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Conflicto como política de Estado

Moralización es una palabra que trasciende a la ética de dirigentes: también es una forma de comunicar.

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¡Viva la libertad! (La nuestra) ¡Carajo! | Pablo Temes

Podría indicarse que Milei está en lo cierto cuando refiere a que su gobierno llevará adelante a la moral como política de Estado, aunque se debe aclarar que no por las razones que supuestamente permiten diferenciar acciones universalmente buenas, de otras universalmente malas. La moral en el mundo moderno no es la guía para ser una buena persona, sino la herramienta fundamental para asentar tensiones y conflictos entre partes; por lo que la moral en su caso, funciona como la técnica ideal para intentar sostener una base de votantes relacionados con su proyecto, contenidos sobre la condición constante del odio irrestricto a enemigos presentados como esencialmente malos y amorales. Así, es en realidad, una política de Estado, pero del conflicto.

No es complejo encontrar en la comunicación cotidiana señalamientos que afirman que tal o cual acción de gobierno es buena o mala, o que una determinada persona es buena o mala, o que un fallo judicial es también bueno o malo. Con esto, queda en evidencia que la moral, como un recurso de componentes entre otros para decidir sobre qué hablar en momentos específicos, forma parte recurrente de los procesos comunicacionales disponibles de la sociedad moderna. Sin embargo, se debe incluir una pregunta más compleja, pero fundamental, sobre si la moral, a pesar de ser una herramienta de uso cotidiano, ha logrado al mismo tiempo, de manera evolutiva, desarrollar criterios para procesar comportamientos sobre procedimientos que sean indiscutibles. En realidad, la moral está presente, más en la comunicación sobre la moral, que en acciones indiscutibles guiadas por ámbitos irrenunciables de valores.

Algo no ha logrado la moral que sí lo han alcanzado otros desarrollos sociales. Más allá de sus problemas de implementación en países subdesarrollados, el derecho, por ejemplo, ofrece criterios definidos por normas que diferencian lo ajustado a derecho, y por lo tanto legal, de lo no ajustado a derecho. Incluso tiene procedimientos que deben ser cumplidos en el recorrido de una causa judicial, desde la primera presentación en tribunales de una denuncia hasta dictámenes que deben ser redactados por jueces con referencia a normas y a fallos previos. Esto significa que cualquier paso dentro del sistema del derecho requiere hacer referencia, para poder expandir esa comunicación y producir el enlace siguiente, a un componente interno del mismo derecho que pueda ser encontrado de manera objetiva. La moral, por el contrario, no tiene un equivalente al derecho para procesar su comunicación, sino solo criterios aplicables en procesos de observación que se van adaptando a cada caso.

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Este no es solo un logro del derecho. La economía discrimina sus operaciones de una manera muy clara a través del uso del dinero siendo esta la única manera de poder generar una acción económica; la ciencia solo puede evidenciar avances si es que los modos aceptados de demostrar una verdad son expuestos a través de una publicación entre pares; en política toma decisiones vinculantes quien se encuentra del lado del Gobierno, producto de una victoria electoral y no otro; y los medios de comunicación luchan por lograr primicias exclusivas sobre la base de la sorpresa y lo llamativo, como diferencia de la aburrida vida cotidiana de las personas.

Este listado de procesos demuestra que existen desarrollos sociales diferenciados que posibilitan la fluidez de instancias comunicacionales con alto nivel de especialización interna y que avanzan siempre hacia una mayor especificidad de sus mismos mecanismos, ya que en general, estos altos niveles de diferenciación permiten una optimización de sus propios despliegues internos. El dinero siempre es dinero, pero aparece hoy en formas variadas sin que sea ya el efectivo la única manera de evidenciar su existencia; los gobiernos encuentran recursos para acelerar sus procesos de decisión sin que sean demorados por el Congreso o la Justicia; y la ciencia mejora sus cálculos estadísticos para aumentar la precisión de sus demostraciones y estimaciones. En esto hay una consecuencia, ya que como expresa la teoría de sistemas, los amplios niveles de especialización diferenciados, no solo producen un aumento en la velocidad de los procesos internos de cada ámbito, sino la lejanía de unos con otros. Especializados sobre sí mismos construyen, como dice Luhmann, ignorancia sobre el resto. La moral ayuda, justamente, a cubrir ese hueco de ignorancia.

