El periodismo y su rol en la desconexión democrática
En democracia todos tenemos cierta responsabilidad sobre lo que les pasa a los demás. Si bien ostentamos un nanopoder difuso, esa miga de influencia se suma a millones generando presión en un sentido u en otro.
Por su parte, el periodista tiene un poco más de influencia y su habilidad profesional consiste en gestionarla.
Ante democracias estresadas por un profundo malestar y donde muchos buscan liderazgos fuertes, esa influencia periodística puede defender la democracia o erosionarla.
Como colectivo, ser periodista es integrar una profesión democrática, que es aquella que depende de un racimo de libertades para poder desarrollarse. Otras profesiones, como ser ingeniero o biólogo, son menos dependientes del contexto político. El periodismo, en cambio, sólo puede desplegarse en democracia.
Por eso, el primer requisito de un periodista es la defensa de la democracia, dado que es el marco que le permite desarrollarse.
Pero hay sectores periodísticos que viven una situación angustiante, y eso la puede convertir en una profesión vencida, es decir, un ámbito donde los profesionales trabajan a diario sin esperanza de acercarse al ideal de la profesión.
EL TRIÁNGULO DE HIERRO
En el exhaustivo estudio mundial de Variedades de Democracia se analizan 44 países en proceso de autocratización en los que la línea roja es despreciar a las instituciones electorales, judiciales y legislativas. Ese triángulo de hierro –que es el contrapeso fundamental para el autoritarismo– sólo puede tener su autonomía defendida si existe un espacio cívico con márgenes de libertad donde, sobre todo, haya islas de calidad periodística.
Por eso, jueces, legisladores y funcionarios electorales tienen que ser muy sensibles a los retrocesos de la libertad de expresión, porque la restricción de la autonomía periodística suele ser la señal de largada de la autocratización que luego irá contra ellos.
En ese contexto, el periodismo trabaja para evitar la desconexión democrática de la población: defiende a las instituciones desacoplando la crítica a las personas que las ocupan de la crítica a la institución.
Entonces, nuestro fracaso es cuando la mayoría de la población percibe negativamente la existencia de las instituciones electorales, legislativas y judiciales. Si ese corazón del sistema tiene un vínculo débil con la ciudadanía, tenemos una democracia muy disponible para la autocratización.
Es ahí cuando el autoritarismo toma una nueva colina: si logran la desconexión de la gente con una institución democrática. Así desarticulan la cadena de rendición de cuentas que la Constitución protege.
Las maniobras actuales en la designación de jueces o el asedio a la Oficina de Presupuesto del Congreso son indicios graves.
DESCONEXIÓN MORAL
A la desconexión democrática se llega a través de narrativas de desconexión moral. Esta consiste en ensanchar las grietas entre los distintos grupos, reducir la inclusividad de la palabra “pueblo”, señalar colectivos sociales como enemigos internos, y promover discursos odiosos.
La autocratización es un proceso social cognitivo que tiene consecuencias institucionales, como la normalización del autoritarismo.
En última instancia, si se apoyan situaciones autoritarias quiere decir que sectores sociales son perpetradores de daño a otros sectores sociales.
Ilustremos con un ejemplo extremo. Adolf Hitler llegó al poder junto a Alfred Hugenberg, líder de un partido nacionalista que además era un magnate de medios que imprimía la mitad de los diarios que se vendían en el país. En su libro reciente,
Sindrome 1933, el periodista Sigmund Ginzberg escribió que “la prensa de Hugenberg había sido la principal responsable del clima de opinión, de la histeria xenofoba, antisemita y antibolchevique”; y que “durante toda una década había apoyado las campañas de odio y denigración contra la izquierda, los inmigrantes, los judíos”.
Las narrativas impulsadas por el periodismo de Hugenberg, junto con otras usinas menos poderosas, contribuyeron a que sectores sociales se enfrenten entre sí en un proceso de desconexión moral.
¿Cómo es que personas que son compasivas y humanas en su vida cotidiana se desconectan moralmente de opiniones y actos propios que perjudican a grandes colectivos?
Eso lo estudió el psicólogo canadiense Albert Bandura, quien cita a Voltaire: “Quien tenga el poder de hacerte creer absurdos, puede hacerte cometer atrocidades”.
Según Bandura, para consolidar esas poderosas y odiosas corrientes de opinión y que eso no genere culpa a las personas que las promueven, existen tres mecanismos, los que –como ocurrió con Hugenberg– son generados o a veces amplificados por medios de comunicación.
1. La acción negativa se presenta como positiva. El avasallamiento institucional se justifica moral y socialmente. Es la democracia real contra la formal, argumentación que los extremistas de izquierda y derecha coinciden en remar juntos. Se presentan las alternativas y la expresión habitual es: “los otros han hecho cosas peores”.
2. Se minimiza el rol que uno tiene en ese acto. Se desplaza la responsabilidad hacia otras personas, o se diluye entre muchas personas, y se distorsionan las consecuencias que esas ideas o actos tienen sobre ese colectivo.
Además se suele bloquear la visibilidad del sufrimiento que se provoca, se encubre el daño. Acá es importante el “no quiero saber, no me cuentes”.
3. Se define una visión deshumanizante de a quién se está perjudicando, y se les transfiere la culpa. La frase de cabecera acá es: “no son como nosotros”.
Estos mecanismos los usamos en forma permanente, para neutralizar el impacto sobre nuestra conciencia de opiniones y actos que pueden generar un daño colectivo.
PODER DE HUMANIZACIÓN
A menudo, las instituciones democráticas claves tienen una performance débil.
Por eso, es decisivo que los periodistas vigilen esas instituciones para que estas sigan teniendo vínculos fuertes con la ciudadanía. En esencia, los líderes autoritarios siempre van a existir, lo que hay que tratar de evitar es que sean populares.
Por último, Bandura también habla del poder de humanización, que consiste en restituir cualidades humanas a los otros, rostro, emociones, historias, que contribuyen a la conexión entre los distintos sectores sociales. Además, una cobertura más humana es también siempre más realista.
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