Resulta cada vez más pertinente eso que Adorno y Horkheimer pensaron y analizaron hace tiempo en Dialéctica del iluminismo, a saber: que lo irracional no es aquello que se opone externamente a la razón, lo que la acecha o la destruye, sino algo que fermenta y aflora al interior de la propia razón instrumental, como parte de un proceso dialéctico.
¿Y no es eso lo que, en cierto modo, puede verse en El Galpón de Guevara, en la puesta de Amanuenses? No es un brote de la sinrazón lo que enloquece a los personajes de la obra, sino su propia participación en la maquinaria muda de la racionalidad administrada.
Son burócratas de oficina pero, a diferencia de los de Roberto Arlt, carecen de “isla desierta” (ni para irse ni para soñar). Habitan más bien una especie de agobio kafkiano, en el que no otra cosa sino una lógica racional implacable es lo que precipita el absurdo total.
Esto pasa en Amanuenses, pero pasa sin palabras, porque Amanuenses no tiene texto, tiene objetos y tiene cuerpos (los de Martín Bertani, Juan Jiménez, Emmanuel Palavecino y Constanza Feldman, que además ideó la obra y la dirige) y tiene la música de Pablo Viotti, tocada en escena.
Es en el despliegue de ese juego notable de sonidos y movimientos donde se expone en principio el espectáculo de la regularidad, que es lo que hace posible que la rutina exista.
Regularidad: acompasamiento, uniformidad, encastre, consonancia. La andadura de los oficinistas cobra por momentos un tenor casi castrense, el ideal del ordenamiento físico; pueden coordinar unos con otros (ya en el hábito cotidiano de colgar los abrigos en el perchero). Luego vemos el engranaje de la burocracia en pleno: papeles, polvo, timbres, sellos.
El espectáculo de la regularidad entra en ritmo, pero ese ritmo a su vez se acelera. Y es entonces que, en los cuerpos y en la música, desde ellos mismos en realidad, surgen el desacompasamiento, las disonancias, los choques, los empellones, los chirridos. Pero incluso al alcanzar el punto crítico en el que una desbocada irracionalidad se impone e impera, sigue viéndose la rigurosa razón de la que en definitiva todo eso provino.