distancias

Shakespeare y vos

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

Es habitual que las obras de Shakespeare se estrenen cortadas, adaptadas, reversionadas. Siempre se ve un Hamlet cortado. Según los entendidos y desentendidos, una versión completa dura entre tres horas y media y cinco horas y veinte minutos. Anda a saber. 

En su libro Shakespeare, la invención de lo humano, el crítico Harold Bloom afirma que él adora, endiosa a Shakespeare, porque es más inteligente que él. Aun habiendo sido una fuerza de la naturaleza crítica, le ocurre lo que le ocurre por una obvia razón. Bloom piensa sobre lo que ha hecho Shakespeare, para lo cual cuenta con sus conocimientos literarios, con lo ya hecho, en cambio Shakespeare piensa sobre lo que está haciendo, una obra que combina sus propios conocimientos de lecturas y experiencia teatral, y además está descubriendo su quehacer a medida que avanza. No hay momento más inteligente para un autor que cuando escribe, es el momento de máxima exposición al vértigo de una nada que se va llenando con palabras que provienen de un universo inespecífico, un catálogo no razonado y desconocido para su propio dueño. Esas palabras en general existen, no son lenguajes artificiales o imaginarios, objetos de diseño o producciones del delirio. Pero Shakespeare a veces tiene que inventarlas por la fuerza de la violencia o la justeza de una expresión y por el goce de lo nuevo. Esas palabras pueden estar de más o de menos, pero piensan mejor. Y el tiempo relativamente breve en que Shakespeare escribió toda su obra, con pluma y tintero, y seguramente cuidando la caligrafía para que los actores entendieran su letra, muestra que escribía muy rápido, y seguramente también reescribía muy rápido. Perdido en eso, en la intensidad y el goce del lenguaje, se iba y se extraviaba, se iba de caja o de molde. Supongo que los directores de teatro trabajan también como el autor que a veces no entiende lo que escribió, y duda entre quitarlo o dejarlo. Dejarlo es humillarse ante la propia incomprensión; dejarlo implica una ofrenda a un lector más inteligente que él. 

   Existe una asincronía, trágica a su vez, entre el espectador y la obra. La velocidad del pensamiento del autor excede la capacidad de comprensión del público, que piensa en la frase que acaba de escuchar, pero se pierde o no termina de aprehender la siguiente. Y hay otra y otra, y así hasta el fin de la obra. Que es más o menos lo que pasa cuando vemos un partido de fútbol sin  haber sido jugadores ni entrenadores. Queda un resto, una visión, y su duración es aún más potente que lo real del acto transcurrido.