IA, aliada de los artistas
A mediados de los 90, en el Musée du Cinéma de Lyon, el responsable de restaurar una cámara utilizada por los hermanos Lumière, Philippe Poulet, tuvo una idea buenísima: convocar cineastas para rodar una película a la Lumière, es decir más o menos en las condiciones con las que los hermanos habían trabajado un siglo atrás. No más de 52 segundos de duración, sin sonido sincronizado, sin puesta de luces. Entre los cuarenta participantes, están Costa Gavras, Peter Greenaway, Alain Corneau, Fernando Trueba, Win Wenders, Jacques Rivette, Spike Lee y los que alcanzaron los resultados más interesantes a mi gusto, Claude Lelouch, Abbas Kiarostami y David Lynch. Además de sacar adelante un corto, todos fueron objeto de las mismas tres preguntas “¿Por qué aceptó usar la cámara Lumière? ¿Por qué filma?” y “¿Es el cine mortal?”. Entre las motivaciones que demanda la primera hay para elegir: conveniencia, fetichismo e incluso no tener nada mejor qué hacer. Sobre la mortalidad se exponen vaguedades, cosas como “el cine morirá cuando muera la humanidad” o “el cine es inmortal”. El mayor índice de claridad, y a la vez de coincidencia, surge de la segunda pregunta. Gran parte de las respuestas incluye la palabra placer, y también se habla de inevitabilidad, desafío, pasión y amor. Muchos momentos de los rodajes confirman estas afirmaciones tan cargadas de sentimiento. Con la cámara de los Lumière en mano, los directores son como nenes con un juguete nuevo, aunque se trate de un objeto muy viejo, y su disfrute deviene en el del espectador.
Son Muchos, y no se inmutan, En primavera cantan con fuerza, melódicos e insistentes
Martín Kohan, cuya columna seguramente usted haya requisado hace un momento en estas páginas, fue consultado hace un tiempo sobre el ya un poco reiterativo tema de la IA aplicada a la literatura y dio una respuesta que no por sencilla, o tal vez justamente por eso, deja de ser inapelable. Resumo la idea: ¿por qué delegar a la máquina aquello que me apasiona hacer? Kohan parte del mejor supuesto posible, que no es ni más ni menos que el gusto por escribir, algo que en su caso llega a consumarse al punto de hacerlo a mano con una letra que hace pensar en Robert Walser, en unos cuadernos Gloria (¿o Rivadavia?) que tuve la suerte de ver. Aunque no se pueda condenar a la IA a ser algo que solo sirve para evitar que gastemos tiempo en cosas que detestamos, (hasta Scorsese promueve su uso creativo pese a las críticas) es fácil comprobar que, si disfrutamos de escribir, dibujar, pintar, filmar, esculpir, tocar instrumentos, al margen de los resultados, no vamos a escatimar las horas y los días. Y también están la maravilla del tiempo como condensador, y del binomio autor-público. El bandoneonista Julio Covielo dice, al momento de tocar tangos de Eduardo Arolas en sus hermosos conciertos solistas de Tierra Invisible, reducto musical en Parque Chacabuco, algo así: Más de cien años después acá estamos escuchando lo que compuso, la cultura se construye con el tiempo. La reflexión grafica perfectamente lo que ofrece como intérprete a sus espectadores porque ya no se trata de Arolas sino de Arolas y Covielo y también, de alguna manera, de todas las interpretaciones de Arolas que han cabido en un siglo.
Muchos músicos lamentan que haya colegas entregando a la IA sus voces o ejecuciones a cambio de dólares, en una acción que los pondría en el riesgo de ser sustituidos, como pasa con los cajeros de súper o los empleados de aeropuertos contribuyendo a consolidar el uso de máquinas que hacen su trabajo. Desde hace años que escucho muy poca música, al punto de poder decir que solo alcanzo a apreciarla en serio cuando es en vivo por lo que me cuesta creer en la sustitución. Llegué a pensar que esto se debe a que la cercanía física es capaz de contagiar mejor el placer del que está sobre el escenario, como en el teatro, pero al toque me di cuenta que es lo mismo leyendo, viendo pintura o ante la mediación de la pantalla, como cuando en el documental del que hablaba al principio, cámara en mano, Lelouch grita a los actores “más pasión, más pasión” y logra apasionarnos a todos. Sin hacer base sobre las tecnologías que “crean” por nosotros en vez de con nosotros, sin la obsesión por ahorrar tiempo, las prácticas y búsquedas artísticas que no tienen nada que ver con el riesgo existencial no se ahogaron y siguen propiciando encuentros entre públicos y hacedores. Abreviar la experiencia que nos da alguna felicidad no es una propuesta realmente tentadora. Aunque, por supuesto, están los daños evidentes (podríamos hablar de guerra, control social o ecología) veremos por un rato veremos el vaso medio lleno, imaginando que la IA también vino a enaltecer por contraste aquello que, según los más pesimistas, intenta confinar a las arenas de la historia.
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