Esta semana perdí el teléfono y me tocó sufrir en realidad problemas sobre los que llevo años escribiendo. Acostumbrado a hablar todos los días con gente de varios países, me quedé incomunicado hasta con mis seres más cercanos. Mi agenda desapareció por completo y sentí que perdía el hilo de la realidad y el contacto con los demás. No fue hasta que conseguí un aparato nuevo y operativo que se me quitó esa sensación de que me habían amputado una parte del cuerpo.
En La Galaxia Internet, Manuel Castells planteaba que así como la imprenta fue el motor del racionalismo, la internet es el corazón de la sociedad en red. Valdría la pena agregar que el smartphone vino a suplantar nuestros ojos, oídos y memoria.
Vivimos en una era de enorme confusión. Las distancias que nos orientaban en tiempo y espacio simplemente desaparecieron. En ese scroll infinito que lo licúa todo, la información de cualquier época se mezcla de tal manera que sentimos que todo pasó ayer.
Nos duele ver las imágenes del terremoto en Colombia como si hubiera ocurrido en nuestro propio barrio. Nos indigna saber que las autoridades de ese país no dejan entrar a voluntarios extranjeros, mientras escuchamos a la gente suplicar por ayuda en vivo y en directo. Nos enojamos tanto como cuando Diosdado Cabello impidió el ingreso de ayuda humanitaria en una tragedia similar, solamente para ocultar parte del botín de la dictadura, que desgraciadamente estaba en ese sitio. Ambas imágenes se nos funden con el recuerdo de las autoridades de Afganistán, dejando entre los escombros a mujeres y niñas por el solo hecho de haber nacido con el sexo «equivocado» en un país oscurantista.
Hiperconectados
La “Galaxia Internet” la habitamos individuos hiperconectados, distintos a los de hace veinte años. El lenguaje de la cultura actual es el hipertexto, al que Castells define como el “lenguaje universal” de la virtualidad real.
El hipertexto transformó nuestra estructura mental al juntar texto, audio, imágenes y datos en un solo lugar. A diferencia de la lectura lineal de un libro –que exige cierto orden lógico–, la comunicación generada por el scroll no tiene sentido: nos movemos a saltos, sin ninguna coherencia, ni secuencia lógica. Así nace un pensamiento hipertextual donde no solo consumimos contenido, sino que reconfiguramos nuestra manera de pensar. Perdidos en un torbellino caótico de tiempo y espacio, inventamos nuevos rincones donde la imaginación intenta no desorientarse.
¿A qué se debe la falta de empatía del gobierno colombiano con las víctimas de una tragedia? Que Colombia no deje entrar a los “topos” mexicanos, con lo mucho que podrían aportar, ¿es ignorancia, insensibilidad o pura ceguera ideológica?
¿Tiene que ver con ser de izquierda o de derecha? ¿Qué significa eso hoy? ¿De la Espriella actúa como Diosdado Cabello porque le dio por hacerse revolucionario? La dictadura venezolana, que sigue sin liberar a los presos políticos de Maduro y a la que Donald Trump califica como un gran socio para EE.UU., ¿ahora resulta que es de derecha? Y el talibán afgano, que actúa de la misma manera que ellos, ¿es revolucionario o pro norteamericano? ¿Qué consigna podría unir una manifestación de talibanes, seguidores de De la Espriella y leales a Cabello?
En la comunidad global, la conversación no tiene horario ni fecha ni lugar. Se vuelve informe y pierde jerarquías: la verdad científica y el disparate más ridículo están a un solo clic. La participación no nace de un debate racional, sino de las urgencias artificiales de la era digital y la búsqueda de aprobación social.
Jugar con la realidad
El gran logro de la manipulación mental en la era digital ha sido entretenernos hasta la parálisis. El Homo Sapiens terminó rindiéndose ante el Homo Ludens: nos dejamos llevar por el gusto de jugar con la realidad en lugar de pensar cómo arreglarla.
En este entorno, el pensamiento racional estorba para el flujo del juego. Preferimos el meme o la mentira que ridiculiza al rival, porque el juego nos da una descarga de dopamina y poder inmediato, mientras que reflexionar nos enfrenta a nuestras propias limitaciones. Convertimos la ciudadanía en una consola de videojuegos, olvidando que los problemas de la vida real no tienen botón de restart.
En la red, las palabras, la música y las imágenes se mezclan para producir lo que Marshall McLuhan llamó el “masaje”: una experiencia envolvente que desmonta la lógica de la imprenta. Ya no somos lectores analíticos, sino gente conectada desde los sentidos a comunidades con identidades intensas pero efímeras, bombardeadas por estímulos incesantes.
En esta nueva era, la verdad se siente antes de razonar. Sumarse a un linchamiento digital o a una campaña viral resulta divertido, un juego que regala victorias rápidas frente al “aburrimiento” del discurso político tradicional o el estudio de proyectos a largo plazo. En esta sociedad hiperconectada, el silencio pasó a la historia: el ciudadano ya no se sienta a mirar, sino que exige jugar y estar presente en cada minuto de la conversación global.
* Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.