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obediencias

Buenos muchachos

Los buenos modales del gánster han sido ya tan claramente codificados en la literatura, el cine, las series, que es posible que, apenas aparecen, ya en un primer golpe de vista, podamos reconocerlos. La sonrisa afable, la palmada cordial, el gesto afectuoso, la sonrisa franca le son perfectamente naturales, no precisa impostarlos, no los actúa. La broma de ocasión puede estar algo cargada de acidez, es cierto, pero el interlocutor tiende a admitirla; el galanteo de rigor ante una dama que lo amerite puede teñirse de incordio o de asedio, pero suele recibirse con talante acorde. El gánster es paternal, muy proclive a dar consejos, se permite hasta ternuras.

La parte criminal del asunto, la del tiro en la nuca o en una rodilla, la del secuestro extorsivo o el asesinato por aleccionamiento, la del dominio territorial por la fuerza para aceitar la prosperidad de los negocios no es la contracara de los buenos modales del gánster: se entrelazan apretadamente con ellos. No ocurre como disyuntiva excluyente, la de una cosa o la otra; cuando el gánster advierte amenazante: “Por las buenas o por las malas”, es porque las malas anidan ya en las buenas. El apriete de rigor no es lo que vendrá después de la sonrisa y la palmada: la sonrisa y la palmada son ya parte del apriete.

La jurisdicción territorial del gansterismo puede abarcar tal o cual barrio, disputado y ganado a algunos otros; o extenderse eventualmente hasta cubrir una ciudad entera (y entonces esa ciudad será comparada con Chicago, o será directamente Chicago). ¿Qué podría llegar a pasar si esa lógica específica, la del gansterismo, se ampliara eventualmente hacia una dimensión mucho mayor y su radio de incidencia aumentara por ende también? ¿Qué podría llegar a pasar si se ampliara, por ejemplo, a una primera potencia mundial, y con eso, por necesidad, al mundo entero?

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¿Qué pasaría? Lo que pasa: que el infeliz que sufre el apriete es Volodimir Zelenski, que el chichoneo de ocasión es con Giorgia Meloni, que el objeto de mofa es Emmanuel Macron, que las maniobras de un secuestro vulneran las fronteras de un país, que el espacio disputado es Groenlandia entera, que el negocio inmobiliario se proyecta sobre las ruinas humeantes de Gaza. ¡A revisar cada cual las cartas con las que puede o no puede jugar! ¡Y a fijarse mejor a quién le conceden los premios, si prefieren la paz antes que la guerra!

Un gánster puede llegar a tener, entre los suyos, a un matón favorito o predilecto. Y hay que ver a ese matoncito, esmerándose por darle el gusto al patrón. Se pliega, lo imita, se somete; se ejercita en asperezas y destratos, para combinarlos miserablemente con su absoluta docilidad en presencia del que manda. Se endurece y al mismo tiempo se ablanda, porque busca de reojo su inmediata aprobación. Si hay mascotas de por medio, no se distingue demasiado de ellas. Ladra y muerde, rabioso y arisco; pero si el amo le tira un palo a lo lejos, corre obediente a buscarlo, lo trae solícito, lo entrega entre jadeos.