un siglo más tarde

La montaña trágica

Mark Carney. El primer ministro de Canadá y su duro mensaje en el Foro de Davos. Foto: AFP

Entre los meses de mayo y junio de 1912, el Premio Nobel de Literatura alemán, Thomas Mann (1875-1955), pasó tres semanas en Davos, en el cantón suizo de Grisones. Acompañaba a su esposa, Katia Pringsheim, que era atendida de bronquitis en uno de los sanatorios para tuberculosos y asmáticos del lugar. El más tradicional de esos sanatorios, el Schatzalp, inspiró a Mann, que lo convirtió, con el nombre ficticio de Berghof, en escenario de su monumental novela La montaña mágica, un clásico de la literatura universal, en el que el autor de Muerte en Venecia (otra obra imperecedera) vaticinaba los tiempos trágicos que se avecinaban para Europa y para la humanidad. 

El joven y saludable Hans Castorp, protagonista de la novela, va al sanatorio, un lujoso establecimiento para ricos, a visitar a su primo Joachim, internado allí. Pero la estadía se alarga cuando, casi casualmente, y por insistencia del director del lugar, se descubre que tampoco él está sano. A partir de entonces todo transcurre en el sanatorio (con ocasionales salidas al pueblo), en donde Castorp interactúa con personajes variopintos e incluso se enamora de una paciente, mientras se suceden diálogos y reflexiones apasionantes por su profundidad y por las diferentes perspectivas sobre una realidad que agoniza. El sanatorio, en el que la muerte sobrevuela y se lleva a pacientes que la reciben con resignación, es un micromundo crepuscular que refleja el mundo en el umbral de la Primera Guerra.

Publicada en 1924, La montaña mágica da cuenta del final de un tiempo en el que las promesas anunciadas con el advenimiento del Iluminismo, la Revolución Francesa y la independencia de Estados Unidos, la Revolución Industrial y, el nacimiento de las repúblicas, al igual que otros grandes fenómenos sociales y políticos, no se habían cumplido. El joven y optimista capitalismo no había derramado bienestar para todos, sino solo para los nuevos ricos, las viejas aristocracias agonizaban, las ciudades crecían y albergaban masas cada vez más grandes de pobres y desheredados, democracia no era igualdad. Ante esa decepción emergían los nacionalismos, la xenofobia, la intolerancia, el nihilismo. Todo eso explotó en las dos guerras, la primera de 1914 a 1918, la segunda de 1939 a 1945. La pulsión agónica de ese mundo se reflejaba en La montaña mágica, en Davos.

Un siglo más tarde, con un panorama que las falacias tecnológicas intentan disimular para hacerlo parecer distinto y lejano de aquellas tragedias, en la misma Davos vuelve a cantar el cisne que anuncia el final de una era. Tomó la voz de Mark Carney, el primer ministro de Canadá, que exhibió el coraje moral necesario para advertirlo con todas las letras, para hacerlo allí en el paraíso de los ricachones desfachatados, en la cara de Trump, el peor de ellos, para renunciar al juego hipócrita de quienes, ajenos a los dolores del mundo (que ellos mismos provocan), convierten año a año a Davos en una feria de vanidades y de obscenidades económicas y políticas. La violación de leyes, normas y acuerdos, la proliferación de protofascismos que vampirizan a las democracias, la ambición desfachatada de unos pocos frente a la carencia de muchos, la obsecuencia de gobernantes títeres que se quieren hacer pasar por socios igualitarios de los poderosos cuando son solo sus sirvientes, son parte de un mundo que, en esas condiciones, ya no se sostiene, avisó Carney. Y no se sale con una transición. No se puede sanar lo podrido. Se sale con algo nuevo, dijo, y lo propuso. Es hora de decisiones en las que se juegan destinos colectivos. Las ideas que se despliegan en Davos no tienen magia. O acaso solo magia negra. A la vista de las consecuencias de lo que allí sucede, Davos es hoy la montaña trágica. 

*Escritor y periodista.