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Elogio de la insumisión

Hinchas y jugadores se rebelaron frente a la sumisión del Gobierno para silenciar el reclamo sobre Malvinas. Lograron lo que la diplomacia no pudo: recordarle al mundo una injusticia vigente.

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Malvinas. Un tema olvidado que volvió a ser noticia internacional. | cedoc

La deserción es una tendencia que amenaza por imponerse como clima de época.

Me refiero a la deserción como sinónimo de abstención, como una forma de no ejercer el derecho de participación ciudadana para actuar sobre la realidad. Quizá sea una consecuencia de la desilusión frente a un sistema que propone incluir a todos, pero no lo logra. O como evolución de una posmodernidad en la que solo interesa lo individual, lejos de cualquier responsabilidad colectiva.

El filósofo italiano Franco “Bifo” Berardi, exmilitante comunista en los 70, lo propuso como camino a seguir en su libro Desertemos: “El único comportamiento éticamente aceptable y estratégicamente racional es la fuga, el abandono, alejarse, desertar”. Así se lo explicó a Jorge Fontevecchia: “Tenemos que renunciar a toda hipótesis de superación posible, de nueva totalidad. No habrá totalidad, no habrá superación, solo habrá la posibilidad de escapar al dominio, escapar en el sentido de desertar. El valor a aprender en el futuro es la autonomía, que significa desertar, abandonar”.

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El cartel insumiso. En la Argentina de Javier Milei conviven distintos tipos de deserciones.

La deserción del Estado, del que el Presidente se dice un topo para destruirlo desde adentro. La deserción de las normas de respeto democráticas. La deserción de aquellos que se decían republicanos y hoy callan frente a los mensajes de odio del poder central. La deserción de quienes aceptan la extorsión económica oficial (gobernadores, empresarios, medios, opositores) y siguen mansamente al Gobierno. La deserción de los jueces frente a las causas de corrupción que más preocupan a los Milei.

Antes del partido frente a Inglaterra, el Gobierno llamó a los hinchas argentinos a desertar de la histórica reivindicación soberana sobre las islas Malvinas. En línea con lo pedido por la FIFA, que incluía el eventual castigo a los jugadores que infringieran esa directiva (en 2014, la FIFA había sancionado a la Selección por exhibir un cartel sobre Malvinas en el Estadio Único de La Plata).

La deserción tiene como contrapartida la insumisión. Que es la reacción de quienes, en lugar de abandonar, toman el riesgo de actuar.

Hinchas y jugadores se rebelaron frente a la sumisión del
Gobierno para silenciar el reclamo...

Ya se sabe lo que sucedió en este caso. Un grupo de hinchas logró entrar al estadio con una sábana de hotel que decía “Las Malvinas son argentinas” y, antes de que la seguridad se las quitara, la arrojaron a los jugadores que, sabiendo del riesgo, la exhibieron frente a las cámaras del mundo.

Esos hinchas y esos jugadores insumisos obtuvieron lo que la diplomacia argentina no conseguía desde hace años. Que en todos los países se recordara que existe un conflicto abierto por el cual una vieja potencia imperial aún conserva como propias tierras que no le pertenecen en la otra punta del globo. A casi 13.000 kilómetros de Gran Bretaña y a 346 kilómetros de Tierra del Fuego, sobre la plataforma continental argentina.

¿Hubiera sido mejor seguir los consejos del Gobierno y evitar cualquier malestar entre los organizadores? ¿O resultó más inteligente la insumisión de quienes aprovecharon un partido visto por mil millones de personas para recordar un conflicto olvidado internacionalmente? ¿Será peor pagar una multa o todo resulta barato frente a la repercusión del hecho, a la que luego se sumaron las opiniones de las estrellas argentinas reiterando el mismo sentimiento de aquel cartel?

El mundo habló de Malvinas. No fue la deserción del Gobierno, sino la insumisión de hinchas y jugadores la que hizo posible que la prensa internacional volviera a debatir sobre el tema.

El inglés The Guardian, uno de los diarios más influyentes del planeta, le dedicó distintas notas, y su columnista Simon Jenkins opinó bajo el título “¿Las Malvinas son argentinas? No exactamente, pero las Malvinas no pueden seguir siendo británicas para siempre”.

Jenkins explicó que, hasta la guerra del 82, se venía dando un acercamiento natural entre los habitantes de las islas y los del continente; consideró “ridículo” el alto costo para Gran Bretaña de mantener abierto el conflicto y concluyó: “La realidad es que estas colonias, inevitablemente, tarde o temprano, se convertirán en parte de sus continentes. No pueden ser protegidas indefinidamente por un patrón europeo, y los reclamos argentinos no cesarán (…) Sería gratificante si el cartel de las Malvinas exhibido durante el partido sacudiera a alguien” para resolver la disputa.

Al día siguiente del partido, hubo otro inesperado gesto de insumisión.

Ocurrió en un acto en la Bolsa de Comercio de Buenos Aires, durante el discurso de Milei y ante una audiencia que mayoritariamente aplaudía cada una de sus palabras. Fue cuando el Presidente señaló que los gobiernos populistas tienden a estrellarse. Entonces, un hombre desde el fondo del salón gritó: “¡Como ahora!”.

No se pudo escuchar mucho más porque Milei le dijo que se fuera a vivir a Cuba, la seguridad presidencial lo separó del lugar (ante la negativa a hacerlo de las autoridades de la Bolsa) y los aplausos de la concurrencia taparon cualquier respuesta.

... sobre Malvinas. Lograron lo que la diplomacia no pudo: recordarle al mundo una injusticia vigente

Sin embargo, la voz solitaria de ese hombre obligó a medios y dirigentes a debatir sobre el modelo Milei durante las horas siguientes. Luego se sabría que el indisciplinado se llama Jorge Castellanos (80), un veterano socio de la Bolsa, quien más tarde agregaría ofuscado: “Milei miente continuamente. La pobreza aumenta, las fábricas cierran, la gente se queda sin laburo y este viene a hablar con teorías de mierda”.

Desertar o rebelarse. Hace diez años, poco antes de morir, Tzvetan Todorov publicó Insumisos. Allí, el filósofo búlgaro analizó los caminos de insumisión de personalidades como Nelson Mandela, Malcom X y Edward Snowden.

Marcado desde joven por el totalitarismo soviético en Bulgaria, Todorov creía que “el pasado era terrible y el presente está vacío”.

En su libro, encuentra en sus protagonistas diferentes formas de rebeldía que los volvieron únicos. Sobre Mandela escribió: “Consigue alzarse por encima de los odios y los miedos, y se sitúa al margen de la eterna espiral de violencia” que en Sudáfrica enfrentaba a los defensores del apartheid con los que bregaban por el fin de la segregación racial.

La sociedad argentina, junto a sus políticos, empresarios y periodistas; se debate entre los que optan por desertar (ya sea siguiendo la deserción militante de Berardi o el conformismo pasivo), los que aplauden lo existente y los que se rebelan frente a ello.

Como Mandela, quizás llegue el momento en el que se logre corporizar en un líder la necesidad de sintetizar las fuerzas en pugna. Para volver a comprometer a los desertores, para no perder lo que está bien y para rebelarse definitivamente contra lo que no puede seguir igual.