Final de partida. Elites, contraelites y el camino a la desintegración política (título en español de End Times) es un libro de Peter Turchin, líder de Proyecto en el Complexity Science Hub de Viena e investigador asociado en la Escuela de Antropología de la Universidad de Oxford, además de profesor emérito de la Universidad de Connecticut en cuatro departamentos: Ecología, Biología Evolutiva, Antropología y Matemáticas.
Turchin, que nació en Rusia y vive en Estados Unidos desde 1977, cuando su padre se exilió de la ex-URSS, es uno de los fundadores de la cliodinámica, la disciplina científica que combina macrosociología histórica, cliometría y modelización matemática de los procesos sociales, que permite “explicar por qué las sociedades entran en crisis, por qué se fragmentan políticamente y cómo esos procesos tienen patrones recurrentes a lo largo de la historia”, además de predecirlo: ya en 2010 pronosticó para 2020 el pico de malestar social en Occidente.
Turchin, como Hegel, Marx, Pareto o Robert Michels, piensa que la historia no es “una sucesión aleatoria de hechos, sino un sistema dinámico que puede modelarse con datos y teorías científicas para revelar ciclos más amplios de estabilidad y desintegración social”.
Se diferencia de Hegel en su perspectiva teológica sobre el progreso y la resolución histórica de los conflictos. Se diferencia de Marx porque no cree que el motor de la historia sea el conflicto de clases: capital versus trabajo, o que el colapso surge cuando la explotación se vuelve intolerable, ni que la infraestructura (economía) determina la superestructura (cultura).
Para Turchin no existe final feliz garantizado con ciclos de redención poscolapso (síntesis). Para él la economía importa pero como variable “que desordena alianzas, no como causa última. El motor de la crisis es siempre el conflicto intraélites y como resultado de la sobreproducción” de ellas. Pocas veces las masas inician los procesos disruptivos y la mayoría de las veces son movilizadas por las élites (“la lucha de clases se vuelve políticamente efectiva solo cuando una fracción de élite la organiza”).
No hay “pueblo unido”, hay pueblo instrumentalizado. La masa es solo una variable de presión y es activada o desactiva según la disputa en las élites porque los sectores populares no lideran el sistema. Por eso se producen ciclos de movilización intensa, desmovilización y frustración.
Concretamente: “Puede haber miseria sin revolución” y “no hay revolución sin élites desplazadas, resentidas o excluidas” (¿nuestro 2001? o ¿2008: la guerra con el campo?). Marx habría subestimado el conflicto de intereses dentro de facciones, el rol del prestigio y la competencia por estatus. Marx explica más la injusticia mientras que Turchin explica más la inestabilidad.
Y Turchin tiene más semejanzas con Pareto y con Michels en la genealogía de lo real. Para Pareto, quien gobierna es siempre una minoría, su perspectiva siempre es antimoralista, escéptica y aristocrática. Para él raramente el conflicto sea pueblo-élites sino nuevas élites que desplazan a viejas élites, y el colapso se produce cuando la última pierde peso y es reemplazada. Hay sobreproducción de élites, más aspirantes que sillas. Pareto divide a las élites entre zorros (astucia) y leones (fuerza); cuando hay más zorros el sistema se hace blando y surge la alternativa más dura con la llegada de leones (¿un calco de Massa y Milei 2023?).
Para Pareto el pueblo es “escenografía”, es manipulado por las élites y nunca gobierna; la ideología y hasta la moral son herramientas para justificar a posteriori los hechos, y coincide con Turchin sobre que el actor real del cambio no es el pueblo. Pero la diferencia entre ambos es que para Pareto siempre que una élite cae es porque la sustituye otra mientras que para Turchin el sistema puede romperse antes de renovarse, lo que podría estar sucediendo en esta tercera década del siglo XXI, dando lugar al “fin de la partida”.
Robert Michels es el autor de la “Ley de hierro de la oligarquía”, que repite tres principios: 1) concentrar el poder, 2) profesionalizar dirigentes, y 3) excluir las bases. Pero mientras que para Michels el conflicto es siempre latente pero nunca explosivo porque las masas siempre aceptan y delegan, quieren representación pero no autogobierno, a diferencia de las élites, que controlan la información, poseen los recursos y construyen las reglas, para Turchin frente al deterioro material pueden ser movilizadas por parte de las élites en conflicto con sus pares. Para Michels la democracia “es procedimental pero no real”, siempre termina con el 20 por ciento paretiano conduciendo al 80 restante, una forma de oligarquía, mientras que para Turchin la democracia puede funcionar en la medida en que haya crecimiento económico y parte sea redistribuida, y las élites no entren en conflicto por acumulación excesiva de aspirantes frustrados que organicen una contraélite que desarrolle un proceso de polarización y que derive en violencia con una nueva reconfiguración oligárquica reiniciando el ciclo.
La combinación de los tres concluye sosteniendo que Turchin explica cuando el encierro se vuelve explosivo; Michels, que las élites se cierran limitando el acceso a ellas, y Pareto, que siempre gobierna una minoría.
El diagnóstico sería que en el siglo XX las guerras “absorbían” el excedente de población mundial mientras que en siglo XXI los egresados universitarios van camino a ser mayoría frente a pocos espacios en el poder para satisfacer las múltiples expectativas de estatus. En el siglo XX, la expansión industrial aumentaba el rendimiento del capital humano y en el siglo XXI la automatización, la concentración de la información, hoy algoritmos, en el tope de la pirámide, eliminan la necesidad de mandos medios potenciado esto ahora por la inteligencia artificial.
Si el trabajo pierde prestigio mientras el sistema forma aspirantes que al mismo tiempo no deja entrar, el conflicto se escalará, la moral reemplazará al éxito, la identidad al ascenso social: pertenencia estática versus dinámica, y la crisis se hará crónica pero no terminaría en una revolución clásica sino en estallidos episódicos y cortos que, en lugar de reemplazo del sistema, permiten que surja el ingreso de outsiders que mantienen la estructura recibida.
Corolario: el populismo no es causa, sino síntoma; la polarización no es cultural, sino estructural.
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Continúa mañana: “Final de la partida (II)”. Oxfam y su informe “Contra el imperio de los más ricos”.