equilibrio

Un potro sin jinete

“Tiene una emocionalidad importante”, describió Patricia Bullrich al Presidente.

Javier Milei. Insulta, descalifica, grita, se desencaja, acusa y no suele medir sus ofensas. Foto: xinhua

Tiene una emocionalidad importante”, describió la senadora Patricia Bullrich el martes pasado, interrogada acerca de los gritos destemplados que se oyeron de boca de Javier Milei cuando este, en una reunión de gabinete, defendía lo presuntamente indefendible. Es decir, a Manuel Adorni, el devaluado jefe de gabinete autopercibido como deslomado. Lo que Bullrich refirió como “emocionalidad importante” es la habitual conducta exhibida por Milei tanto en pseudo entrevistas con operadores serviles disfrazados de periodistas, así como en discursos en estrados públicos, ante tribunas de fanáticos propios o en sus torrenciales posteos en redes sociales. Eludiendo siempre el debate cara a cara, y en ausencia física de los agredidos, Milei insulta, descalifica, grita, se desencaja, acusa arbitrariamente y no suele medir la desmesura de sus ofensas. Algo que está en las antípodas de aquello que sostenía Emmanuel Kant, pilar de la filosofía occidental, cuando, ya en el siglo dieciocho, sostenía que no se puede defender la dignidad de alguien, empezando por uno mismo, si se la niega a su vez a otro. Y entendía por dignidad la racionalidad, la libertad y la autonomía del pensamiento y de la voluntad inherentes a cada ser humano. El amor universal no es obligatorio, decía Kant, pero el respeto a la dignidad del otro sí lo es. Acaso Milei pudiera repasar estos conceptos y reflexionar sobre ellos si tuviera el tiempo que le quita su obsesión por despotricar serialmente en las redes.

La racionalidad, explicaba Kant, es el atributo que permite al ser humano dictarse sus propias leyes morales, las que solo pueden ser válidas si las acepta como leyes universales. Este imperativo categórico, como el filósofo lo denominaba, significa que, por ejemplo, sólo podríamos matar, robar, golpear, mentir, ofender o insultar si aceptáramos que todos lo hagan. Siendo así, dicha ley podría caer también sobre nosotros y no habría derecho a queja.

Es justamente la racionalidad la condición humana que, además, puede dominar y encauzar a la emocionalidad. Somos seres emocionales que razonan, advertía el psicólogo israelí Daniel Kahneman (1934-2024), premio Nobel y padre de la psicología de la conducta, cuya obra esencial es el libro Pensar rápido, pensar despacio. Se puede considerar a la razón como el jinete idóneo para domar al potro salvaje que serían las emociones, y capaz de cabalgar sobre ellas en direcciones significativas. Sin ese jinete las emociones desbordan, no conocen límites y llegan a resultar disfuncionales y dañinas para el propio sujeto y para otros. Pero, por otra parte, sin la cabalgadura el jinete pierde su condición de tal y camina penosamente, sin garantía de llegar a ciertos destinos. Razón y emoción se necesitan y complementan, no en vano ambas forman parte de nuestro equipo de vida. La tan mentada inteligencia emocional es precisamente la integración funcional de ambos atributos. Y resulta una prueba de salud mental.

Cuando ese sano equilibrio se altera por la preminencia de una las condiciones sobre la otra aparecen la emoción violenta y destructiva o, por otro lado, la alexitimia, patología consistente en la incapacidad de registrar, procesar y manifestar las propias emociones. En ambos casos hay un desequilibrio de orden psíquico. A la luz de lo que se ve y escucha casi a diario, lo que Patricia Bullrich bautizó con el eufemismo de “emocionalidad importante” podría ser la metáfora que describe la retracción de uno de los términos de ese equilibrio. Como si dijera que el potro cabalga sin jinete. Algo que no es bueno para nadie, sobre todo cuando está en juego el rumbo de un país.

*Escritor y periodista.