Volviendo al perentorio tema de la guerra de Troya, más actual que nunca ahora que los nada aqueos Estados Unidos piensan en invadir y eventualmente destruir a los nada troyanos iraníes por un quítame acá del petróleo y retírame de allá el armamento nuclear, pues esas bombas, querido mìo, sólo las tiro yo, el imperio, cuando acontece la ocasión, y esa ocasión se presenta cuando decido, volvemos entonces casi al principio del asunto. Decíamos ayer que al entrar caballo de madera a Troya, los aqueos arrojaron por la muralla a Astianax, hijo de Héctor, primogénito a su vez del rey Príamo. Lo fascinante del asunto, el delicioso estremecimiento que produce en nuestra columna vertebral su mezcla de deleite estético y de horror, es que las pasiones elementales se combinan siempre, de algún modo, con la razón de Estado, y son siempre arrastradas por el impulso de la venganza personal y morigeradas por el sentimiento de piedad. Aquiles, hijo de Peleo, quiere vengarse de Héctor porque este mató en combate a su amante Patroclo (no sé cómo se las arreglarían los intelectuales mileístas para compatibilizar masculinidad con homosexualidad. Como no se puede aniquilar a Homero, ya alcanzó con Maquiavelo, seguramente querrán suprimir la orientación en lenguas clásicas de la carrera de Letras). Bien, Aquiles derrota a Héctor en singular combate y luego, dominado aun por la furia, arrastra con su carro el cadáver del enemigo frente a las murallas troyanas para horror y dolor de los ciudadanos y familiares del difunto, y luego lleva el despojo a su campamento. Por la noche, el rey Príamo va a rogarle que le entregue el cuerpo del hijo muerto para así poder brindarle honras fúnebres. La escena es extraordinaria, y entre la ira y la piedad por el anciano, Aquiles concede al pedido del rey enemigo. Luego, como sabemos, la acción sigue, Aquiles muere, Troya cae, y la piedad que este mostró por su enemigo mortal no la muestra su propio hijo Neptolemo con Astianax, el hijo de Héctor, que en su condición de infante no había tenido oportunidad de asesinar ni de vengar a nadie. ¿Por qué supera Neptolemo en crueldad a su propio padre? ¿Para no quedar a su sombra? En rigor, apenas sabemos de él. No es cruza de humano y divino como su padre (Peleo+Tetis), no se destacó en el combate ni es invulnerable. Apenas lo vemos salir de la sombra y antes de desaparecer para siempre en el olvido propio del personaje secundario, toma a una criatura por los tobillos y la arroja al vacío. Y, ¿qué significa eso?
Dos cosas.
La primera, el intento de cortar el circuito de la venganza en relación a un agravio anterior, impedir que ese ciclo infinito se repita hasta que el mundo entero sea una sangrienta hecatombe, porque siempre somos amigos o parientes o hermanos o conocidos de alguien, siempre la muerte de alguien nos afecta de algún modo. Gesto definitivo, pero incompleto, porque Príamo y Hécuba tenían una prole de diecinueve hijos.
La segunda, responder a la razón del triunfador, que en tiempos de la sucesión monárquica lee en cada descendiente de un rey derrotado la posibilidad de la revancha. Esa ley sangrienta es en el fondo un ejemplo de economía de medios y de recursos en las sociedades poco desarrolladas. No hay relato arcaico que deje de abordar esas operaciones innumerables: hijos que apresuran el fin de padres propios o ajenos, hermanos que se confabulan con primogénitos, padres o madres que aniquilan a sus propias criaturas para garantizarse así una sobrevivencia más tranquila.
Bien, saltamos ahora un par de milenios y vamos a Hamlet, príncipe de Dinamarca. Mientras los griegos son los reyes de la pasión sin freno, el impulso de-satado, la obediencia a las leyes de un Estado en formación y al designio de los dioses, Hamlet, hijo de un fantasma que clama venganza y que lo antecede en el nombre, es el príncipe de la simulación, el atleta del cálculo y el fingimiento. Porque el enemigo no tiene, en un principio, rostro, y cuando se revela su identidad, no es otro que su propio tío, hermano del rey que asesinó, nuevo marido de su madre ocupando lecho caliente y trono. Con sus escrúpulos investigativos de rasgo freudiano, con su doble o triple cara, es Shakespeare y no Poe el que funda el policial moderno. Y lo interesante –entre tantas esplendorosas tiradas verbales contra las que nadie puede salvo Dios–, es que el enemigo del Estado ya está en el interior del propio Estado. La lógica de Hamlet es más la de la conspiración, y su arte la política, rica en escenarios palaciegos, diferimientos y en traiciones tras los cortinados. ¡Por Hécuba! ¡Pobre Milei, que ve cómo su padre Donald se derrumba y debe precaverse de Patricias y Victorias y Caputos y Capuletos y Caputitos! Donde hay amor hay traición, y la traición es una verdad siempre oportuna.