Escribo comienzos para quien solo tiene fines. Café, ventana, libreta, birome. Menos tecno que eso ya no se consigue. Hace no tanto, en el bullicio del bar, noté que las conversaciones comenzaban a astillarse. Una fina línea irregular las quebraba de arriba abajo. Falla el sistema, pensé. Suena arrogante atribuirme ahora ese descubrimiento, pero fue así. De tanto mirar pasar, escuchar decir, leer salteado sin intención alguna, apareció la idea como duda. ¿Eso que damos en llamar gente de mierda, la que le roba al Estado plata de maestros, médicos, jubilados, naturalmente es, o según cuándo, con quien, dónde, se convierte en?
Quizá podía salir algo de ahí. Un laburito extra que diera al menos para aceptar una invitación a vermú con platitos. ¿Bitácora? ¿Mantra? ¿Plegaria? Nada más inútil. ¿A quién, para qué, podría servir? Si de verdad hiciera falta, bastaría pedírselo a una inteligencia artificial. En segundos, gratis, te recupera miles de principios extraordinarios. Memorables, célebres, irónicos, divertidos, estimulantes, resumidos en frases de autoayuda si querés. Listos para viralizar. Del tipo: “igual te van a putear”.
No, no, ella no haría eso. No recurre a palabras vulgares, groserías, insultos, bajezas, o metáforas escatológicas. Es políticamente correcta. No descalifica, prejuzga, ni estigmatiza. No es humana. Al mismo tiempo que le reconocía ése mérito, se me hacía evidente el error en la interpretación del sentido. Los principios vienen con lo puesto. Familia, infancia, barrio, escuela, maestros, amigos. Los comienzos pueden reescribirse.
La urdimbre es delicada. Laboriosa. Requiere paciencia. Como bordar a mano, o sentarse a tejer recuerdos del verano ante la inminencia del otoño. Hay que contener la ansiedad rampante por la cantidad de horas diarias que se van viviendo vidas ajenas en las redes sociales. ¿De qué se habla, de quién, por qué, para qué? Calma. Una reacción intempestiva, un estallido de furia, un acto irracional, deshace la trama. Obliga a empezar nuevamente.
En raras ocasiones, siempre inesperadas, el nuevo comienzo se escribe solo. Hay signos, miradas, datos indicadores de que algo está por ocurrir. No se sabe cuándo. El alto porcentaje de días repetidos, amontonados ¿durante cuántos?, ¿meses, años?, revela la tensión. ¿Qué hacer cuando ya no queda lugar donde poner las bolsas de la rutina?, llenas de basura acumulada, culpas admitidas, daños irreparables. El cuerpo empieza a doler mal. No da vaciarlas en un contenedor foro público. No se reciclan ahí. ¿Quién se las llevaría?
La segunda quincena de diciembre, cuando el calor condensa la insatisfacción, es temporada alta. También la primera semana de marzo, después de que se inauguran las sesiones del Congreso, cuando los anuncios desconciertan a los que la tenían segura. Vienen blanditos, cansados, entregados en diciembre. Duros, feroces, sanguinarios en marzo, apostando a ganador si es año electoral. La mano invisible del mercado revuelve periódicamente el bolillero, pero saca casi siempre los mismos nombres. Scioli, Massa, Faroni, Tapia, Toviggino, Fernández varios.
En temporada baja caen ratones de segunda línea. Asesores, testaferros, cómplices, imputados, procesados, empresarios, sindicalistas, jueces, narcos, condenados entobillados, pocos presos. Tipos que después de cagar gente se limpian el culo con billetes, no con palabras. ¿Por qué invertir en un nuevo comienzos si acaso tuvieran la urgencia de querer cambiar a tiempo?, preguntan.
Leen un primer borrador. Aspiran las líneas por el sólo placer de saber que no están obligados a nada. Una vez colocados en el olvido no sienten que sean responsables de lo que hacen. Suspiran. El leve, imperceptible desaliento, mueve hilos que enhebran agujas de angustia. La tela vibra. La araña aparece. Ásperos, hostiles, jodidos. Los nuevos comienzos no provocan el futuro, no odian el pasado. Si es posible, reparan. No dan garantías.
Una mierda, son. Pero no más de la misma.
*Escritor y periodista.