La pasión, los reencuentros y las separaciones fueron constitutivos de la lucha política en los setenta, consolidando lazos de militancia y amor.
Isabella Cosse, historiadora, investigadora del Conicet y profesora de la Universidad Nacional de San Martín, fue una de las académicas que notaron la relación entre los vínculos amorosos y la militancia durante la última dictadura militar argentina, lo que la llevó a escribir su último libro, Rotos corazones. Amor y política en los setenta, editado por Siglo XXI.
Hacía años que Cosse bordeaba el tema, centrándose en el estudio de la conexión entre la familia y los procesos políticos, con trabajos como Pareja, sexualidad y familia en los años sesenta (2010) o Estigmas de nacimiento. Peronismo y orden familiar 1946-1955 (2006).
Con capítulos en su libro de lo más interesantes, como “Pareja y política: la entrega mutua en la sensibilidad revolucionaria”; “Ser pareja, ser compañeros”; “Seducción, conflictos y pérdidas en la praxis revolucionaria”; “El pequeño grupo: amor y complot”; “Breve frenesí: trayectorias afectivas y dilemas políticos/sexuales”; la historiadora habla con PERFIL sobre el nexo que une la pasión y la lucha política.
—¿Cómo llegaste a este tema?
—Mi investigación comenzó cuando observé que las relaciones concretas, las historias de las atracciones, los amores, desamores y los conflictos afectivos, abrían un ángulo nuevo para pensar la cuestión política. Este trabajo es parte de un problema de más largo aliento, que me interesa desde hace mucho: la articulación de las cuestiones íntimas y privadas con las públicas y sociales, entendiendo que no son compartimientos estancos y que esa conexión es explicativa e interesante, y que nos permite entender una amplia gama de fenómenos. En mi caso, fue útil para entender las políticas del peronismo respecto a la familia, la clase media, los cambios culturales. Todo surgió de una investigación previa, sobre los cambios generacionales en la vida familiar y de pareja en los años sesenta y setenta. En esa investigación noté que esas transformaciones eran concebidas de forma ineludible (existía consenso al respecto), pero no sucedía lo mismo con la dirección que tomarían los cambios. Por el contrario, dichos cambios abrieron fuertes disputas, que protagonizaron especialmente los jóvenes y, entre ellos, las chicas. Esa preocupación estuvo en los orígenes del trabajo. De hecho, puede decirse que el libro Rotos corazones explora de un modo nuevo esas disputas para entender la praxis política, las prácticas y las luchas políticas en sí mismas.
—Entonces, ¿cómo se relacionan la lucha política y el amor romántico?
—Es una pregunta muy interesante. Pienso el amor como un sentimiento voluble en su expresión, con múltiples elaboraciones socioculturales detrás y que puede proyectarse a diferentes sujetos individuales y colectivos: el pueblo, la causa política, la patria, los ídolos, la camiseta de fútbol. En nuestras sociedades, la lucha política moviliza distintos tipos de afectos, que resultan claves para la identidad de una organización política. Lo interesante que encontré en mi investigación es que hubo una configuración propia de la izquierda revolucionaria que implicó una aleación entre la pareja (que surgía unida por el amor romántico) y las organizaciones revolucionarias. La fusión, muy significativa, entre la pareja y la causa política en la izquierda revolucionaria queda clara, por ejemplo, con la palabra “compañeros”, que definía a los integrantes de una organización y también para referirse a la pareja. Un poema de Mario Benedetti decía: “Si te quiero es porque sos mi amor, mi cómplice y todo, y en la calle codo a codo somos mucho más que dos”. Esas estrofas –las cantaron Nacha Guevara y luego Daniel Viglietti– simbolizaron esa amalgama del ethos revolucionario y el amor romántico. Esa conexión, sostengo, fue crucial: no solo fue parte de la sensibilidad revolucionaria, sino también de la praxis política.
—Te ocupaste de las historias de algunas parejas. ¿Nos contás de ellas?
