opinión

La velocidad al poder

Los más influyentes son pocos y el libro se decanta por lo conceptual.

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

La colección Synesthesia de la editorial Caja Negra ha sido casi mi única fuente de educación musical en los últimos años. Allí aprendí lo poco que sé del postpunk, del trap, del kraut, del hip hop, del disco, del glam y hasta del RKT villero entre otros géneros surgidos en las últimas décadas. En esos libros se habla de discos que no escucho, de artistas cuyos nombres no sé pronunciar, de tendencias que me sorprenden y así me sacan por un momento de la ignorancia: me pongo al día con lo que quedó obsoleto porque ya aparecieron nuevas tendencias de las que me enteraré en los próximos lanzamientos de la colección.

Hyperpop, subtitulado como “El pop en tiempos del capitalismo digital”, de la joven crítica francesa Julie Ackerman, no es la excepción. Hasta que vi el título no sabía que el género existiera y ahora soy casi un experto, porque el tema no exige una escucha prolongada de las canciones ni de los intérpretes en juego. Los más influyentes son pocos y el libro se decanta por lo conceptual: es menos un libro sobre música que un manifiesto estético y político. Caja negra ha publicado varios libros de Mark Fisher y otros de Simon Reynolds, quienes en materia filosófica y musical apuntalaron la idea derrideana de la hauntología, que explica cómo el capitalismo avanzado se volvió irresistible pero, al mismo tiempo, convirtió a los individuos en una especie de fantasmas.

Ackerman discute con Fisher y Reynolds desde una posición más optimista y, aunque con cierta timidez, los acusa de reaccionarios “porque fracasan a la hora de considerar el potencial creativo y político del revival y/o de los múltiples reciclajes estéticos que nos ofrecen los años 2020.” Escribe Ackerman: “Siempre tuve la impresión de que estamos poseídos por una suerte de inconsciente tóxico, incluso a la izquierda del tablero político, la impresión de que a todo el mundo le gustaba el capitalismo, o al menos disfrutaba de él. Esa lucidez culpable es lo que nos toca en suerte”. Pero el aceleracionismo hyperpop, al continuar con su ritmo vertiginoso, logra seguir produciendo emociones positivas.

La idea es que al pop de los 2000 con sus canciones comerciales, azucaradas y directas le sucedió la década irónica de 2010, que se burlaba del capitalismo pero proclamaba su inevitabilidad y rechazaba la idea de autenticidad. Pero la llegada del hyperpop en los 2020 introdujo una nueva variante: la sinceridad sustituyó a la autenticidad y permitió que la nueva música, con su remixage acelerado, su distorsión de las voces, su fabricación de estrellas artificiales y su impronta queer pudiera preservar las emociones que el pop despertaba en los adolescentes de principio de siglo, aun manteniéndose dentro de las coordenadas de un capitalismo cada vez más voraz. 

De lo que habla Ackerman es de una especie de revolución dadaísta capaz de canibalizar el pasado desterrando la nostalgia y prometer un renacimiento humano cuyo símbolo es el niño que la tecnología digital, las voces explotadas y los géneros fluidos (tanto en un sentido musical como sexual) que definen el hyperpop señalan como un futuro deseable. Por momentos, el texto de Ackerman parece requerir como contraseña una identidad LGBTQIA+ y por otros una conciencia política neomarxista, pero no deja de ser una experiencia intelectual estimulante.