Cuando en 2022 Lula derrotó a Bolsonaro, Itamaraty, la prestigiosa cancillería brasileña, resumió en la frase “Brasil volvió al mundo” la recuperación del sesgo multilateral que había abandonado Bolsonaro con sus relaciones internacionales alineadas con los Estados Unidos durante la primera presidencia de Donald Trump similares a la actual de Milei.

Hace dos semanas, Brasil, con la reelección de Lula, volvió a renovar la resistencia a ese alineamiento al Estados Unidos ahora de la segunda presidencia de Donald Trump dando una bocanada de aire fresco sobre Latinoamérica. Pero lo más importante es el regreso del propio Estados Unidos al mundo que significó la apoteótica derrota de los candidatos de Donald Trump en las elecciones de medio término este último martes.

Y por la importancia de Estados Unidos, siendo la primera república democrática e inspiradora de todas las demás, se podría decir que el regreso de los Estados Unidos al mundo es en alguna medida el regreso de un mundo que parecía perdido. No solo Estados Unidos representa la quintaesencia de la democracia sino también de la libertad de prensa. La frase de Thomas Jefferson, tercer presidente de los Estados Unidos, diciendo “prefiero tener prensa sin gobierno que gobierno sin prensa”.

El periodismo “perro guardián”, “cuarto poder”, “primera página de la historia”, “auxiliar de la Justicia”, “defensor de la división de poderes”, y otros lugares comunes con que fue bautizado, es hijo moderno del Watergate. Y era realmente deprimente ver a Estados Unidos convertido en aquello que Donald Trump pudiera ser su significante y a sus medios de comunicación transformados en X de Elon Musk o Instagram de Mark Zuckerberg.

El regreso de los Estados Unidos al mundo es en alguna medida el regreso de un mundo que parecía perdido

Confieso que en la segunda presidencia de Trump ya con Milei y la llegada del embajador Peter Lamelas, no quise viajar más a Estados Unidos ni renovar mi visa al vencer siendo que Editorial Perfil publica Buenos Aires Times por pedido de la Amcham, la  Cámara de Comercio de los Estados Unidos en Argentina , y todos los embajadores de Estados Unidos participaron de almuerzos del Consejo de Asesores de Perfil.

No quería experimentar presencialmente el dolor de que ya no existiera el Estados Unidos que me había guiado durante la resistencia a la dictadura militar con su política de derechos humanos y protección al periodismo independiente a partir del triunfo de Jimmy Carter el 2 de noviembre de 1976, justo el día que terminábamos la primera edición de la primera publicación de Editorial Perfil: La Semana, publicada el 3 de noviembre, cumpliendo medio siglo de vida.

La embajada norteamericana salvó mi vida en 1979,  cuando estuve desaparecido en El Olimpo , presionando a la dictadura por mi liberación al mismo momento que reclamaba y logró que se le permitiera al fundador del diario La Opinión, Jacobo Timerman, dejar el país y su prisión domiciliaria. También Estados Unidos me permitió residir el último año de la dictadura militar, cuando nuevamente fue ordenado mi arresto y esa vez pude escapar gracias al asilo diplomático. Tengo hijo y nietos norteamericanos, por lo que me dolía doblemente.

Comparto pocas cosas con Cristina Kirchner, pero este miércoles fue también para mí una “bella mañana”, frase que acuñó audiovisualmente el columnista de PERFIL desde la fundación Nelson Castro. Pero lo más inspirador no fue solo el categórico resultado, sino los argumentos de campaña que llevaron a él sintetizados en una frase del discurso de la victoria del senador por Texas James Talarico: “Las personas trans representan el 1% de la población. Los musulmanes representan el 1% de la población. Los inmigrantes indocumentados representan el 1% de la población. Estamos concentrándonos en el 1% equivocado. La única minoría que está destruyendo Estados Unidos es la de los multimillonarios. Las guerras culturales son una cortina de humo. No quieren que reconozcamos que el 99% de nosotros tenemos mucho más en común entre nosotros que con ellos”.

Por fin se desarmaba el desplazamiento hacia otros responsables del malestar que atraviesa a todas las sociedades occidentales en parte gracias a la manipulación en las redes sociales. La primera resistencia mundial en el Occupy Wall Street del 2011 fue al verdadero problema, que  es la captura de dos tercios de todo el crecimiento de la renta mundial anual en manos de 1% más rico que se viene produciendo sistemáticamente a lo largo de todo este siglo como consecuencia del derrumbe a fines de siglo pasado de las competencias de las economías planificadas de la ex URSS y China comunistas. Problema que se expuso académicamente dos años después –en 2013– con la publicación del libro El capital del siglo XXI del economista francés Thomas Piketty.