El rol de la moral puede ser identificado como un mecanismo constantemente disponible para relacionarse con estos ámbitos especializados, aunque siempre desde un lugar externo. Esta externalidad no es un asunto menor, ya que define dos componentes: la disponibilidad para su uso, y su lugar en el mundo actual. Una sentencia de un juez puede ser evaluada como moralmente repudiable, pero no por ello se ingresa al proceso de comunicación interna del sistema del derecho; la compra de un terreno puede ser señalado como dañino para los valores de una comunidad afectando el patrimonio, pero no por eso se convierte en una comunicación económica; y hasta puede hacerse un llamado al debate sobre el rol de los medios luego de haber logrado buen rating exponiendo a una madre a la que asesinaron a su hijo en una nota en exclusiva, pero no por eso convertirse en una comunicación interna de los medios masivos. La moral está, pero como un mecanismo de comentario de la realidad, y no como una definición inequívoca de acciones.

Esta condición de inespecificidad aporta funciones de uso con menores exigencias, ya que todo tema, se sepa o no del asunto, y en especial cuando justamente no se sabe sobre este asunto, puede ser cubierto con criterios morales que aporten “puntos de vista” que incluyan evaluaciones como algo “bueno” o “malo”. De este modo, queda en evidencia que una de las condiciones de la moral para su expansión es la ignorancia, ya que actúa como comunicación alternativa frente al conocimiento experto. La gente se enoja con los jueces, los médicos, los políticos, los periodistas, los jugadores de fútbol y los empresarios, sobre la base del desconocimiento de los detalles de procesos que son observados como decepcionantes de acuerdo a expectativas previas no cumplidas. La indignación colectiva no necesita del saber para existir, necesita lo contrario.

Cuando Milei propone un gobierno sobre criterios morales propone un modo de reducir complejidad sobre la base de la ignorancia. Las condiciones que pueden llevar el desarrollo o al fracaso de un país son demasiado imbricadas como para debatirlas en extenso públicamente, ya que se debería incluir la historia, las condiciones geopolíticas, condiciones locales o ideológicas, solo por nombrar ejemplos rápidos de posibles componentes causales. Con la moral, con el señalamiento sencillo y veloz de culpables malos, y de buenos salvadores, todo esto puede quedar condensado en una estructura fácil de consumir por su público masivo. Hasta el Congreso ayuda a esa visualización; a su izquierda los malos, y a su derecha los buenos.

No hay nada mejor para expandir el conflicto que la moralización de una comunicación, ya que aplica una forma conveniente a una condición de complejidad de problemas que requieren solución. La diferencia es que las decisiones, siempre sobre criterios con cierto grado de arbitrariedad en los otros ámbitos, como el derecho o la economía, se basan en elementos identificables, mientras en la moral solo pueden sostenerse en base a valorizaciones abstractas en base a puntos de vista adaptables. Es tan frágil ese proceso de decisión que requiere la exageración emocional que toda comunicación moral necesita, con gritos, aplausos, risas y llantos, para compensar algo ya descompensado. Detrás de la moral, no hay en realidad nada.

La promesa del Gobierno es llevar a todos hacia un conflicto armado de sentimientos morales, y no a un paraíso de lo bueno, excluyendo lo malo. La oposición espera que los datos económicos hagan explotar al proyecto del Presidente, pero no entienden que lo mejor de él no es la economía, sino la emoción desenfrenada, que solo puede ser expandida, si no se entiende nada.