Principios

La crítica trivial

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

El peso de la vida se aliviana al darle espacio a la frivolidad más profunda. Por qué hacerse eco de los vaticinios fatídicos del ex-Anthropic Jacob Coxon o del paso de los joviales cachetes de Santi Siri por diversos streams para defender su proyecto filoperiodístico o de los daños comprobados con los que nos queman la cabeza cientos de contenidos hechos con la ayuda de la IA, si se la puede criticar por cosas más nimias. 

En la carrera de videojuegos de una universidad privada, un estudiante entregó a un colega un parcial de veinte páginas, pese a que no requería más de cinco para estar en condiciones de aprobar, ya que se evaluaban temas específicos con prescindencia de contexto histórico, social o filosófico. 

Mi colega advirtió la mano de la IA antes de leer. Aunque el pibe ni siquiera se había tomado la molestia de eliminar varias citas a Heidegger que no venían a cuento, el primer delator fue el punteo, marcando las hojas como disparos de bala. 

Sería redundante entrar en otros problemas formales del chat, como la fijación con ciertas palabras tipo ecosistema o frontera, el truco de como te digo esto te digo lo otro, el margen de error, el servilismo, lo que puede llegar a hacer si trata de recrear el estilo de un autor, que además no me joden tanto como que ante cualquier consulta no aguante más de una decena de líneas sin alardear de su capacidad de síntesis mediante tips e ítems precedidos por ese punteo de maestra bigotuda con el índice en alto. Porque algo que se presenta como revolución tecnológica acude al recurso escolar más ramplón disponible. 

No me lo explico, pero no quiero investigar el tema; alguien debe haberlo hecho. Me alcanza con la crítica trivial porque tiene el poder de hacerme perder tiempo gugleando al viejo modo con tal de no ver esos circulitos, como si fuesen el logo más acabado de la infamia del mundo. 

Aunque relativamente joven, la mamá de una amiga partió, como se dice, en vida, atacada por una enfermedad que arrasó progresivamente con su memoria. Olvidó lo que sabía y creía, lo que le había gustado, las caras, el habla. Sin embargo, sonríe al oír a Françoise Hardy y frunce el ceño con la ópera. Una parte de su sensibilidad permanece inmutable. 

Quizás los principios estéticos, sin marco teórico ni más guía que el capricho, como odiar el horrendo punteo del chat o amar la dulce melodía de Como decirte adiós, sean más potentes que los valores culturales, morales o políticos.