Cuando el futuro se parece al pasado
Hace unas semanas empezó a circular una escena que, leída rápido, podía parecer apenas otra extravagancia de la cultura digital. Usuarios de X comenzaron a usar Grok, el modelo de IA de la red social, para pedirle que pusiera mujeres en bikini, que les quitara ropa, que las volviera más disponibles para una mirada que no necesita demasiada elaboración. No eran avatares ni personajes ficticios. Eran fotos reales. Personas reconocibles tratadas como material editable.
Lo llamativo no fue el uso en sí, sino la velocidad. Bastaron horas para que una herramienta presentada como avance terminara funcionando como atajo hacia una fantasía vieja, conocida, repetida. Frente a un modelo capaz de procesar lenguaje, ironía e historia, la imaginación dominante no se expandió. Se achicó. Fue directo a lo de siempre.
La explicación técnica aparece rápido porque tranquiliza. Fallas de resguardo. Vacíos normativos. Todo eso existe y seguramente se corregirá con parches y comunicados. Pero quedarse ahí es una forma cómoda de no mirar lo que importa. Grok no inventó esa pulsión. Lo único que hizo fue volverla más fácil, más inmediata. Bajó el costo del gesto y dejó a la vista una imaginación que ya venía entrenada para mirar cuerpos como superficies editables.
Cada vez que aparece una tecnología nueva, solemos creer que viene con una sofisticación moral incluida, como si el progreso técnico arrastrara una mejora automática en nuestras formas de desear. La experiencia muestra lo contrario. La tecnología no mejora la imaginación humana. La desnuda. Y cuando lo primero que emerge es la necesidad de desvestir una imagen femenina sin consentimiento, lo que queda expuesto no es una falla del futuro. Es una continuidad bastante reconocible.
No hubo exploración estética ni preguntas nuevas. Hubo procedimientos y prompts. El cuerpo reducido a variable, el deseo convertido en instrucción. No aparece el juego, aparece la gestión. Todo funciona como si el otro fuera un archivo con capas que se pueden prender o apagar.
El problema no es el erotismo, sino su empobrecimiento. Lo que circuló esas semanas no tiene tensión ni ambigüedad ni ida y vuelta. Es un deseo sin imaginación, ejecutado como si fuera un trámite. El cuerpo deja de ser alguien y pasa a ser algo que se ajusta hasta que encaja con lo que uno quiere ver.
En paralelo circula otro relato que no está desconectado. El de la soledad masculina. El del desconcierto frente a vínculos que ya no se ordenan alrededor de la disponibilidad automática. Una tecnología que permite desvestir imágenes sin permiso convive con una cultura que todavía no sabe qué hacer con el deseo cuando el otro no está dispuesto a ser usado.
La pregunta de fondo no es cuántas cuentas van a suspender. La pregunta es más lenta, más incómoda. Qué estamos amplificando cuando amplificamos deseos. Qué mirada se normaliza cuando la primera reacción frente a algo nuevo es usarlo para repetir una fantasía gastada.
El futuro no llegó con formas raras. Llegó con tecnología nueva ejecutando pulsiones viejas. Y ahí aparece un espejo cultural que cuesta esquivar.
Cuando el futuro se parece demasiado al pasado, el problema no es la máquina. Es lo que seguimos eligiendo hacer con ella.
*Autor y divulgador. Especialista en tecnología emergente.