Hay una mala noticia para los que todavía creen que la poesía es una especie de don místico, una bendición que desciende como una paloma a nuestros pies, o que se desliza como una factura de luz debajo de la puerta: cualquiera puede escribir un buen poema. Sí, cualquiera. Usted, yo, el tipo que ahora mismo está leyendo esto en el colectivo mientras decide si baja en la próxima parada o se resigna a vivir para siempre en ese asiento pegajoso que tan bien lo ha acogido durante la última media hora. No hace falta haber sufrido una infancia particularmente desdichada, ni haber sido abandonado por una soprano en Viena, ni haber pasado una temporada en la cárcel de Devoto. Hace falta, en principio, nada más que sentarse y escribir. Hasta Borges, mal poeta, escribió algún buen poema.
Porque el buen poema –el que de pronto parece decir algo que no sabíamos que sabíamos– es, en muchos casos, un accidente. Una alineación fortuita de palabras que, por una vez, deciden comportarse como si tuvieran sentido. A veces basta con un verso que cae donde tiene que caer, como una moneda en la ranura exacta de un metegol que jamás habíamos logrado hacer funcionar. Y entonces sucede: escribimos cuatro o cinco líneas que no nos avergüenzan del todo, que incluso podríamos leer en voz alta sin que se nos cierre la garganta y sin que sintamos vértigo y ganas de vomitar. Hemos escrito, sin querer, un buen poema.
El problema empieza después.
Porque el verdadero drama no consiste en escribir un buen poema: consiste en escribir otro. Y después otro más. Y luego uno que no sea la repetición apenas disimulada del primero, que no dependa de ese mismo truco, de esa misma imagen, de ese mismo hallazgo que la vez anterior nos hizo sentir –durante unos minutos– poetas. El problema es que el azar tiene mala memoria, y la inspiración, cuando advierte que la estamos esperando, decide no venir.
Ahí comienza la parte menos poética de la poesía: la insistencia. La escritura como una práctica que se parece más a cepillarse los dientes que a recibir la visita de un ángel contrahecho, de esos que viven en las sombras. Escribir cuando no hay nada que decir, cuando todo lo que aparece en la página es torpe, previsible o directamente inútil. Escribir sabiendo que nueve de cada diez veces el resultado será mediocre, y que el décimo poema –ese que acaso valga la pena– sólo existe gracias a los otros nueve, que cumplen la función ingrata de allanarle el camino al décimo. Wittgenstein decía –hablando de filosofía, no de poesía–: “Muchos de mis fragmentos son como los tijeretazos que da el peluquero en el vacío antes de asestar un corte perfecto”. El asunto es que sin esos tijeretazos en el vacío el corte perfecto nunca llega. La escritura de poesía como una práctica de laboratorio, llena de ensayos infructuosos y lamentos.
De modo que sí: cualquiera puede escribir un buen poema. Lo difícil es escribir dos sin que el segundo parezca un primo desdichado del primero. Lo difícil es sostener en el tiempo esa combinación improbable de oído, atención y desconfianza que hace falta para que las palabras no suenen a palabras. Lo difícil es escribir una poesía que no suene a poética. Lo difícil, en definitiva, es seguir escribiendo después de haber tenido, una vez, la prueba de que era posible.
Y sin embargo, no queda otra. Porque si el primer buen poema fue un mero accidente, el segundo será, con suerte, el resultado de habernos quedado en la escena del choque el tiempo suficiente como para entender qué fue lo que pasó. Y así, a fuerza de presenciar accidentes, entender su lógica y cómo podemos producirlo. Algunos pocos lo logran.