Dos en uno
Breton y Duchamp atraviesan la vida de Matta, que huye a Italia.
Otro escritor hubiera hecho de El vértigo de Eros dos libros. Uno dedicado al período que el pintor chileno Roberto Matta pasó en Nueva York entre 1939 y 1948, época decisiva para el arte moderno que recibió a los surrealistas europeos y vio nacer las vanguardias americanos. El otro sería un libro testimonial sobre la vida en la misma ciudad durante 2020, con la pandemia de fondo con centro en un grave accidente que tuvo el autor andando en bicicleta, en el que se quebró las dos muñecas en varias partes y tuvo que sufrir las dificultades sanitarias del momento.
Pero si algo caracteriza a Rafael Gumucio como escritor es lo que podría llamarse su pulsión autobiográfica, que lo llevó a publicar sus memorias a los 29 años, a escribir sobre su abuela, a tener un gran protagonismo en su libro de conversaciones con Nicanor Parra y ahora a juntar lo que dios había desunido. Así es como la historia de Matta, a la que Gumucio define en la tercera línea del libro como “el más influyente de los pintores nacidos en Chile”, se mezcla con la de Gumucio que hace un intento de comparar, asimilar o mimetizar su propia vida con la del pintor a partir de la ciudad y de un pathos trágico en común. El resultado podría ser una culminación de la llamada “literatura del yo”, esa moda de incluir entre las páginas al enanito que firma los libros.
Aclarado que este es un libro contra natura y que las frotaciones metafísicas que Gumucio introduce entre su personaje y el de Matta son muchas veces forzadas, es hora de decir que los dos libros que componen El vértigo de Eros son buenísimos. Gumucio es un escritor talentoso, un gran narrador y un estilista enfático, imaginativo y romántico que, prisionero de su pasión por el efecto y de su habilidad para lograrlo en la construcción de la prosa, produce dos relatos conmovedores, cada uno a su modo. Su historia personal empieza siendo banal (un escritor que pasa unos meses en uno de esos pueblos ricos y sofisticados de la costa de Long Island) y su estadía se va complicando por la cuarentena primero y después por el accidente que lo arroja a la soledad del hospital y a la crueldad de una cirugía que lo deja sin poder escribir, con dolores terribles y la incertidumbre sobre su curación.
Lo de Matta tiene otro volumen y ocupa la mayor parte del libro. Gumucio se instala en el centro neurálgico de la vida artística y económica de su época a partir de un protagonista genial que, sin hacerse cargo de nada, deja a su paso una estela de tragedias espantosas, empezando por la de sus hijos a los que abandona, la de su mejor amigo que se suicida cuando se entera que Matta se acuesta con su mujer y terminando en la larga serie de encuentros y desencuentros operísticos en el seno de la comunidad surrealista con sus permanentes traiciones y expulsiones. Breton y Duchamp atraviesan también la vida de Matta, que termina huyendo a Italia, abrazando la causa comunista y convertido en un prócer de la cultura chilena. Un enorme mérito del retrato que Gumucio hace de Matta es que, aunque no se priva de lanzar hipótesis e interpretaciones sobre su arte y su conducta (como la del papel que Eros tiene tanto en su priapismo como en sus lienzos) ni de pintar con agudeza a sus contemporáneos, logra que la vida y la obra del artista sigan siendo un gran misterio.
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