opinión

El debate por la justicia social, de la economía a la filosofía

Friederich Hayek vs. John Rawls. El profundo contrapunto entre ambos constituye uno de los grandes ejes de la filosofía política del siglo XX. Foto: cedoc

En la década de 1980, el concepto de justicia social recibió una crítica de fondo desde el pensamiento de la Escuela Austríaca. Nos referimos a la crítica de Friedrich Hayek a la justicia social, que probablemente es de donde Milei saca todos sus argumentos.

Friedrich Hayek fue un economista y filósofo austríaco, referente de la Escuela Austríaca, premio Nobel de Economía en 1974 y uno de los principales defensores del liberalismo clásico, el orden espontáneo del mercado y la limitación del poder del Estado.

Para ponderar lo importante que es Hayek para Milei es interesante señalar que el presidente consideró llamar a dos de sus perros los nombres de Ludwig von Mises y Friedrich Hayek, pero contó que  los perros “no respondían”  a esos nombres. En una entrevista con  Bloomberg, dijo: “Cuando dije Ludwig, ninguno saltó; cuando dije Friedrich, tampoco. Así que quedaron descartados Mises y Hayek”.

Finalmente, los cuatro clones de Conan terminaron bautizados como Murray, Milton, Robert y Lucas, en referencia a otros economistas del agrado del Presidente.

Es decir, Hayek estuvo a punto de convertirse en el nombre de uno de sus perros, pero finalmente no ocurrió. El propio Milei atribuye la decisión a la reacción de los animales, no a una elección deliberada suya. Simplemente, el perro no quiso llamarse Hayek.

Pero volviendo al debate, Friedrich Hayek sostuvo que  la expresión “justicia social” era un “espejismo”, porque la justicia solo puede atribuirse a decisiones deliberadas y no a los resultados impersonales del mercado. Desde esa perspectiva, el objetivo de una sociedad libre no debía ser igualar resultados, sino garantizar reglas generales, igualdad ante la ley y libertad económica.

Quien contestó más sólidamente las concepciones de Hayek sobre la justicia social fue John Rawls, filósofo político estadounidense, profesor de Harvard y autor de A Theory of Justice. Es considerado el principal renovador de la filosofía política liberal del siglo XX por su teoría de la justicia como equidad y su defensa de la igualdad de oportunidades.

Desarrolló una teoría que responde, entre otras corrientes, al liberalismo clásico defendido por Friedrich Hayek, y en A Theory of Justice lo cita y discute en varios pasajes. El debate entre Friedrich Hayek y John Rawls constituye uno de los grandes ejes de la filosofía política del siglo XX.

El punto de partida de Hayek es una pregunta sencilla:  ¿quién es el sujeto que actúa injustamente?  La justicia sólo puede atribuirse a acciones deliberadas de personas o instituciones que toman decisiones concretas. Un juez puede dictar una sentencia injusta o un empresario discriminar a un trabajador, pero los ingresos que obtiene cada individuo en una economía de mercado no son decididos por una autoridad central, sino que emergen de millones de decisiones descentralizadas de consumidores, empresas, trabajadores e inversores. En ese sentido, el mercado constituye  un “orden espontáneo”, comparable al lenguaje o incluso a fenómenos naturales: puede producir resultados desiguales, pero no puede calificarse moralmente porque  carece de una voluntad  que los haya diseñado.

De esa premisa surge su crítica más conocida al concepto de “justicia social”. Hayek lo considera un “espejismo” (mirage): una expresión con enorme fuerza política, pero escasa precisión conceptual. Cada actor entiende algo distinto por justicia social (redistribución, igualdad de oportunidades, mejores salarios o igualdad ante la ley), lo que convierte al término en un significante ambiguo. Además, advertía que si se considera injusto el resultado del mercado, inevitablemente alguien deberá intervenir para corregirlo, decidiendo quién gana más, quién gana menos, qué empresas prosperan y cuáles desaparecen. Esa concentración de poder, según Hayek, representa un  riesgo creciente para la libertad y el Estado  de derecho.

Rawls comparte parte del diagnóstico de Hayek sobre que el mercado no puede ser juzgado moralmente, pero cambia completamente la pregunta. Acepta que nadie decide individualmente cada resultado del mercado, pero sostiene que las reglas bajo las cuales ese mercado funciona sí son producto de decisiones políticas. El sistema tributario, las leyes laborales, el régimen de propiedad, las normas sobre herencia, la educación pública o las regulaciones económicas no surgieron espontáneamente: fueron diseñados por la sociedad y, por lo tanto, pueden ser evaluados desde el punto de vista de la justicia. La discusión deja entonces de centrarse en los resultados del mercado para enfocarse en las instituciones que estructuran esos resultados.

Esa diferencia se expresa en la célebre  idea del “velo de la ignorancia”. Rawls propone imaginar que debemos elegir las reglas de una sociedad sin saber qué lugar ocuparemos en ella: si seremos ricos o pobres, empresarios o trabajadores, sanos o enfermos. Desde esa posición de imparcialidad, sostiene, optaríamos por instituciones que protegieran también a quienes terminaran en la situación más desfavorable. De allí deriva  su “principio de diferencia”: las  regulaciones desiguales económicas  pueden ser legítimas siempre que contribuyan a mejorar la situación de los menos favorecidos. No propone eliminar el mercado ni la propiedad privada, sino establecer reglas que hagan compatibles la libertad con la equidad institucional.

En síntesis: Hayek pregunta quién produjo una determinada desigualdad y concluye que, al no existir un autor identificable, el mercado no puede ser juzgado moralmente. Rawls responde que la cuestión relevante no es quién produjo ese resultado, sino quién decidió las reglas que permitieron que ocurriera. Esa pequeña diferencia conceptual transformó la teoría política contemporánea: mientras Hayek, al igual que Milei, ve en el mercado un orden espontáneo cuya lógica debe preservarse para proteger la libertad, Rawls sostiene que la libertad solo puede ser plenamente legítima cuando las instituciones que la organizan serían aceptadas por cualquiera, incluso sin saber qué lugar ocupará en la sociedad.