Existe una gran ansiedad por anticipar qué sucederá en las elecciones presidenciales de 2027. Se publican encuestas que aseguran la reelección de Javier Milei y otras que prevén una catástrofe, ampliamente publicitadas por medios de comunicación afines o adversos al Gobierno.
Actualmente es difícil prever lo que ocurrirá después de tantos meses. En las elecciones argentinas del año pasado el Gobierno sufrió una derrota importante en septiembre, que se transformó en un triunfo en octubre sin que se vea una explicación económica o política importante que explique el cambio.
Los resultados suelen ser imprevistos por las encuestas. Los triunfos de Rodrigo Paz en Bolivia y la contundencia del triunfo de Daniel Noboa en Ecuador no fueron anticipados por los sondeos. Tampoco lo fue la rápida caída de la popularidad de José Antonio Kast en Chile. La política se mueve por emociones y sensaciones efímeras que cambian vertiginosamente según los estímulos transmitidos en las plataformas digitales, difíciles de analizar.
El gobierno de Milei aplica una estrategia que controla el debate público mediante eventos espectaculares. Sus acciones generan reacciones polarizadas: refuerzan el apoyo de un tercio de la población —que lo acompaña desde la primera vuelta de las elecciones presidenciales— y radicalizan el rechazo en buena parte del 60% restante. Aun así, en un país donde se puede ganar en primera vuelta con el 40%, contar con un 35% de base no es un mal punto de partida. Si la oposición se divide, y saca más de diez puntos de ventaja sobre el segundo, estar a pocos puntos del 40% le puede alcanzar para ganar en una sola vuelta.
Frente a este escenario, surge la pregunta: ¿es posible formar en Argentina un gran frente opositor contra Milei, al estilo del que armó Lula da Silva en Brasil para derrotar a Jair Bolsonaro? El candidato del PT ganó por un margen muy reducido, aunque logró reunir a sectores de todo el arco político.
En Argentina existe una brecha profunda que impide una alianza de este tipo. Tras décadas de conflicto, un porcentaje significativo de la sociedad se niega a votar por un candidato impulsado por Cristina Kirchner. Lula superó un obstáculo semejante tras un trabajo de años: aunque enfrentaba una oposición muy radical, llevó como compañero de fórmula a Geraldo Alckmin, su antiguo adversario, y sumó el respaldo del PSDB (que terminó absorbido por su espacio, de manera similar a lo ocurrido con el PRO y la estrategia de Milei).
Un candidato promovido por Cristina parte con un piso de votos cercano al 20% y un rechazo del 60%. Si llegan a una segunda vuelta este candidato y Milei, el resultado dependerá de cuál genere un rechazo más intenso. Además, los procesos políticos no se repiten fácilmente. ¿Podría Cristina designar a otro presidente como lo hizo con Alberto Fernández? Han pasado ocho años y los estudios indican que la sociedad está cansada de la antigua brecha. Como en todos los países, un candidato que comunique novedad puede archivar a “los de siempre”.
Si tanto el candidato de Cristina como Milei tienen cerca de un tercio de apoyo y un 60% de rechazo, existe espacio para una tercera opción. Un candidato con una propuesta más amplia, republicana e inclusiva –similar a la postura original del PRO antes de subordinarse a La Libertad Avanza– tendría posibilidades de llegar al balotaje.
Por su parte, Milei enfrenta dificultades en el plano económico. Las variables macroeconómicas que interesan a las élites están bien, pero el cierre de industrias y la falta de empleo hacen que la población sienta angustia. A nivel internacional, el capital privado busca países con estabilidad institucional antes que escenarios de derecha divertidos pero inestables. El año pasado, México, Brasil y Chile (bajo el gobierno de Boric) lideraron la recepción de inversión extranjera en la región, mientras que Argentina quedó al final de la lista, con saldo negativo.
A esto se suma un reto global: la crisis del empleo ante la llegada de la singularidad tecnológica. Este quiebre en la historia humana, previsto inicialmente para después de 2050, se ha adelantado y está en marcha; los expertos estiman que se consolidará antes de 2030, ya se está instalando y produciendo desempleo.
Se trata de un fenómeno complejo que no se limita a la inteligencia artificial ni a detenerla con reglamentos. La revolución tecnológica, impulsada por empresas privadas, avanza a tal velocidad que la normativa burocrática llega cuando la tecnología ha cambiado.
La inteligencia artificial, junto con la impresión 4D, la robótica, el Internet de las Cosas y la computación cuántica, transformarán el sistema productivo actual. Intentar resucitar la industria tradicional argentina para crear empleo resulta inviable, como lo sería instalar fábricas de máquinas de escribir y prohibir las computadoras.
Para afrontar esta crisis, se requieren líderes capaces de replantear la sociedad desde sus bases ante una transformación sin precedentes en la historia.
*Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.