Generación pastilla
Según el último relevamiento publicado por la Encuesta Nacional sobre Consumos y Prácticas de Cuidado (Encoprac) en 2022, 7 de cada 100 argentinos que viven en centros urbanos consumen psicofármacos, en su mayoría tranquilizantes. Desde la pandemia, ese consumo creció a un ritmo hasta cuatro veces mayor que el del resto de los medicamentos, de acuerdo con la Confederación Argentina Farmacéutica (COFA).
A su vez, distintos relevamientos internacionales coinciden en que el crecimiento está especialmente marcado entre adolescentes. La pregunta que aparece no es solo clínica, sino social: ¿estamos frente a una juventud más enferma o ante una sociedad que perdió la paciencia (o la capacidad) para escuchar y encontró en la receta una solución rápida?
No estoy en contra de la medicación psiquiátrica, en muchos casos es necesaria, incluso imprescindible, y la supuesta pelea entre psicoterapia y psicofármacos es más ideológica que clínica porque, en la práctica, suelen trabajar juntos. Hay síntomas –ansiedad extrema, insomnio persistente, impulsividad severa– que hacen imposible cualquier proceso terapéutico si no se los atenúa primero con medicación. El problema aparece cuando los psicofármacos dejan de ser una herramienta específica para cada caso y se convierten en la respuesta principal, reemplazando al proceso que nos permite comprender qué está mostrando el síntoma. Por eso, considero muy importante que podamos revisar cómo estamos respondiendo a los diagnósticos clínicos.
Hoy es habitual anteponer el “¿para qué?” a casi toda acción: ¿para qué esforzarme si me voy a morir?, ¿para qué trabajar si nunca voy a tener mi casa? Durante siglos la figura de Dios, la Patria o la Familia –discutibles, pero eficaces– ordenaron la vida e hicieron que el esfuerzo merezca la pena. Pero estos relatos trascendentes se fueron erosionando, dejando a su paso un vacío en el sentido.
Ese vacío de sentido no es neutro ya que nos genera angustia y desmotivación. A esto se suma una lógica que se repite tanto en el ámbito de la salud como en la educación: todo lo que incomoda o desborda termina siendo desplazado. En el sistema educativo, la llamada “educación especial” suele alojar aquello que el sistema general no sabe (o no quiere) procesar. El psicopedagogo Ricardo Baquero dice que cuando un estudiante no aprende como se espera, el problema rara vez se formula en términos de fallas estructurales del sistema; se lo localiza en el niño, preservando al sistema de cualquier revisión.
En el ámbito de la salud mental ocurre algo similar, donde los diagnósticos y la medicación corren el riesgo de ofrecer respuestas rápidas y estandarizadas frente a experiencias particulares, aplicando categorías generales allí donde se necesita una lectura singular. Tristeza no es depresión, no todo malestar necesita antidepresivos ni todo duelo es patológico, y tampoco todo adolescente angustiado está enfermo. Sin embargo, en sistemas saturados, con poco tiempo y muchos pacientes, la respuesta rápida suele ser una receta.
En la sanidad pública, la psicoterapia es un bien escaso. Turnos lejanos y pocos equipos interdisciplinarios hacen que la medicación aparezca como la forma más accesible de “contener”. El problema es que contener no siempre es escuchar.
Todo esto se vuelve especialmente delicado en la adolescencia, una etapa conflictiva por definición. Es esperable que un adolescente cuestione y se diferencie, pero hoy muchos se encuentran con un mundo adulto sin respuestas claras, sin causas contra las cuales rebelarse. Y no hay nada más angustiante que querer pelear con alguien que no pelea.
En ese contexto, la pregunta inevitable es si medicamos para aliviar el sufrimiento o para volverlo manejable. La llamada “generación pastilla” no es solo un problema clínico. Es un espejo que devuelve una imagen de la sociedad que preferiríamos no mirar, pero que urge enfrentar.
*Psicoanalista.
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