El Monumental estalla: los hinchas insultan a los jugadores, hay peleas entre un sector y otro, muchos empiezan a irse del estadio y hay periodistas que entrevistan a hinchas furiosos que caminan por la Avenida Figueroa Alcorta cuando JuanFer Quintero lanza un centro que se convierte en el empate de River ante San Lorenzo. El Monumental vuelve a estallar, pero ahora los gritos son de alegría. O de desahogo. Hay penales y todo se repite en forma de hipérbole. San Lorenzo lo tiene una, dos, tres veces. Pero gana River. El final parece el de una pelea de boxeo: no una pelea real, sino esas de películas. Rocky. Cinderella Man. Toro Salvaje. Millon Dollar Baby.
Apenas se puede respirar.
Hay un clima raro. Un desasosiego que une a quienes ganaron y a quienes perdieron.
Podríamos escribir un largo rato sobre la injusticia, la falta de mérito o la imprevisibilidad que significa definir un “torneo” con cuadros de eliminación directa. De hecho, ya lo hicimos acá y ya lo hicieron un montón de otros medios y espacios, más o menos masivos, más o menos serios, más o menos futboleros. Pero de lo que poco se habló –o se escribió– es de cómo estos playoffs estimulan la histeria que de por si existe en esta sociedad ansiosa y algorítmica.
El día anterior a River-San Lorenzo, en la Bombonera, Boca y Huracán habían jugado 120 minutos asfixiantes, con dos rojas para el Globo y dos penales cometidos por Lautaro Di Lollo en menos de cinco minutos. En Liniers, la hinchada de Vélez despidió con insultos y cantitos al equipo que hace un mes brillaba y lideraba su zona. Y el miércoles, en el Gigante de Arroyito, Rosario Central le ganó a Racing también en el tiempo suplementario, cuando la Academia aguantaba con nueve jugadores tras las rojas a Maravilla Martínez y Di Cesare. Otro partido asfixiante bajo la sospecha permanente de árbitros condicionados, luego potenciado por el “nos sentimos robados” del presidente Diego Milito y más tarde con el comunicado tuttifruti de “los del interior no nos callamos más” de Ángel Di María.
Hace más de 20 años, la FIFA eliminó el gol de oro de sus competiciones porque había tenido el efecto contrario al buscado: en lugar de fomentar la audacia y el juego ofensivo, los equipos se volvieron más cautelosos y los partidos crecían en dramatismo, no por más goles, sino por miedo a perder en una jugada puntal. Por derribar en un instante lo construido durante semanas o meses. ¿Les suena? El gol de oro –o la muerte súbita– solo persistió varios años más en la liga universitaria de –oh casualidad– Estados Unidos.
Acá, en Argentina, algunos de los dirigentes que hoy avalan este formato de torneos estuvieron de acuerdo en eliminar la Promoción en 2012. El principal argumento esbozado en aquellas reuniones de Comité Ejecutivo que lideraba Julio Grondona era el de “evitar el drama” y “no estimular la violencia” de que un club descienda por una jugada puntual o por cómo le iba en un partido. La Promoción aumentaba el morbo porque encima la jugaban clubes grandes (Racing en 2008, Central en 2010, River en 2011, San Lorenzo en 2012).
Todo ese drama que aquí y allá, antes y ahora, se intenta o se intentaba evitar, en Argentina se volvió casi la normalidad de su principal competencia: nadie duda que los playoffs son atractivos, que atrapan incluso a los neutrales, pero elegir ese formato como método para todos los torneos oficiales es lo que lo vuelve un potenciador de la histeria y de la violencia.
Mata-mata, muerte súbita. En esos términos también hay un metamensaje: algo que se transmite y que llega al hincha. Un sentimiento de guerra corta, de vida o muerte que a veces supera lo meramente semántico. Por eso, jugadores, entrenadores, presidentes y fanáticos reaccionan cómo reaccionan. Porque saben que su futuro laboral o su estado de ánimo está en juego en ese rato. No hay largo plazo posible. Todo puede ser fugaz, repentino. Algo que un torneo largo de todos contra todos podría atenuar.