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Toda una vida

Hay relatos de una vida que no son exactamente biografías o autobiografías, que no van exactamente desde el nacimiento hasta la muerte, pero que duran lo suficiente en lo narrado, que abarcan el suficiente tiempo en su peripecia para producir en la lectura un efecto de vida entera. Cuando ese relato de una vida, de toda una vida, asume la forma de un cuento y se aprieta por ende en un puñado de páginas, hay un arte de la condensación que decide el carácter de su contenido (en el sentido en que toda forma decide siempre el carácter de su contenido). Las vidas así contadas al mismo tiempo se despliegan y se contraen.

Así son casi todos los cuentos de Jorge Consiglio en Campo visual: cuentan vidas con efecto de vidas enteras, aunque no sean vidas enteras. Consiglio retorna a Graham Greene: “Las historias no tienen principio ni final, dice Graham Greene. Se elige a ciegas una escena para empezar y otra para terminar. A través de estos dispositivos se pretende ajustar la confusión con la que se presentan los hechos”. Es esta misma idea la que habilita que Consiglio también escriba: “La historia es simple y, por esta razón, el doble de intensa. Se resume en una oración”. O que proponga, en otro momento: “Todos lo saben: los actos mínimos tienen peso simbólico”. Y también, más adelante: “Es evidente que el odio brota de los detalles menores, aunque después busque su raíz en cuestiones específicas”. O bien, algo antes: “La huella de aquella pelea era un dibujo insignificante, pero por su ubicación en la cara denunciaba la verdad que sus gestos encubrían”.

Historias simples, actos mínimos, detalles menores, dibujos insignificantes. Y en eso mismo, por eso mismo, la intensidad, el peso simbólico, una verdad. En estos cuentos de Campo visual, los personajes cambian de vida: cambian de trabajo, de lugar, de mundo, incluso de temperamento (“Soy otro durante este lapso. Me tomo licencia de mí mismo”). Pero lo hacen sin que existan de por medio grandes crisis personales, dilemas existenciales, desgarramientos tortuosos ni épicas de transformación. Cambian, simplemente, porque las cosas cambian.

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