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apretada

Tarjeta roja

Pasó el Mundial, queda el mundo. Entre las últimas imágenes que dejó el mundial, pero que no se desvanecerán con el mundial porque persisten en la realidad del mundo, constan las de Donald Trump subido al escenario en el que los jugadores de la Selección de España se disponían a enarbolar la preciada copa del mundo que acababan de ganar (uno a cero, y en el alargue). Trump va y viene, bailotea, figura; hay que bajarse ya de ahí, no se baja. Infantino amaga con tironearlo un poco de la manga (¿se puede? ¿No se puede? Él es el dueño del circo, sí; pero el otro lo es del país, y en cierto modo del planeta: al menos así es como se comporta). Al final se van los dos, caminando lentamente hacia el costado, quién sabe si hablando de esto, quién sabe si de alguna otra cosa.

¿Qué es lo que puede verse en Trump en ese tiempo a la vez breve y eterno, manoteando un poco la copa para ser también él el que la entrega, y casi dispuesto a quedarse ahí para ponerse a saltar entre Rodri y Yamal, entre Olmo y Simón? ¿Qué es lo que cabe ver en eso que ya devino en meme: la efigie del poderoso sin igual, que puede hacer lo que se le antoja? ¿Un megalómano tan consumado que escucha decir “campeón” y supone que le hablan? ¿Un desubicado de aquellos, que se mete donde no le corresponde? ¿Un señor un poco ido, que divaga en cuerpo y mente?

Tal vez, por qué no, no sea preciso optar: tal vez haya que ver todo eso al mismo tiempo. El amo, el poderoso, el ridículo, el gagá. Entre Infantino y Trump, por otra parte, tramaron una maniobra irregular que fue motivo de escándalo durante el desarrollo del torneo, apenas aplacado por los cuatro goles que atinaron a propinar los belgas: el levantamiento de la suspensión automática de oficio aplicada a Falorin Balogun, figura de Estados Unidos, por presión del propio Trump. ¿Y cómo fue que esa solapada intervención trascendió, cómo se supo de ese oscuro manejo? ¡Porque el propio Trump lo contó! ¡Salió y lo dijo! Porque hay algo más fuerte que él, y es su vanidad; no le basta con usar su poder, necesita además exhibirlo (lo hizo incluso con su amigo Milei, humillándolo ante todos). No está tan lejos, al fin y al cabo, en cierto modo, de esas tropelías ilegales que salen a la luz porque quienes las cometen no pueden resistir la tentación de filmarse y fotografiarse para subir las imágenes a las redes.

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La apretada de Trump se debió a que la expulsión de Balogun le resultó injusta. Pero a la par que ese alegato que aducía, declaró también, y con el mismo énfasis: “Yo no sabía qué diablos era una tarjeta roja, no pensé que significara mucho”. Pasó el mundial, pero queda el mundo. Y el mundial en más de un caso no hizo sino poner más en evidencia ciertos aspectos de ese mundo que queda. Por lo pronto, este: que lidiamos muy a menudo no solamente con la prepotencia de los poderosos, con su turbiedad, con su inequidad, con sus atropellos, con su soberbia, sino también, y tristemente, con su ignorancia, con su meterse por puro desprecio con algo que en verdad no conocen.