a los avances que vemos hoy en todos estos campos, todo eso cuenta entre las conquistas del movimiento obrero argentino. Es un movimiento obrero muy robusto si lo comparamos con movimientos obreros de otros países, sobre todo, en el aspecto sindical. En Argentina hay una legislación fuerte que brinda bastante protección a la posibilidad de que los trabajadores se organicen, una frondosa legislación del trabajo, con convenios colectivos vigentes, que se renuevan periódicamente. Pero si miramos el corto plazo o el mediano plazo, es indudable que la clase trabajadora se encuentra en una situación muy complicada desde múltiples puntos de vista. Sus niveles salariales son bajísimos, si uno observa lo que ha sido la caída de los ingresos de los trabajadores desde mediados de los setenta, luego de la enorme caída que tuvo con la dictadura, se ve que es un fenómeno del que nunca ha podido recuperarse del todo y se mantiene en niveles históricos muy bajos. Hay una enorme población bajo relaciones salariales que se conoce como el trabajo no registrado o, vulgarmente conocido como el trabajo en negro, que está por arriba del 35%. Eso implica una enorme cantidad de hombres y mujeres y jóvenes que no tienen obra social, con niveles salariales aún más bajos que los del sector formal. Mientras que el sector formal, mediante negociaciones colectivas de trabajo logra correr desde atrás a la inflación, no con gran éxito, pero logra cierto grado de paridad momentánea, el sector informal no logra nada de esto. Además, en Argentina hay una particularidad y es que la Seguridad Social está fuertemente atada a la inserción en el mercado de trabajo. Esto no es así en todos los países del mundo, pero en Argentina sí lo es. Formar parte de este sector de trabajadores que por lo tanto no está registrado ya no es un problema solamente salarial y de estabilidad en el trabajo, sino que significa la imposibilidad de acceso a jubilaciones o a las obras sociales de salud, por lo que en ese marco también estamos en una situación compleja. Y, además, es una situación difícil desde el punto de vista de la unidad del movimiento obrero. Estamos en un momento en el que hay una CGT atravesada por una profunda crisis, por su debilidad y por su incapacidad de representar los intereses generales de la clase trabajadora, y porque conviven en su interior visiones distintas. Lo mismo pasa con la CTA, una central sindical que apareció en los noventa como una promesa de renovación de ciertas prácticas de sindicalismo pero que no logró dar una respuesta renovadora, ni pudo organizar a los sectores que están por fuera del mercado de trabajo formal, y terminó dividiéndose. Y por otro lado tenemos una experiencia reciente e interesante como la Unidad de los Trabajadores de la Economía Popular (UTEP), resultado de un proceso de organización reciente, de los últimos veinte años, que aglutina a los excluidos del mercado de trabajo formal, a un sector de la población que habitualmente tenía muy bajos o inexistentes niveles de afiliación. Entonces, me parece que el panorama es muy complicado, pero también lo es complicado a nivel internacional. Por lo tanto, el movimiento obrero argentino enfrenta este 1° de Mayo una situación compleja. Es un momento bisagra, un momento histórico realmente interesante pero difícil de predecir hacia dónde se dirige. No existen condiciones reales para celebrar el Día del Trabajador en la Argentina. Y es valiosa la pregunta porque trae una vieja dicotomía que atraviesa la historia del 1° de Mayo, porque siempre hubo una disputa en el movimiento obrero, sobre si se trataba de un día de lucha o de un día de fiesta. Y era una discusión muy fuerte entre anarquistas y socialistas aquí y en el mundo. Hay algunos militantes que escriben en esa época y lo hacen con mucho optimismo acerca de la transformación social, pensando en el socialismo y el comunismo. Y ellos imaginan al Día de los Trabajadores como un nuevo día de celebración que podría reemplazar al Año Nuevo o las Pascuas en un futuro próximo. Pensaban que ya no se iban a festejar Año Nuevo o las Pascuas, sino el Día de los Trabajadores. Y está claro que estamos muy lejos de eso en la Argentina y en el mundo. Por caso, la CGT anunció que realizará su acto el 2 de mayo, porque no tiene ni siquiera confianza en poder movilizar los trabajadores y las trabajadoras en un día feriado. Hay pocos actos unitarios organizados para el 1º de Mayo, hay una gran dispersión en la manera en que el movimiento obrero va a conmemorar el Día de los Trabajadores en Argentina. Y eso está implicando parte de los desafíos que se encuentran presentes. Reflexionar sobre su carácter de feriado también es interesante. Cuando en 1925 Alvear decreta por primera vez el 1° de Mayo como día no laborable hubo una gran disputa dentro del movimiento obrero entre quienes aceptaban y quienes rechazaba la decisión gubernamental, parecida a la que hubo cuando se decidió que sería feriado el 24 de Marzo. Muchos anarquistas, por ejemplo, sostenían que  el feriado terminaba transformando al 1ro de Mayo en una fiesta oficial estatal y eso le iba a quitar el espíritu de lucha que debía tener el Día de los Trabajadores, porque ese día los trabajadores y las trabajadoras tenían que abandonar el trabajo y tener una acción militante que implicaba un riesgo. Era una acción que mostraba la fortaleza o debilidad de ese movimiento sindical. Y el feriado les escamoteaba algo de eso, aunque fuera una decisión que respondía una lucha histórica de los trabajadores.

