Algunos los prefieren fríos
Pelletieri se mete en sus historias con la voluntad de conocimiento del tema, las locaciones y las costumbres propias de un científico.
Hacia fin de año, me encontré con Cristian Pelletieri, de la distribuidora Waldhuter, que me entregó Distritos de frontera, el cuarto libro traducido de Gerald Murnane, que venía navegando desde España. Un tipo muy amable Pelletieri, en la tradición de mi amigo Jorge Waldhuter. En la ceremonia, también me entregó un libro de su autoría, Otoño en sepia, publicado por la editorial Enero en una edición muy cuidada y elegante. No conocía la editorial, pero tampoco sabía que Cristian era un escritor que ganó premios y lleva publicados varios libros de poesía y de ficción.
Hasta acá todo bien. Como el lector habrá adivinado, ahora empiezan los problemas. Aunque no exactamente mis problemas, mi desconcierto cierto. Otoño en sepia es un libro de relatos. Más precisamente de ocho relatos, que tienen en común los personajes y ambientes patagónicos. Pelletieri nació por allí, creo que en Caleta Olivia, una ciudad a la que recuerdo como la más triste y gris que me tocó visitar. Acaso porque la parte marítima y petrolera de la Patagonia es profundamente deprimente, las historias de Pelletieri son terribles, espantosas.
No se trata de que no tengan un final feliz. Desde ya, ninguna lo tiene, ya que algo así no entraría en la poética de Pelletieri. Por otra parte, esta no se asienta en el argumento de sus cuentos, sino en la precisión, en la minuciosa descripción de los actos materiales, en el uso meticuloso del lenguaje técnico. Un coche siempre es de una marca y modelo y lo mismo ocurre con cualquier arma, con cualquier herramienta. Los gestos son siempre detallados, el mapugundun que hablan algunos de sus personajes usa los sustantivos correctos. Pelletieri (que estudió filosofía y astronomía) se mete en sus historias con la voluntad de conocimiento del tema, las locaciones y las costumbres propias de un científico.
Uno de los cuentos, “Luna del pleistoceno” (gran título), es el único que no tiene un final trágico. El protagonista es un paleontólogo cuya mujer arrastra una historia oscura y su teoría sobre el milodón, un mamífero que se extinguió hace mil años, es equivocada. De modo que el tipo tampoco está para andar tirando petardos. Lo interesante es que se llama Esteban, que es el apellido de un paleontólogo tucumano que hizo su tesis sobre el milodón. Supongo que puede haber muchas más referencias ocultas en el texto.
Lo que no está oculto, una vez que el lector se entrenó con algunos cuentos, es la sospecha de que la trama conduce inexorable a la muerte. Hay variantes, individuales, como dos asesinatos por celos (uno con motivos, otro simplemente por prevención), un ahogado, un soldado que morirá en Malvinas tras dejar embarazada a su novia analfabeta. Pero las hay colectivas, como la de la secta que se dedica a quemar iglesias y a matar a los curas pedófilos que los violaron de chicos, o las de una célula mapuche a la que una novia denuncia y provoca una carnicería por parte de los gendarmes. Acaso la más truculenta es la que se ocupa de una chica que está en amante pareja con otra y es secuestrada por una organización de trata con la complicidad de las autoridades. Pelletieri domina todo el repertorio de los horrores que el mundo puede inflingirle a los débiles. El paleontólogo Esteban no sabe de la que se salvó en sus manos.
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