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Asuntos internos

El libro interior

“Todo el mundo tiene un libro dentro”, dicen, con la misma alegría con que se afirma que todo el mundo tiene un niño interior, un artista reprimido o una receta infalible para la felicidad. Es una de esas frases democráticas que reparten talento para que nadie queda afuera. Todos escritores potenciales. Todos novelistas latentes. Todos con una obra maestra incubándose en alguna cavidad del alma.

La corrección de Christopher Hitchens tiene la virtud de la crueldad, y por lo tanto es precisa: “Todo el mundo tiene un libro dentro, pero en la mayoría de los casos es mejor que se quede ahí”. Uno imagina al libro golpeando desde adentro, pidiendo salir, y a una mano sensata empujándolo nuevamente hacia el fondo, como en esa escena del Fiord de Osvaldo Lamborghini, pero sin mano y sin libro.

La industria cultural moderna decidió que ningún impulso debe frustrarse. Si alguien siente deseos de escribir, inmediatamente aparecen talleres, cursos, seminarios, tutorías, clínicas y laboratorios que intentan justificar el mismo negocio: convencer a las personas de que la mera voluntad es una forma de talento. Antes se decía que para escribir un libro hacía falta tener algo que decir. Ahora basta con querer decir algo. La diferencia parece pequeña, pero es abismal.

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La frase optimista supone que la literatura es una sustancia natural, como la bilis o el colesterol. Todos la produciríamos espontáneamente, bastaría abrir una compuerta oxidada. El problema es que la existencia de un libro interior no garantiza que sea un buen libro. Ni siquiera garantiza que sea un libro mediocre. Podría ser apenas una acumulación de anécdotas familiares, agravios laborales, viajes a Europa narrados con fervor o reflexiones sobre la resiliencia escritas por alguien que confundió una demora en un aeropuerto con una tragedia griega.

La cantidad de libros publicados cada año parece darle la razón a Hitchens. Nunca se imprimió tanto y nunca resultó tan difícil encontrar algo que merezca ser leído. La democratización de la escritura produjo un fenómeno curioso: escribir se volvió más importante que leer.

Somerset Maugham, que conocía bien el oficio, desconfiaba de quienes creían que una experiencia cualquiera equivalía automáticamente a una obra literaria. La vida proporciona material; la literatura exige transformación. Eso lo enseñó perfectamente Jonn Irving, que aconsejaba a quienes habían sufrido un accidente automovilístico que usaran la experiencia para describir un accidente aeronáutico: obligados a inventar los detalles, lo que debería quedar es la esencia. Entre una experiencia y otra media una distancia enorme. Todos tienen recuerdos. Todos tienen desgracias. Todos tienen opiniones. La literatura empieza cuando eso deja de importar.

Karl Kraus fue todavía menos indulgente. Sospechaba de la necesidad misma de expresarse. En una época que idolatra la expresión personal, semejante desconfianza suena casi obscena. Hoy cada pensamiento reclama difusión inmediata. Cada ocurrencia exige una plataforma. Cada emoción pide se publicada. El silencio se volvió excéntrico.

A lo mejor por eso la frase de Hitchens conserva su vigencia. No niega la posibilidad de escribir y al mismo tiempo recuerda una verdad desagradable: la mayoría de las cosas que pueden decirse no necesitan ser dichas. Y la mayoría de las que necesitan ser dichas tampoco necesitan ocupar cien páginas.

Nadie acepta pertenecer a esa mayoría. Cada aspirante supone que la advertencia está destinada a los otros. El libro que debería permanecer dentro es siempre el del vecino. El propio merece salir, respirar, conquistar lectores y si es posible ganar un premio. La autoestima literaria tiene una resistencia admirable a la evidencia.

Mientras tanto, las librerías siguen llenándose de esos libros interiores que lograron escapar. Algunos incluso prosperan –pero eso no los vuelve buenos. La mayoría desaparece con una velocidad que hace sospechar que intentan regresar al lugar del que nunca debieron haber salido.