Thatcher, Pinochet y la admiración de Milei 

Todo comenzó a fines del siglo pasado con TINA, la célebre frase de Margaret Thatcher “There is no alternative”,  que expresaba la convicción de que las privatizaciones, la competencia y la primacía del mercado constituían el rumbo económico inmodificable al que la política debía adaptarse como a una realidad.

No es casual que Margaret Thatcher sea admirada por Javier Milei  y ella haya sido quien importó el modelo chileno de Friedrich von Hayek en la época de dictadura de nuestro vecino, como tampoco lo son los elogios recientes de Milei a Pinochet, quien hizo el primer experimento “austríaco” en gran escala.

Es interesante situar en la época la concatenación de acontecimientos, Mayo francés de 1968,  Woodstock de 1969, Watergate de 1972 y golpe militar de Pinochet de 1973. Corsi y recorsi. Sin Watergate no habría existido la presidencia de Carter en 1977 y sin ella, el derrumbe de las gobiernos militares en Sudamérica.

Mayo francés y Woodstock son dos manifestaciones de un mismo cambio de subjetividad. En Francia se levantaban barricadas contra la autoridad mientras que en Woodstock lo que se levantaba era una comunidad imaginaria contra las convenciones. Mientras los primeros promovían transformar las estructuras para liberar al individuo, los segundos, liberar al individuo para transformar la sociedad. Pero ambos coincidían en que un futuro más libre, más igualitario y más solidario era posible. Sin embargo la revolución cultural logró transformar las costumbres mucho más profundamente de lo que la revolución política pudo transformar las relaciones económicas.

Medio siglo después ni el Mayo francés no produjo la revolución socialista ni Woodstock una sociedad organizada alrededor del amor y la paz. El capitalismo no solo sobrevivió a sus críticos: aprendió a venderles la libertad que reclamaban. Ahora aquella expresión en la que todavía parecía posible que la libertad individual y la igualdad colectiva avanzaran juntas parece estar volviendo a golpear las puertas del presente. Sobre estos mismos temas recomiendo el reportaje del programa de +perfil a Cristina Monge,  profesora de Ciencia Política en la Universidad Complutense de Madrid y autora del libro Contra el descontento en bit.ly/contra-el-descontento.

Siendo Estados Unidos el agente principal de progreso y retroceso, el vehículo de Occidente y en gran medida de la globalización donde se evidencian, procesan y digieren estos cambios, cobra valor que en estas elecciones el protagonista fuera el regreso de la cuestión distributiva al centro del debate tras cuatro décadas donde la discusión económica estuvo dominada por la idea de que no existía una alternativa viable al capitalismo libre de cualquier regulación.

El capitalismo no solo sobrevivió a sus críticos: aprendió a venderles la libertad que reclamaban.

El afiche que acompaña esta columna de “El mundo contra el 1%” cuestiona la distribución de la riqueza dentro del capitalismo y no la existencia del capitalismo. Discute con el axioma thatcheriano de la inevitabilidad de la desigualdad creciente porque el rendimiento del capital supera persistentemente el crecimiento de la economía (r>g). La distribución no es un resultado  inmodificable del mercado porque depende también de decisiones institucionales, políticas, de los sistemas tributarios y las relaciones de poder.

El 99% no es un conjunto uniforme como la clase obrera de Marx, son muy diferentes componentes de clases sociales pero tienen a la concentración del patrimonio como adversario común.  Y, como dijo James Talarico, no es el 1% que la “batalla cultural” quiso vendernos. En Estados Unidos el 1% trans, inmigrante indocumentado o musulmán; en la Argentina el 1% de la casta a la que se refiere Milei en su hábil transfiguración metonímica.

En nuestro país hay 16.500 cargos electivos nacionales, provinciales y municipales, alrededor de 11.500 funcionarios políticos nacionales incluidos gabinetes y asesores, más alrededor de 47.500 provinciales y de CABA, y otros 50.000 municipales. En el total de todos los Estados, alrededor de 125.500. Y en sindicatos, federaciones y centrales obreras, alrededor de 25.000, en organizaciones civiles, fundaciones, asociaciones y ONG alrededor de 60.000, en cámaras empresarias, colegios profesionales, alrededor de 25.500, en universidades y conducción académica, alrededor de 13.000, en organismos de control y autoridades institucionales, alrededor de 5.500, sumados finalmente a las elites de medios: propietarios, directores, editores y principales comunicadores, otros alrededor de 5.500. Un total, siendo generosos, de 260.000, equivalente al 0,5% de los 47 millones de argentinos de los cuales apenas una muy pequeñísima fracción corresponde al 1% más rico.

* * *

Hasta el Papa que hoy nos visita es estadounidense. Algo habrá tenido que ver con su elección al frente del Vaticano y quizás algo haya tenido que ver él mismo en el resultado del martes en su país.