La llamativa urgencia de esta semana en el tratamiento del proyecto de ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada en el Senado tiene razones ocultas que van más allá de las aparentes. La fachada de la ley habla principalmente de dos puntos. Un mecanismo de “desalojo exprés” que permita restituir en un plazo de cinco días tierras usurpadas, y desalojos en 20 días por falta de pago del alquiler. Y flexibiliza la adquisición de tierras rurales por parte de ciudadanos extranjeros, además de autorizar actividades en zonas afectadas por incendios y limitar los criterios para las expropiaciones del Estado. Es curioso que, mientras en un acceso de patrioterismo desubicado, se insertaba la cuestión de la soberanía de las Malvinas en el partido de fútbol Argentina-Inglaterra, hubiese pasado desapercibido para la opinión pública, y los hinchas inflamados y desinformados, la sombra ominosa de esta ley.
Al dejar a precios de liquidación amplias y decisivas zonas y regiones del territorio en manos de compradores extranjeros y al convertir esos terrenos en propiedades inviolables, el uso de estos queda al arbitrio de sus dueños. ¿Hay alguna relación entre esto y el entusiasmo con que Javier Milei y Federico Sturzenegger vaticinaron en el periódico Financial Times, de Londres, que Argentina será en el siglo XXI la capital mundial de la inteligencia artificial? ¿Hay alguna relación con la presencia y asentamiento en Argentina de Peter Thiel, el megamillonario posthumanista que aspira a controlar los datos del mundo entero a través de su empresa Palantir? ¿Hay relación entre esto y las millonarias inversiones en el país anunciadas por otros capitostes de la IA, como Sam Altman y Elon Musk?
Se sabe hace tiempo que si tiene colmillos, trompa, orejas enormes y pesa varias toneladas es un elefante. Las tierras que, ante la mirada “flexible” del gobierno, quedaran en manos de ciudadanos extranjeros como los nombrados son las que, por ubicación y recursos naturales especialmente en zonas patagónicas, permiten instalar centros de datos, las usinas desde las cuales opera la inteligencia artificial. En Estados Unidos una docena de gobernadores ya se oponen a la ubicación de estos centros operativos en sus territorios y responden así a una creciente oposición de los ciudadanos. Tienen razones. Según un estudio del grupo de Observación de la Tierra, de la Universidad de Cambridge, liderado por el ingeniero italiano Andrea Marinoni, los centros de datos crean islas de calor que elevan entre 3 y 16 grados Celsius la temperatura de los lugares en donde se instalan, y el efecto se extiende hasta 100 kilómetros a la redonda. Esto además de la verdadera depredación de recursos naturales, especialmente agua, de los que se valen para funcionar. Hasta hoy los lugares en donde tales centros funcionan (Marinoni y su equipo evaluaron 6 mil de ellos) afectaron la vida de 340 millones de personas, además de convertir en páramos terrenos antes fértiles y húmedos.
Deborah Andrews, profesora emérita de diseño para la sostenibilidad y la circularidad en la South Bank University, de Londres, apuntó que “la fiebre del oro de la IA parece estar imponiéndose sobre las buenas prácticas y el pensamiento sistémico”, mientras para el investigador Ralph Hintemann, del Instituto Borderstep para la Innovación y la Sustentabilidad, fue terminante: “En lo que respecta al cambio climático, aseveró, las emisiones generadas por la producción de energía para los centros de datos siguen siendo el aspecto más alarmante”. También aquí el libertarismo muestra un aspecto depredador. ¿Si todo es objeto de compraventa por qué no el territorio nacional, aun a expensas de las consecuencias? Ni Margaret Thatcher, ídolo de Milei, lo hubiera hecho.
*Escritor y periodista.