Despechada por Belgrano
En 1815, Manuel Belgrano está en Inglaterra en una misión diplomática oscurecida por los punibles negociados de sus compañeros de viaje –incluido Bernardino Rivadavia– pero obtiene, si se quiere, un resarcimiento al consumar carnalmente su atracción por Francia. “En la época de 1789 me hallaba en España (…) y se apoderaron de mí las ideas de libertad, igualdad, seguridad, propiedad”, escribiría posteriormente en los textos sobre sus idas a Europa, lo que contribuye a especular con que el hecho de que Isabelle Pichegru se presentara como sobrina de Jean-Charles Pichegru, militar destacado de la Revolución, pesó a la hora de elegirla como amante. Pero el regreso de Napoleón a París desde Elba deriva en un oficio firmado por Ignacio Álvarez y Gregorio Tagle que pone fin a la aventura, tanto en lo político como en lo amoroso: “Se ha resuelto revocar los poderes que les fueron conferidos al expresado fin, debiendo en su consecuencia restituirse a estas provincias”.
Con el tiempo empiezan a circular rumores audaces en torno de la amante francesa. (Habría que cotejar todo lo que sigue, proveniente de fuentes débiles, con la novela de Felipe Pigna, Conspiración en Londres, pero elijo creer.) Tras granjearse una posición en el París post napoleónico, sale a la luz que no es sobrina del revolucionario y la despojan de sus beneficios. No tiene mejor ocurrencia que huir rumbo al Río de La Plata en busca de nuestro prócer, pero cuando desembarca en Buenos Aires en 1817, él ya está en Tucumán. Termina involucrada en complots con otros franceses todavía más turbios que ella, y debe enfrentar una nueva huida en 1819, esta vez a Montevideo.
A fin de año, escribe una carta de quince carillas (pocos materiales tan útiles al género epistolar como el despecho) para vengarse de su examante, más interesado en las cuitas nativas que en ella. Le reprocha no haber estado al momento de su llegada a Buenos Aires para cargarle el equipaje, segura de herirlo intensamente al asignarle un rol tan deslucido. Ojalá se haya arrepentido seis meses después, cuando el nobilísimo Belgrano pasó a la inmortalidad más pobre que un changarín.
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