Opinión

El “milagro económico” del rey de Belindia y el temor al dualismo de la Argentina libertaria

Milei mostró un país pujante en París, mientras el consumo se resiente. Foto: Cedoc

Javier Milei corre el riesgo de convertir a la Argentina en Belindia. El término fue acuñado en 1974 por el economista brasileño Edmar Bacha. Lo hizo en una fábula satírica, El rey de Belindia, escrita contra el triunfalismo del “milagro económico” que ostentaba la dictadura militar brasileña. Bacha imaginó un reino en el que convivían una pequeña Bélgica, rica y moderna, con ingresos y consumos europeos, y una enorme India, de informalidad y salarios de subsistencia. Los tecnócratas del rey medían el éxito con un PBI agregado que crecía a tasas envidiables, sin advertir que la mayoría de la población escondía una realidad muy distinta. La lección sigue vigente: un país puede exhibir indicadores macroeconómicos de primer mundo mientras la mayor parte de la sociedad no percibe el beneficio.

Es exactamente lo que está ocurriendo por estas horas en la Argentina de Milei: la Argentina libertaria empieza a mostrar los rasgos de ese dualismo que había advertido Bacha hace cincuenta años para Brasil. 

Es que la semana económica dejó una postal muy difícil de superar como metáfora. Mientras Milei y Luis Caputo desplegaban ante inversores europeos la segunda edición de la Argentina Week en el Château de la Muette, sede de la OCDE en París, al mismo tiempo, en el Sheraton de Mar del Plata, la senadora Patricia Bullrich ocupaba el centro del 62° Coloquio de IDEA con un diagnóstico que sonó a contrapunto. “No podemos tener la industria caída, la construcción caída, el comercio caído”. Muy lejos de los empreasarios que escuchaban a Bullrich, a más de 12 mil kilómetros de distancia, en París, el ministro de Economía aseguraba que el único riesgo argentino es perderse la oportunidad de invertir y celebraba el anuncio de Total Energies por cerca de 10 mil millones de dólares en gas y petróleo.

Si en la costa atlántica, la economía real reclamaba su lugar en el relato, en la capital europea, solo había espacio para inversiones millonarias de una economía creciente. Preocupación en Mar del Plata. Algarabía en París. Consumo enfriado en la mayoría de la población. Crecimiento solo para algunos: minería, petróleo y energía. Dos escenarios, dos países. O, para decirlo con una vieja figura de la economía latinoamericana, una sola Belindia. 

Ocurre que la agenda que el Gobierno promociona en el exterior se concentra en algunos nucleos de la economía. Se trata de sectores intensivos en capital y en divisas que operan al amparo del Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI). Prometen récords de exportación y aportan los dólares que el Banco Central necesita. Pero, hay que decirlo, generan relativamente poco empleo directo. Del otro lado quedan la industria manufacturera, la construcción y el comercio, que explican el grueso del trabajo formal y siguen presionados por un mercado interno que no despega.

Los números del último mes le pusieron cifras a esa brecha. El EMAE cayó 2,9% mensual en julio, el peor registro desde el confinamiento de la pandemia, en abril de 2020. Tras conocerse el dato, JP Morgan recortó de 2,7% a 1,5% su proyección de crecimiento argentino para 2026. También anticipó una contracción en el tercer trimestre que, de confirmarse, configuraría una recesión técnica. Lo más elocuente del informe está en la proyección para 2027: exportaciones creciendo 11% y consumo privado apenas 0,4%. Difícilmente pueda encontrarse una descripción más precisa del contraste que expresa una Argentina comparable con una Bélgica exportadora que acelera y una India del consumo que se empobrece y se estanca.

Nada menos que el JP Morgan, uno de los bancos más optimistas de Wall Street respecto del programa de Milei, admite ahora que el impulso del agro, la energía y la minería no derrama con la velocidad suficiente hacia los rubros que dependen del ingreso de los hogares. La Belindia de La Libertad Avanza.

En ese contexto debe leerse la intervención de Bullrich. La senadora no cuestionó el rumbo: defendió el orden fiscal y advirtió contra, lo que interpreta como cualquier vuelta atrás de la Argentina. Incluso, volvió a pedir la reelección para el “proyecto”, sin mencionar a Milei. Pero reclamó que los regímenes de estabilidad fiscal que hoy benefician a sectores puntuales se extiendan al conjunto de la economía. También pidió bajar el costo argentino y ampliar la participación de proveedores locales en los grandes proyectos.

En otras palabras, Bullrich pidió que la Bélgica de los enclaves pujantes y de la economía exportadora, derrame sus ganancias en la India que presenta un amplio sector de su sociedad en graves problemas. Con mucha astucia, ante la prensa, la senadora aclaró que su postura no refleja un distanciamiento, a la vez que se presentó como portavoz de trabajadores, pymes y comercios que atraviesan una dura situación. Los CEOs de IDEA la aplaudieron como a ningún otro orador en Mar del Plata, y no faltó quien la imaginara como la candidata del mismo modelo del Gobierno pero sin los exabruptos del Presidente. Un mileísmo sin Milei. 

El desafío de Milei consiste en en evitar que la
Argentina cristalice como una nueva fábula de Bacha. 

No solo en el círculo rojo se empiezan a encender esas alamas. En la calle también se registra el fenómeno. El último informe Social Mood de la consultora Moiguer lleva un título muy elocuente, que condensa el clima de época: “Argentina mejora, yo no”. Por primera vez desde el inicio de la gestión libertaria, las expectativas negativas (41%) superan a las positivas (38%). Durante dos años, buena parte de la sociedad toleró el deterioro del presente a cambio de la promesa futura de que la mejora macroeconómica llegaría al bolsillo. Esa paciencia parece haberse roto. Y el título del informe recoge la definición más potente del focus group. La pobreza del primer semestre, que llegó al 32,3%, también ayuda a entender por qué se recienten las esperanzas que había generado la reforma económica de Milei. También lo explica la distancia entre la canasta básica, que subió 19,6% respecto del cierre de 2025, y el ingreso familiar, que creció 11,5%.

La teoría del desarrollo latinoamericana tiene un nombre para este dilema. A comienzos de los años setenta, Aníbal Pinto habló desde la CEPAL de heterogeneidad estructural. Con ese concepto describió la coexistencia, dentro de una misma economía, de sectores de productividad internacional vertiginosos con otros rezagados, sin que el progreso de los primeros se difunda hacia los segundos. Albert Hirschman ya lo había planteado hace casi setenta años, en La estrategia del desarrollo económico: lo decisivo para el desarrollo, explicó no representa saber cuánto crece un sector, sino cuántas otras actividades pone en movimiento. Para eso propuso la noción de encadenamientos. Hacia atrás, cuando una industria demanda insumos que estimulan la aparición de proveedores locales, y hacia adelante, cuando su producción se convierte en materia prima de otras actividades. Una acería tracciona la minería del hierro, el transporte y la energía, y a la vez abastece a la metalmecánica, la construcción y la industria automotriz. El crecimiento, en esa lógica, no es una cifra agregada sino una red de decisiones de inversión que se inducen unas a otras.

La consecuencia incómoda de ese razonamiento es que no todos los sectores representan lo mismo, aunque exhiban tasas de expansión importantes. De ahí la desconfianza hacia los enclaves exportadores: actividades capaces de producir divisas en abundancia, con tecnología importada y escasa articulación con el tejido productivo local, que pueden crecer durante años sin transformar la economía que las aloja. El desafío de Milei consiste en evitar que la Argentina se cristalice como una nueva fábula de Bacha.