Hallazgo en una plaza de Alemania
La semana pasada estuve en Frankfurt, Alemania. Al día siguiente de llegar tenía una cena, a mitad de camino entre la obligación laboral y el compromiso social, en un barrio bastante alejado de mi hotel, llamado Sachsenhausen. Imposibilitado, por evidentes razones económicas, de tomar un taxi, me dirigí hacia allí en el Tranway 11, que me dejaba a unas cuadras, del otro lado del río. Hombre previsor como soy, decidí salir con tiempo, en caso de que me perdiese. Nada de eso ocurrió y, por decirlo en pocas palabras, se me fue la mano y llegué demasiado temprano: una hora antes. Así que, cerca del restaurante reparé en que había una plaza, y como la nochecita era la de un otoño benigno, decidí hacer tiempo allí.
Al llegar a la plaza descubrí que era más grande de lo que pensaba, y que funcionaba también una escuela de fútbol. Pues, me dispuse a ver el entrenamiento de unos pibes que tendrían unos diez años. Primero realizaron un trabajo técnico de control de pelota, y si era posible de control orientado. Los entrenadores, que eran tres, les tiraban la pelota –a veces al pie, a veces al pecho, a veces a media altura– y los pibes, que recibían de espaldas al arco rival o de costado, tenían que pararla, girar y encarar lo más rápido posible. Ese trabajo duró unos 20 minutos y, a medida que pasaba el tiempo, los pases que mandaban los entrenadores eran más fuertes y más rápidos, haciendo más difíciles los controles precisos. Por momentos tenía la impresión de no estar viendo un entrenamiento de fútbol sino una cadena de montaje. Después, vino un cortísimo trabajo regenerativo y se armó un partido. A los dos minutos, un pibe gambeteó a otro, y el entrenador paró el partido. No hablo alemán, pero, por los gestos, entendí perfectamente el entrenador le decía que tenía un compañero libre, que en lugar de gambetear debía haber dado el pase. Y volvió la jugada atrás: puso a los jugadores en el lugar exacto en el que estaban cuando paró el partido, y el pibe, en vez de gambetear, le dio un pase a uno que estaba de extremo, para que después tirara un centro (por cierto: vino un rebote y luego la jugada terminó en gol).
El entrenamiento me recordó el porqué de la larga racha entre 2006 y 2018 en la que sólo salieron campeones de mundo equipos europeos (y habiendo jugado siempre las finales entre ellos, salvo una vez, cuando llegó la Argentina que perdió precisamente contra Alemania en 2014). Al trabajo en equipo y la mentalidad, el fútbol alemán, y el europeo en general, le agregó un trabajo de calidad técnica propio del fútbol brasileño o argentino. Es cierto: en 2022 Messi y los suyos cortaron esa racha. Pero ese entrenamiento en una plaza nocturna entre pibes chiquitos ya mostraba el carácter táctico y técnico del fútbol alemán. El fútbol holandés tiene el espíritu de equipo del alemán, pero con más champagne. Una vez Guardiola, heredero directo de la escuela holandesa, dijo que su gol ideal era uno en el que la tocaran los 11 jugadores. Nuestro gol ideal es del de Maradona a los ingleses: el héroe individual que se gambetea a todo el equipo rival. La toca uno solo, pero en nombre de los 11.
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