COLUMNISTAS
Conclusiones

¡Y más cadáveres!

En la columna de la semana pasada hice constar adrede un error de información que suponía un déficit de comprensión de mi parte, esperando que una pléyade de lectores me lo señalara. Era tan visible el error como la carta en el cuento de Poe y como es perceptible que a tres años de un gobierno nadie se hace cargo de haber votado al gobernante. Pero solo un lector atento picó. No importa. No dejemos que el enojo turbe aun más la claridad de una prosa de por sí confusa.

El asunto era el robo de cadáveres frescos en la Inglaterra del siglo XIX con fines de disección anatómica, o, dicho de otro modo, cómo el horror colabora devotamente con los avances de la ciencia. Hoy, los desarrolladores de la IA sospechan que sus desarrollos estarán en condiciones de aniquilar a la humanidad a final de esta década, pero ninguno de estos genios suicidas tiene voluntad de ponerle el cascabel al gato por las dudas de que algún competidor se les adelante en su veloz carrera hacia la nada. Comparado con estos sujetos celebrados por el mundo, poca cosa termina siendo la bomba atómica que nuestros protectores norteamericanos arrojaron sobre Hiroshima y Nagasaki pa ver qué onda el hongo, y a Burke y Hare, cuentapropistas de la fabricación de cadáveres, se los puede exhumar de los olvidados pliegues de la historia y recordar hasta con cierto cariño. ¿Qué hicieron, en definitiva, sino fundar una Pyme que adelantaba la producción certera de la muerte en beneficio de sus economías?

Hasta que Burke y Hare aparecieron, aportando su cuota de invención al progreso de esa industria, el resurreccionismo, es decir, la sustracción de cadáveres frescos, no estaba penada por la ley inglesa porque un muerto no es propiedad de nadie y técnicamente tampoco ya es nadie. Por lo tanto, se lo podía considerar sólo como materia orgánica destinada a las mesas de disección. El único límite que respetaban los resurreccionistas, eran las joyas y prendas del difunto, que eran dejadas de lado porque su apropiación era tenida por un delito grave. Sáquense las conclusiones que se quiera al respecto. La historia, fatalmente, continuará.

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