Las afueras
Hay un efecto particular que consigue Leopoldo Marechal en su Historia de la calle Corrientes, escrita en 1936, y es el de considerarla ante todo como calle lateral. Al abordarla en un arco temporal extendido que parte del comienzo mismo de la ciudad, de cuando “empezó Buenos Aires”, la calle Corrientes aparece como calle relegada, desplazada, periférica; los despaciosos pero sostenidos progresos de la urbe sobre lo agreste y sobre el barro llegaron a ella siempre un poco más tarde; el proceso de poner a distancia el campo, de empujarlo más hacia adentro, resultó en ella más lento y demorado. Respecto de la cuadrícula primordial, la de la Plaza de Mayo y cercanías, que va a irradiarse en principio más que nada hacia San Telmo, la calle Corrientes queda un tanto aparte, como vía de salida, como borde hacia las afueras: “Es que nuestra calle formaba parte aún del suburbio”, dice Marechal; y antes había dicho: “Llevó durante tres siglos una existencia oscura y sin gloria, de modo tal que su nombre no aparece casi vinculado a los hechos de la colonia, ni, más tarde, a la gesta de emancipación”.
Esto es así y, sin embargo, la calle Corrientes no está lejos, sino cerca, no está afuera, sino adentro, no es ajena, pertenece. Y especialmente: no hay manera de leer la Historia de la calle Corrientes de Marechal sin tener todo el tiempo presente su absoluta centralidad (Corrientes no está en el centro, Corrientes es el centro), la Corrientes del Obelisco y las luces y la noche, la Corrientes del ajetreo y el vértigo, que hasta puede dar la impresión equívoca de haber sido el germen a partir del cual el resto de la ciudad se desarrolló. Oscilamos todavía entre decirle avenida y decirle calle, como si no se hubiese ensanchado justo cuando Marechal redactaba su historia (“Cómo habrá cambiado tu calle Corrientes”, escribió Enrique Cadícamo y cantó Carlos Gardel; “¡Te cambiaron Corrientes angosta!”, escribió Ángel Gatti y cantó Raúl Berón).
De manera que la calle Corrientes de la historia de Marechal puede percibirse al mismo tiempo como periférica y central, porque en el margen que destaca el texto ya existe el futuro de centro. La clave para esa perspectiva combinada tal vez radique en que Marechal era de Villa Crespo (“la lejana Villa Crespo”, según dice), por lo que Corrientes podía ser para él a la vez la avenida del centro y la avenida del barrio (¿y no hay acaso un juego análogo con el Gardel del centro y el Gardel del Abasto?). Centro y margen no se disocian, no se oponen, no se excluyen, se producen mutuamente; hay un tipo de centralidad que no existe sino con y desde el margen, hay un modo de volverse central que no exige dejar de ser margen. No se trata de desplazarse desde el margen y hacia el centro, sino de volver central el margen mismo.
Borges, ¿no? Claro, Borges. Y lo que de Borges definió Beatriz Sarlo, bajo la fórmula “un escritor de las orillas”. Porque Borges, que nació en pleno centro, decidió ser de Palermo e inventarle una mitología orillera con el escaso Maldonado (porque Palermo no es todo igual: había un centro que, para Borges, sería el espacio de Rosas; su famosa manzana, respecto de ese centro, quedaba en las afueras: las afueras de las afueras). Si se piensa, ya no en Buenos Aires y Palermo (orilla interna), o aun entre Buenos Aires y Adrogué (en el suburbio), sino en la Argentina, no hay más que remitirse a El escritor argentino y la tradición para reencontrar la manera en que se hace de la condición periférica, no un factor de impotencia, sino exactamente al revés: un factor de potencia y libertad.
La caminata del Adán Buenosayres (1948) se distingue de las caminatas de Fervor de Buenos Aires (de 1923): una es festiva y colectiva, las otras son taciturnas y solitarias. Pero aun así coinciden en algo: en que van hacia los bordes, las afueras de la ciudad. La consabida exploración de Borges en las orillas, en procura de una inminencia de campo, se toca con lo que Marechal en su historia la asigna a la calle Corrientes: “Un terreno de frontera en que la ciudad y el campo se unían y se separaban”. La calle que será central se conjuga en clave de periferia.
¿Y qué hay de todo esto en la manera en que dispone Roberto Arlt la relación entre Témperley y el poder central? ¿O en un europeo como Gombrowicz merodeando en las noches de los bajos de Retiro? ¿Qué distintas relaciones, porque son ciertamente distintas, se establecen entre “la zona” y París (en Saer), o entre Banfield y París (en Cortázar), o entre las milongas y París (en Cozarinsky), o entre Quilmes-Villa Dominico y París (en Jorge Asís)? Entre Toulouse, Tacuarembó y el Abasto (y no París, Montevideo y el Obelisco), ¿cuál es el centro, y de qué margen?
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