El like como categoría política

El discurso de Milei y el ‘scroll’

La irrupción de las pantallas y aún más de la posibilidad de hacer correr las imágenes en nuestros teléfonos no solo implican un cambio en nuestra percepción y capacidad de concentrarnos. También, de alguna manera, aplican a nuestra capacidad de saber y, si se quiere, a una nueva metafísica. El desafío de la política (y de los políticos) es comprender esa nueva mentalidad, comunicarse con sus códigos, sin perder de vista la necesidad de transmitir contenidos. La polémica sesión inaugural de las ordinarias puede también leerse bajo aquella clave, este nuevo paradigma.

SCROLL-TORA. Foto: Pablo Temes

El discurso de Javier Milei al inaugurar el período de sesiones del Congreso ha sido motivo de discusiones encendidas durante varios días. Dentro del Parlamento, provocó un enfrentamiento violento entre oficialistas y opositores. En esos mismos días, mandatarios provinciales y locales pronunciaron discursos en situaciones semejantes, pocos los vieron y menos conversaron sobre su contenido.

No pretendo discutir los contenidos de los discursos, ya que tampoco explican por qué el uno impactó tanto, mientras los otros resultaron irrelevantes. El hecho real es que existen nuevas formas de comunicación que usan algunos políticos del continente, mientras que las que usan los otros son anticuadas y pertenecen a la sociedad pre-internet. Los estudios indican que el 65% de las personas revisa su teléfono en los primeros 10 minutos después de despertarse. Las pantallas han provocado una reconfiguración funcional del cerebro, especialmente en las áreas responsables del control emocional y la concentración sostenida. Esta última, que en 2004 era de 2,5 minutos, bajó en 2012 a 75 segundos, y en 2025 alcanzó apenas los 45 segundos. Nuestro cerebro se ha vuelto experto en la “atención alternada”: en lugar de seguir el hilo lógico de un discurso, se acostumbró a saltar rápidamente de un estímulo a otro. El uso constante del celular, el scroll infinito y la búsqueda de likes inundan el cerebro con picos de dopamina. Cuando falta este estímulo, el usuario experimenta una “abstinencia digital” manifestada en irritabilidad y ansiedad. En 2025 ganó fuerza el concepto de brain rot (cerebro podrido), referido al deterioro mental provocado por el excesivo consumo de contenidos digitales de baja calidad, repetitivos y sin sentido. Según los neurocientíficos, el cerebro no se está “dañando”, sino que se adapta a un entorno de alta velocidad que debilita la capacidad de introspección y el pensamiento crítico, propios de la Ilustración.

La percepción del tiempo se fragmentó. La digitalización sustituyó el “tiempo lineal” de la lectura por un “tiempo puntillista” de gratificación instantánea. Consumimos pequeñas dosis de información (puntos de datos, memes) y perdemos la capacidad de conectarnos de forma pausada con el mundo. Los procesos democráticos –debatir, reflexionar, legislar– son lentos por naturaleza, mientras que la red funciona a una velocidad que la política tradicional no puede seguir. Por eso, la institucionalidad se percibe como algo inútil, abriendo paso a que el impacto emocional y el “juego” controlen el discurso público. Los “tiempos muertos” han sido colonizados por el celular. Ya sea en la sala de espera del médico o cuando el semáforo se pone en rojo, recurrimos inmediatamente al dispositivo, dejando de lado el tiempo para procesar la realidad en favor de un flujo de juego infinito. El tiempo “vuela” porque en el consumo digital no existen hitos para la memoria; todo es igual de efímero y ligero. Internet ha transformado nuestra existencia en un “estancamiento frenético”: nos movemos a toda velocidad, sin ir a ninguna parte.

En 2007 aparecieron el iPhone y el scroll infinito, que eliminaron el botón de “siguiente página” y nos conectaron a la red de manera indefinida. Al no tener un final visual como el de un libro, el cerebro no sabe cuándo desconectarse. 

TikTok es el rey de este “secuestro de atención”. Su algoritmo decide por nosotros a dónde ir, tras analizar nuestra información, creando un flujo de juego tan personalizado que elimina la voluntad. Al ofrecer videos de entre 15 y 60 segundos, acostumbró al cerebro a un flujo de dopamina gracias al scroll. A diferencia del libro, que posee una secuencia previsible, en TikTok nunca se sabe lo que vendrá después, y por eso es imposible dejarlo.

En esta plataforma no importa la verdad factual, sino la resonancia tribal. El algoritmo premia lo estrafalario, lo gracioso y lo cargado emocionalmente. Quienes intentan difundir ideologías o programas de manera convencional con la aplicación pierden su tiempo. Los políticos que triunfan en TikTok saben ser “personajes” de un juego. No cualquiera puede lograrlo: si alguien no es “memeable”, no existe para el algoritmo. Algunos creen que haciendo tonterías ganarán elecciones, pero además de perderlas, solo consiguen hacer el ridículo. 

El algoritmo elimina los “puntos de parada” del cerebro, impidiendo el descanso. Crea una “burbuja de eco” en la que solo percibimos aquello que valida nuestros prejuicios. Utiliza la música para crear anclajes emocionales rápidos. El dato desaparece y queda solo la emoción efímera.

¿Significa esto que ya no es posible hacer política con contenidos? No. Significa que, además de pensar, necesitamos aprender el lenguaje de la época para comunicarnos con los demás. No es solo el lenguaje del ciudadano de a pie: los diputados, tanto del oficialismo como de la oposición, disfrutaron también en el Congreso de sus dosis de dopamina, participando del espectáculo que Milei supo orquestar.

*Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.