Como Diamant Brut, dirigida por Agathe Reidling en 2025 (sobre la que escribí hace dos semanas). No esperes demasiado del fin del mundo (2023), de Radu Jude, habla, a partir de una mujer cuyo horizonte a diferencia de lo que pasaba con las heroínas cinematográficas del siglo XX no incluye galanes, de la precarización, la soledad y la relación corrosiva con la tecnología que marcan el pulso de los sectores bajos de Europa, entre otras cosas. En la primera, la protagonista de 19 años cree en que es posible pasar del anonimato y la pobreza a la celebridad y el dinero, mientras que en la de Jude, Ángela (Ilinca Manolache) asistente de producción que pisa los 40 y se mueve por una Bucarest cruzada por la injerencia extranjera, los ecos de la guerra y los Bullshit Jobs de David Graeber, no se ilusiona con nada. Matiza su lúgubre cotidianeidad haciendo videos graciosos en Instagram y Tik Tok, revolcándose en el auto con un señor maduro, o ejerciendo minivenganzas frente a un sistema que la oprime y desvaloriza, volviéndose de en algún pasaje adolescente, pero no por la capacidad de esperanzarse, sino por gestos ominosos como escupir a escondidas la comida de sus compañeros de trabajo.
El año pasado, Jude presentó primero Kontinental 25, otra comedia negra protagonizada por una mujer en estado de desgracia, y luego una versión de Drácula, promocionada como una sátira que se mete con la identidad nacional de su autor y su protagonista. Lo dicho por Diego Batlle “performances eróticas orgullosamente poco sutiles (grasas y berretas diríamos en el barrio)” o por el español Dani Rodríguez “veremos proyectadas secuencias compuestas por IA, sacando a relucir el vacuo empaque artístico de esta popular tecnología”, me disuadió de verla. Pero mejor hacer honor al personaje de Diamant Brut e ilusionarse, ver el vaso medio lleno. Por encima de la grasada sexual o de la repetida apuesta a usar IA para mostrar lo mala que es la IA, están, como confirma la pobre Ángela vampirizada por su medio, el interés casi obsesivo de Jude por el tema y la prerrogativa de poder justificarse geográficamente diciendo: ¡Nací a sólo 269 kilómetros de Transilvania!