El fin de una mentira
La pretensión hegemónica de los estados poderosos confirman la muerte de las viejas certezas.
Cuando se estrenó Rock ‘n’ Roll, del difunto dramaturgo Tom Stoppard, hace 20 años, fue algo muy personal para mí, que era estudiante de cine en Praga y cursaba estudios en Cambridge. La obra, una reflexión sobre el choque entre el comunismo y el capitalismo en Checoslovaquia (ahora República Checa y Eslovaquia), se centraba en la confrontación entre la teoría elevada y la realidad vivida de una manera que me conmovió profundamente. Dos décadas después, el reciente discurso del primer ministro canadiense Mark Carney en Davos me pareció la secuela.
Afirmando sin ambigüedades que “el orden basado en normas se está desvaneciendo” y que estamos viviendo una “ruptura, no una transición”, Carney ofreció una lección magistral sobre lo que él denomina “nombrar la realidad”. Durante casi cuatro décadas (desde la caída del Muro de Berlín), los responsables políticos occidentales han dado por sentado que el orden internacional imperante ampliaría progresivamente su círculo de beneficiarios, limitando el poder con instituciones, mercados y marcos normativos. Pero Carney, uno de los principales exponentes de ese orden, ha descartado este guión.
Las “grandes potencias”, señaló, están abandonando incluso “la pretensión de normas y valores para la búsqueda sin trabas de su poder e intereses”. Las instituciones multilaterales que han definido la era de la posguerra están “amenazadas”, y el secretario general de la ONU ha reconocido recientemente que su organización corre el riesgo de sufrir un “colapso financiero inminente”. El famoso aforismo de Tucídides – “los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”– vuelve a ser moneda corriente en la geopolítica.
La intervención de un antiguo banquero central (Carney dirigió anteriormente el Banco de Canadá y el Banco de Inglaterra) sirve de colofón al breve periodo de dominio occidental incuestionable que se asocia sobre todo con la tesis del Fin de la historia de Francis Fukuyama. Invocando el ensayo El poder de los sin poder del escritor checo convertido en presidente Václav Havel, Carney revivió una sorprendente idea de la batalla de ideas de la Guerra Fría.
Durante décadas, dijo a la audiencia de Davos, hemos estado “viviendo en una mentira» (citando a Havel) bajo un sistema cuyo “poder no proviene de su verdad, sino de la voluntad de todos de actuar como si fuera verdad”. Los sistemas perduran no solo por la fuerza, sino por el ritual de conformidad de los participantes comunes, como el frutero que, “para evitar problemas”, exhibe un cartel que dice: “¡Trabajadores del mundo, uníos!”. Suspendiendo su incredulidad, opta por la seguridad, siguiendo la línea del partido en lugar de enfrentarse al poder .
La referencia de Carney a Havel no era una curiosidad histórica. Nos instaba a abrir los ojos y reconocer que, tras la Guerra Fría, sustituimos una mentira por otra. Las potencias medias del mundo han sido especialmente cómplices de la “ficción” de un orden mundial benigno. Durante décadas, países como Canadá, Japón y las economías avanzadas de Europa occidental han optado por “seguir la corriente para llevarse bien”, aceptando la aplicación asimétrica de las normas comerciales y tolerando excepciones legales para los Estados poderosos, porque el cumplimiento compraba estabilidad.
“Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa”, dijo Carney, “que los más fuertes se eximirían cuando les conviniera... y sabíamos que el derecho internacional se aplicaba con mayor o menor rigor dependiendo de la identidad del acusado o de la víctima”. Al denunciar el doble rasero, articuló una verdad que el Sur Global siempre ha sabido.
El discurso de Carney fue un oportuno recordatorio de lo que realmente sostiene los sistemas económicos: la participación voluntaria de los participantes. Su discurso destaca que todos debemos rechazar la nostalgia por un sistema basado en normas que nunca cumplió plenamente sus promesas. Pero también debemos rechazar el cinismo sobre la cooperación en sí misma.
Dado que la batalla de la era de la Guerra Fría entre el capitalismo y el comunismo fue tanto una lucha entre sistemas de creencias como entre arsenales, los paralelismos con la actualidad son notables. En el siglo XX, los sistemas competían no solo por ventajas materiales, sino también por legitimidad. La tarea consistía en convencer a las poblaciones, los gobiernos y las élites de que su modelo era más que un guante de terciopelo para una coacción anticuada y de mano dura.
La competencia actual no es menos ideológica, aunque esté menos articulada. Las pretensiones hegemónicas de los Estados poderosos, la militarización de la interdependencia y la erosión de las normas compartidas confirman que las viejas certezas se han disuelto. Por eso Carney no ha pedido una reencarnación de los bloques del siglo XX, sino un rechazo lúcido de la complacencia, una negativa a ser el frutero que participa con resignación en la mentira.
Más que un simple discurso pragmático sobre política, el discurso de Carney supuso un reto para sustituir las mentiras por la verdad, la falsedad por la autenticidad y una arquitectura económica global de “fortalezas” y “muros” por otra de “geometría variable... diferentes coaliciones para diferentes cuestiones”.
Como entendieron tanto Havel como Stoppard, los sistemas caen primero en el ámbito de las creencias. La cultura, y no la política, es lo que finalmente socava el dogma. Carney nos recuerda que lo que todos los sistemas tiránicos tienen en común es «la participación de la gente común en rituales que, en privado, saben que son falsos». En consecuencia, la “fragilidad de esos regímenes proviene de la misma fuente”, de modo que “cuando incluso una sola persona deja de actuar... la ilusión comienza a resquebrajarse”.
Carney ha saltado a la escena internacional como esa persona, proclamando el fin del “fin de la historia”. Para mí, es como volver a Praga: ¿puede el fin de una ficción reconfortante convertirse en el comienzo de una verdadera emancipación?
*Antara Haldar, profesora asociada de Estudios Jurídicos Empíricos en la Universidad de Cambridge y es profesora visitante en la Universidad de Harvard. copyright: Project Syndicate, 2026.
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