—En el libro reconstruyo, por ejemplo, la historia de Roberto Santucho y Ana María Villarreal, del Partido Revolucionario de los Trabajadores, o de Fernando Abal Medina y Norma Arrostito, de Montoneros, líderes de las organizaciones. Pero también estudié las historias de militantes de base o con responsabilidades intermedias. Intenté, a cada paso, que las intimidades sirvieran para una interpretación densa, sustantiva, que trascendiera las anécdotas, aunque estas le dieran carnadura. Quise evitar una mirada voyeur, o el morbo, que pudiese banalizar un pasado desgarrador. De modo tal que las historias de los amores y desamores son la puerta para analizar la vida clandestina, las formas de lucha, las vivencias de la represión de Estado.
—¿Cómo creés se encuentra, en momentos de tensión, espacio para el erotismo o el compañerismo?
—En mi visión, el deseo trasciende la atracción libidinal. Lo concibo en relación con lo colectivo, por ejemplo, con el estado de revuelta, en ese momento breve, pero importante de los “azos”, que hicieron parte de las protestas del 68, en el que predominó el deseo de cambiarlo todo. Los protagonistas de esas revueltas eran jóvenes convencidos de que se produciría una transformación radical en todos los órdenes y ello involucraba el deseo en diferentes planos. En los momentos de gran tensión, ante el peligro y el riesgo de vida, el deseo libidinal, el erotismo o la atracción podían dar seguridad y confianza y permitían sentirse con vida. Pero, también, por cierto, sucedió lo contrario: la tensión de los momentos difíciles abrió conflictos, distancias afectivas, y separó a muchas parejas que, por cierto, en muchos casos, fueron separadas por la represión, la muerte y la desaparición.
—Se menciona en el libro que la “dimensión pasional que funcionaba como motor y refugio desbordaba la rigidez moral de las organizaciones”. ¿Podés ampliar esta idea?
—Existe una saga de investigaciones que han mostrado la importancia crucial del género y la sexualidad para comprender los discursos y las memorias de esas organizaciones. No hay duda, a partir de esos estudios, del peso del moralismo o la perdurabilidad del machismo en esas organizaciones que consideraban que la revolución sexual era una estrategia del imperialismo. Observé que las prácticas en sí mismas desbordaron ese moralismo. También esa constatación me llevó a ajustar el interrogante para pensar qué lugar tenían los afectos (al igual que la atracción, el erotismo, el deseo) para pensar la lucha política per se. Diría, de hecho, que estas claves de lectura podrían ser de utilidad para pensar cualquier fenómeno político.
—Se me ocurre que quienes tienen el fuego para luchar políticamente quizás encuentran el fuego para el amor y la pasión, ¿qué opinás?
—Es interesante la metáfora del fuego. Permite referirse a la pasión como un sentimiento que nos consume, que nos abrasa, que nos toma. Podría decirse que hay quienes son consumidos por la pasión política y la amorosa, aunque podría pasar que no se dé, necesariamente, esa relación. La cuestión, pienso, es evitar pensar la pasión desgajada del contexto social y cultural en el que surge; es decir, evitar que la pasión no se entienda sin historia o explicada en términos de la naturaleza. Nuestra capacidad de apasionarnos está unida a la realidad que vivimos, de un modo que a veces no vemos fácilmente, pero lo está. La historia nos constituye.
—Hay un capítulo, de los últimos, que se llama “Los afectos y la estrategia represiva”, ¿de qué va?
—Sostengo que no solo hubo un plan expreso de destruir a estas organizaciones revolucionarias, que involucró instituciones, decisiones burocráticas y políticas, sino que también hubo crueldad, es decir, la intención deliberada de lastimar y dañar al otro. En ese sentido, el aparato represivo usó en forma expresa, de modo inhumano, la crueldad, y eso significó utilizar una doble estrategia. Por un lado, un plan organizado y sistemático (con grandes capacidades y aplicado ilegal y clandestinamente) para exterminar a un enemigo, que no implicó únicamente a las organizaciones revolucionarias y armadas sino, de modo más amplio, a quienes eran parte de la contestación social y política de las protestas y la insubordinación, a aquellos y aquellas que, de modo diferente, confrontaban con el orden a instituir. Por el otro, en ese plan sistemático y organizado, las fuerzas represivas utilizaron de modo planificado e instrumental los vínculos afectivos, amorosos, entre los militantes y sus compañeros, sus familias, sus parejas, sus hijos. Este uso no estuvo ajeno a las percepciones de largo aliento de la virilidad asociada con la conquista, la fuerza y la violencia ejercida y mostrada.