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Asuntos internos

Un gato escribió para nosotros

Una novela puede ser cualquier cosa, cualquier calamidad, y algunas existen menos como obras que como gestos. Meow, por ejemplo, de Sam Austen, pertenece a esa zona incómoda donde la literatura se vuelve una pregunta dirigida al lector más que un objeto para ser consumido. Y conviene empezar por lo literal: meow no es una palabra cualquiera, es la descripción fonética en inglés de nuestro “miau”. Es decir: no nombra al gato, intenta reproducir el sonido del gato según el oído y la ortografía de la lengua inglesa. En esa mínima operación ya hay una poética: lo animal filtrado por lo humano, lo inmediato convertido en escritura.

La hipótesis del libro es tan simple como brutal. Meow está completamente escrita con una sola palabra, repetida en una serie extravagante de combinaciones: meow. Repetida, repetida y repetida hasta volverse paisaje. Según la propia mitología editorial que rodea al proyecto, esa palabra aparece más de 80 mil veces. No es un detalle pintoresco: es el corazón del asunto. La repetición no funciona como recurso, sino como régimen. Como clima y obstinación.

La tentación inicial es leerlo como si se tratara de una broma, un chiste conceptual empujado hasta el límite material del libro. Un artefacto para regalar, una provocación para las redes, la clase de objeto que termina siendo comentado más que leído. Pero esa lectura se agota rápido, porque Meow insiste con una seriedad que no depende del “sentido”. Página tras página, el mismo sonido transliterado, sin trama que lo sostenga, sin progresión que lo justifique, sin clímax que lo redima, provoca algo. Y ahí aparece la incomodidad: la pregunta acerca de por qué esperamos que un libro “diga” algo, por qué pensamos que la literatura tiene que ser necesariamente mensaje, información, traducción.

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Y poco importa quién es el tal Austen; lo que cuenta es que parece escribir desde una intuición extraña: ¿y si el lenguaje no quisiera comunicar, sino solamente estar? Meow no representa gatos; no los describe ni los simboliza. Se limita a dejar la huella escrita de un sonido. Un sonido que para nosotros es familiar, pero no por eso comprensible: sabemos que es “miau/meow” y, sin embargo, no sabemos qué quiere decir. También sabemos que el gato solo la utiliza para comunicarse con nosotros, de donde podemos inferir que no es tanto “una novela para gatos”, como reza la publicidad editorial, sino la novela de un gato escrita para nosotros. El lector queda en la posición del animal frente al lenguaje humano: oye, percibe cadencias, detecta variaciones mínimas, pero no accede a un contenido estable y concreto.

Por eso Meow no se lee como una novela, sino que se atraviesa como experiencia temporal. No pasa algo: lo que pasa es el tiempo. La lectura se convierte en una prueba de atención y de aburrimiento, y en ese punto la novela roza algo que muchos libros evitan: su dimensión física, su condición de objeto que exige ojos, minutos, comodidad, paciencia. Tipografía, páginas, perseverancia. Una especie de hipnosis menor.

Y, por supuesto, hay una ironía, pero no es una ironía simpática ni cómplice. Presentarla como “novela para gatos” no solo busca la risa, sino que también invierte el pacto de inteligibilidad. Tal vez buena parte de la literatura contemporánea funciona así, solo que finge lo contrario: textos que se sostienen por un tono, por cierto prestigio, por rutina, por un acuerdo social que dice “esto significa”, aunque nadie pueda señalar con claridad qué. Austen, en lugar de disimular, lo exhibe con crueldad: entrega más de 80 mil miau y nos deja solos con la necesidad de sentido.

No es un libro que se pueda defender con argumentos. No mejora con una segunda lectura. No promete nada. Meow existe como una provocación: un libro que no quiere ser explicado, sino soportado. Como un maullido constante procedente de los techos de la casa de al lado. Como un gato que maúlla en otra habitación y al que, tarde o temprano, uno termina prestándole atención, simplemente porque el amor nos vuelve atentos, precavidos y curiosos.