PABLO GHIGLIANI
Ghigliani ha realizado una gran contribución académica, con investigaciones que analizan la historia de los trabajadores.

—En Las luchas obreras bajo el Pacto Social (1973-1974): el caso de la Federación Gráfica Bonaerense usted analiza las luchas obreras del movimiento gráfico durante el pacto social del tercer gobierno de los setenta. Siendo un especialista en movimiento obrero argentino, ¿cuál diría usted que son las principales diferencias que existen entre aquel proceso y el actual en la relación entre los trabajadores y un gobierno peronista?

—Es una pregunta muy complicada pero que vale la pena pensar. Las coyunturas son, obviamente, completamente distintas. Pero hay un elemento, salvando por completo la distancia, que es común y es sobre las expectativas. Con el regreso de Perón al poder después de 18 años de proscripción, las expectativas que generaba un gobierno peronista para el movimiento obrero en 1973 se traducía en un proceso de movilización muy fuerte. Hegel decía que la historia se repite dos veces, como tragedia y como farsa, y Marx retomaba esa frase. Siguiendo esa idea, ésta sería la farsa de aquella tragedia de 1973. Porque, de alguna manera, el gobierno de Alberto Fernández en 2019 fue recibido con expectativas por algunos sectores del movimiento obrero luego de los cuatro años del gobierno de Macri y el retroceso de todos los indicadores sociales y económicos que uno pueda mirar. Pandemia mediante y todo lo que ya sabemos, ninguna de todas esas expectativas se han cumplido. Tenemos un proceso de crecimiento económico en el corto plazo, que este año está en duda  que pueda volver a repetirse, que permitió una baja del desempleo pero que fue acompañado a su vez por niveles salariales bajísimos, y el aumento en las tasas de pobreza y de indigencia. Además, en la década del setenta, teníamos organizaciones muy fuertes y muy decididas a movilizarse y reclamar. Por ejemplo, la Federación Gráfica Bonaerense de entrada criticó las políticas del Pacto Social porque le ponía límites a sus ingresos salariales y a un montón de demandas pendientes. Pero, incluso el movimiento obrero peronista más ortodoxo llegado el momento de 1975, con Perón ya muerto y con una política de ajuste como la de Isabel, López Rega y Rodrigo, va a salir a la calle decididamente, por motu propio o presionado por los trabajadores y la CGT declara paro general el 7 y 8 de julio de 1975. En cambio, hoy vemos que la respuesta de la CGT dice en su último documento que “todavía hay tiempo” lo que muestra una timidez absoluta y una perspectiva electoralista que la saca del foco principal que siempre debería ser la defensa de los trabajadores. Insisto la distancia es mucha, pero siguiendo con el juego de la comparación, es posible decir que mientras en los setenta, justo ante del golpe de estado de 1976, los trabajadores alcanzaron su máximo histórico en el reparto de la riqueza y que los convenios colectivos de trabajo de 1975 se encuentran entre los más protectores en la historia del movimiento obrero argentino, hoy todas las expectativas se han visto frustradas y se observa una actitud muy tímida de las direcciones sindicales tradicionales que no se deciden a sacar los pies del plato y enfrentar las políticas económicas en curso.

—En Sindicalismo empresarial: problemas, conceptualización y economía política del sindicato usted compara el sindicalismo empresarial de Argentina con el business unionism norteamericano. ¿Cuáles son las particularidades que hacen del sindicalismo empresario argentino un fenómeno singular?

