Sin compasión
La compasión no tiene lugar en el discurso ni en la acción del gobierno paleolibertario.
Desde su origen latino compasión significa compartir la pasión del otro, entendiendo por pasión el dolor, la penuria, el martirio, el sufrimiento. No debe concebirse como sufrir por él, sino con él. A su lado, comprendiéndolo, asumiéndolo como un semejante. Quizás por eso más que un sentimiento la compasión es una virtud, según señala el filósofo francés André Comte-Sponville en su Diccionario Filosófico. “Es el mal que le sucede a otro a quien imaginamos semejante a nosotros”, como dijo Baruch Spinoza (1632-1677), pensador neerlandés de origen sefardí cuyo pensamiento panteísta (encontraba a Dios en todo lo viviente y no en una individualidad inasible) fue revulsivo en su tiempo y mantiene una poderosa vigencia hoy.
La compasión nada tiene que ver con la conmiseración o la lástima, sentimientos en los que se percibe cierta superioridad sobre el sufriente. Y requiere una apertura de mente y de corazón que solo se alcanza sumergiéndose de pleno en la alteridad, en el registro y la recepción del otro. En el extremo opuesto de la compasión está la impiedad, la bestial cerrazón del pensamiento y del sentimiento, la esterilidad emocional. En su expresión patológica va acompañada incluso de algo más que la indiferencia ante el dolor del prójimo: del goce perverso ante ese dolor.
Compasión e impiedad no son ajenas a la política. Quien perciba a la práctica política y a la gobernanza como recursos para el logro y fortalecimiento del bien común y piense en términos de equidad, justicia, honestidad y visiones compartidas que respeten las diferencias naturales en cualquier sociedad humana, tendrá a la compasión como requisito esencial de ese propósito. Quien vea en la política un atajo hacia el enriquecimiento personal, familiar, corporativo, de clase y de casta, quien la entienda como una herramienta de saqueo del bien común, al que considerará un simple botín, será impiadoso con quienes se opongan y con quienes resulten víctimas de su depredación.
La compasión no tiene lugar en el discurso ni en la acción del gobierno paleolibertario ni en sus feligreses. Para un modelo mental homofóbico, que celebra el egoísmo más primitivo y se manifiesta con un lenguaje brutal y cavernario, la compasión es una manifestación blandengue, femenina en la concepción más machista del término. Para esa mentalidad a los morosos, los que pierden sus trabajos, sus ahorros y sus futuros “nadie les puso una pistola en la cabeza” para llegar a esa situación. Los que alertan sobre la agonía de la industria y sufren sus consecuencias son “idiotas”. Cuando se suman 600 mil nuevos pobres a la dolorosa legión de menesterosos sin esperanzas, el jefe de ese gobierno celebra que “pese a que la foto es horrible la tendencia es maravillosa”. En el poder la impiedad se siente impune y eterna. Roza, además, la alexitimia, una patología definida en 1972 por el psiquiatra grecoamericano Peter Emanuel Sifneos en el hospital Beth Israel de Boston, que comprende a individuos invulnerables al registro emocional e incapaces de comprenderlo. Aunque entre los impiadosos de los que aquí se habla hay una emoción (parece ser la única) que emerge y desborda: el odio. Es la que nombran y expresan con orgullo. Nada más lejos de la comprensión, de la empatía, de la aceptación, de la compasión.
La impiedad impune, sumada a la soberbia y la intemperancia, la impiedad exhibicionista, ajena al otro salvo para burlarse de él, suele tener un desenlace paradójico. Cuando el impiadoso, finalmente humano y falible, cae a tierra y experimenta el dolor del que se burló en otros, cuando anhela piedad, no suele encontrar como respuesta la compasión. Es una de las inexorables leyes de la vida, que la impiedad impide ver.
* Escritor y periodista.
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