Fin de fiesta
1. Un taradito de esos que ahora se llaman influencers se va a Mar del Plata en bicicleta. La nota que lo cuenta subraya las “muchas situaciones” de su perpecia: parar en el medio de la ruta, comer en una estación de servicio, encontrar un lugar al costado del camino para descansar unas horas... La nota es más idiota que su tema. La “proeza” ya había sido realizada previamente por tres amigos de Lomas de Zamora, que además no pararon a dormir e hicieron el viaje de un tirón. El influencer tardó cuatro días. Y sus aventuras coinciden un ciento por ciento con la de cualquier viajero. Que lea Los cuentos de Canterbury y que vuelva en marzo.
2. Muchos de quienes leyeron la reciente peripecia de Lío, nuestro gato, o escucharon las versiones orales previas a su refundición (incluida mi mamá), preguntaron cómo podía estar seguro de que el gato asesinado era un vagabundo y no Lío, si tan iguales eran. Esa fantasía, que no me desagrada del todo, desdeña la diferencia de color en el pelaje pero, además, supone que el gato vagabundo se las ingenió para convencer a las perras para que mataran al legítimo integrante de la manada y, luego, pudo sostener la impostura de que él era Lío (con sus caracteres personales e incluso sus desórdenes alimentarios). Mi protesta de que esa línea narrativa estaba condenada al fracaso fue recibida con estupor, lo que volvió a demostrar (más allá de la política, que dice todo el tiempo lo mismo y no queremos o no podemos hacernos cargo) que no hay círculo de realidad que no esté dominado hoy por la demencia.
3. A Julio Iglesias lo traicionó la doble negación. Dijo: “Niego haber abusado de ninguna mujer”. O sea que abusó de alguna. ¡Lingüística forense ya! Un perito lingüístico no se le niega a nadie.
4. Cambiamos el histórico portón por uno nuevo, alto, ciego y corredizo. Las perras se desconcertaron y entraron en depresión: habíamos destruido su razón de ser. Antes, ladraban a todo lo que pasara por la calle: niños, carros, caballos, motos. Ahora no ven nada salvo lo que pueden adivinar a través del ligustro. Casi no ladran. Se quedan tendidas a nuestro alrededor, recordando sus antiguas correrías alrededor de los límites del terreno. Las hemos jubilado prematuramente.
5. Un amigo nos hizo una generosa invitación: nos cede gratuitamente su casa y su auto en el Caribe norteamericano. Los pasajes salen baratísimos. Aceptamos la oferta a ciegas. Días después, comienzan las advertencias: ataques de tiburones en las playas donde se hace snorkel (me da igual, porque no lo practico), las bases navales de los Estados Unidos, con una avidez de sangre venezolana probada en las últimas semanas (le pido que me averigüe a qué bar van los marines, ávido de una experiencia del tipo Reto al destino) y, sobre todo, el hecho de que la isla no ofrece NADA para hacer (leeré su biblioteca entera). Si acaso nos aburriéramos, estamos muy cerca de Vieques y de San Juan, donde tenemos lazos que todavía duran.
6. La ranita célibe me indica el horario del whisky vespertino. La llamamos así porque su croar es solitario y desesperado: es un llamado a la reproducción que nadie contesta. No sabemos dónde vive (pero creemos que en un cantero elevado, por la fuente sonora del croar, que se interrumpe en cuanto nos acercamos). Hace un par de décadas, el concierto de ranas y el espectáculo de luces de las lucciole eran cotidianos. Luego, el corte sistemático y semanal de pasto alejó a los batracios (que hacen sus cuevitas en la tierra) y la mutación antropológica apagó las bioluminscencias. Entre las muchas cosas que le envidiamos a Liliana, una vecina que tiene casa a dos puentes de la nuestra, hay que mencionar que ella todavía disfruta de la danza erótica de las luciérnagas en su jardín que, por descuidado, es todavía un ecosistema completo (vive en sus fondos hasta un lagarto overo de gran tamaño). Eso sí, como no riega, no tiene ranitas. Así que cuidamos la nuestra (y le conseguiríamos pareja si supiéramos cómo) para compensar un poco.
7. Supongo que ya no volveremos a Mar del Plata hasta marzo, si acaso. Y supongo que las vacaciones de verdad ya se terminan. En todo caso, nuestro último día coincidió con la visita del Sr. Milei, de la cual se enteraron pocas personas. De hecho, la misma noche de su caravana por la calle Güemes estuvimos circulando, sin ningún trastorno, por la calle paralela. Las laterales estaban todas cortadas y custodiadas por fuerzas de seguridad, preparadas para rechazar una invasión extraterrestre (que tampoco se produjo). Lejos de los millones de seguidores alucinados por los partidarios del paladín de la derecha rancia, el centro de Mar del Plata se abstuvo de caer en la demencia política. Fue un lunes más, sin penas ni glorias.
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