—A lo que se le llama sindicatos de negocios en Estados Unidos o en Inglaterra, es a la táctica más tradicional que acá caracterizó el vandorismo, que es negociar casi exclusivamente el precio de la fuerza de trabajo, algo que acá fue acompañado además por esa suerte de política social que se vincula al desarrollo de las obras sociales. Me parecía que en la literatura argentina había una confusión en los términos y que el sindicalismo empresarial argentino es una particularidad. Es un desarrollo que se produce en la década de los noventa, en especial, cuando muchos sindicatos empiezan a personificar capital productivo, comercial y financiero en diferentes niveles. Se transforman en sindicatos con acciones en algunas empresas privatizadas, propietarios de las AFJP, o que participaban en las tercerizaciones. Por ejemplo, tenemos el caso de la Unión Ferroviaria, con ese desenlace tan dramático como es el asesinato de Mariano Ferreyra. Ese fue un juicio importante, no solo porque se logró condenar a José Pedraza, sino porque desnudó la manera en la que el sindicato estaba metido en todos los negocios de las tercerizaciones. Los noventa son la época de los Tickets Canasta y los arreglos con los supermercados. O de los hoteles, que dejan de ser únicamente para los afiliados y se vuelcan al negocio del turismo. Hasta ese momento para las organizaciones sindicales las principales fuentes de ingreso eran las cuotas sindicales, lo que recibían cuando firmaban un convenio colectivo o también lo que generaban las obras sociales. Si crece el sector de actividad, el sindicato podía afiliar a más trabajadores y esa masa salarial es significativa para sus  ingresos y, por lo tanto, su crecimiento sigue atado al crecimiento del mercado de trabajo. Pero cuando aparece esta figura del sindicalismo empresario esto se rompe porque ahora muchas de sus fuentes de ingresos son independientes de si aumenta o no la ocupación y los salarios de los trabajadores y las trabajadoras, y se vinculan con si yo logro capitalizar el patrimonio acumulado bajo esa otra modalidad previa. Y eso durante los noventa fue muy claro pero después encontró un freno también.

PABLO GHIGLIANI
Ghiglioni recuerda que en 1925 Alvear decretó feriado para el 1° de Mayo y se produjo un debate similar al del 24 de Marzo.

—En Burocracia Sindical: aportes para una discusión en ciernes usted resalta la importancia de destacar cómo variables organizacionales, estilos de liderazgo y los procesos de toma de decisión, entre otros, juegan un rol en la definición de los intereses inmediatos y las demandas de la clase obrera. ¿Qué son las virtudes y los defectos de la burocracia sindical argentina?

—Ésta también es una buena pregunta. Es difícil hablar de virtud cuando se habla de burocracia sindical. Esa fue una discusión que surgió en contraposición de los enfoques para los cuales todos los males del movimiento obrero estaban atados a las decisiones y las políticas de la burocracia sindical, sin nunca precisar demasiado cuáles eran los límites. ¿Quiénes son los burócratas sindicales? Es Moyano, bueno, seguramente. Es Pedraza, también. ¿Pero lo es un dirigente de segundo orden de un sindicato cualquiera que no se diferencia salarialmente de mi situación?¿Es una categoría científica o es una categoría del orden moral y del orden del discurso político que se entiende en esos términos, pero que no nos permite comprender la dinámica efectiva de la clase y cómo construye sus dirigencias? Y, por otro lado, no se puede desconocer que muchísima conquistas del movimiento obrero se consiguieron con las  dirigencias llamadas burocráticas. Un caso muy interesante es el de fines del segundo gobierno de Perón, cuando llama un Congreso Nacional de la Productividad y Bienestar Social en 1955 y ahí están todos los dirigentes sindicales del peronismo clásico. Se lo conoce como “el Congreso del sí, pero no”. Porque todos los dirigentes dicen que sí, pero después dicen que no. Porque lo que están planteando los sindicalistas es que para que haya más producción tiene que haber mayor productividad, que los empresarios inviertan y pongan maquinaria. Esa dirigencia sindical no es solamente traición, prebenda o enriquecimiento, sino que es mucho más complejo el rol que juegan. Y eso es un poco lo que está metido en ese texto, una discusión que ha generado bastante ruido en el ámbito de la academia y también en el ámbito político. Porque muchas veces se lo ha malinterpretado como si fuese una defensa de los dirigentes sindicales. Es una discusión académica y política.

—Esta sección se llama Agenda Académica porque busca darle espacio en los medios masivos de comunicación a investigadores y docentes universitarios para que puedan dar cuenta de su trabajo. La última pregunta tiene que ver, precisamente, con cada objeto de estudio: ¿Por qué decidió especializarse en estudios del trabajo y movimiento obrero en Argentina?

—A finales de los años ochenta, cuando me recibí todo tenía que ver con, si se quiere, un interés militante. Siempre desde diferentes lugares participé en el campo de la izquierda y en ese momento de juventud me parecía que eso significaba estudiar a los trabajadores y a las trabajadoras. Hoy me doy cuenta de que no necesariamente es así y que quizás podría haber sido una contribución mucho más grande investigar a la clase dominante en Argentina. Pero en ese momento, yo lo veía como una forma de estar vinculado con el movimiento obrero y, de alguna manera, algo de eso sucedió. Porque investigando el mundo del trabajo uno entra en contacto con sindicatos y con dirigentes, con trabajadores y trabajadoras, a través de cursos de formación sindical, por ejemplo, o como en el caso del colectivo de divulgación del que ahora participo, Historia Obrera, con el que estamos en permanente de contacto con diferentes sectores del mundo del trabajo. Y eso es una de las cosas que más disfruto. Yo disfruto muchísimo de mis clases en la universidad, pero mucho más aún en un taller de formación sindical.