El buen jesuita
Hará unos veinte años, por esas cuestiones de la curiosidad literaria que te llevan de acá para allá, de la entomología a la astrología, de la metafísica a la cocina hindú, del erotismo al exotismo y de la microbiología a la cosmiatria, me encontré escarbando en una corriente particular que floreció a comienzos del siglo XX en la Rusia recientemente bolchevizada, y que reunía elementos que excedían en mucho la idea de que electricidad y trenes eran sinónimo de socialismo.
Esa corriente juntaba aportes de la religión, el esoterismo y la ciencia de la época, y se llamó cosmismo. Por supuesto, si yo hubiese sido un ensayista, o siquiera un estudioso, habría comenzado por investigar sus posibles antecedentes, encontrándolos en la Pierre Teilhard de Chardin, jesuita, paleontólogo y filósofo francés, tentándome luego con averiguar algo sobre cada una de sus especializaciones, curioseando de paso por la historia de los jesuitas hasta llegar al propio Ignacio de Loyola, y por qué no hacerme al menos de alguna clase de conocimiento sólido sobre los alcances de la filosofía y, luego, sin duda, me habría pasado una década estudiando las principales corrientes filosóficas que conformaron el corpus intelectual del personaje. Y ese hubiese sido un gran problema.
Cuando uno escribe una novela, el tiempo de la investigación no está en sincronía con el ritmo de la escritura. El saber es un impulso necesario, pero si un escritor intenta hacerse cargo de la gran ilusión, que es el conocimiento completo, apuesta a la eternidad y no al tiempo, y su novela, si por un milagro la concluye, resultará un choclo infumable.
Por eso siempre es mejor seguir el consejo que me dio un sacerdote jesuita cuando, en mis épocas de simulacro de periodista en el inefable semanario Tal Cual, fui a preguntarle por detalles acerca de la venida del papa Juan Pablo II a la Argentina. Que cuantas mudas de ropa traía, que cuantos kilos de comida, etcétera. Y el buen hombre sonrió y me dijo: “No tengo ni idea. Lo que no sabes, hijo, invéntalo”. La próxima, vamos derecho viejo al cosmismo ruso.
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