OPINION

Una defensa preventiva de Milei

El debate sobre la salud mental de los presidentes.

Debate. Sus largas ausencias y sus nuevos raptos de ira reflotaron la controversia de si los candidatos deberían afrontar un test psicofísico. Foto: cedoc

Después de sus semanas de aislamiento en Olivos y del posterior recrudecimiento de sus raptos de ira, se comenzó a hablar con más intensidad sobre el equilibrio emocional del Presidente. Un tema recurrente que volvió a asomar en los debates públicos. 

Un debate similar al que en estos momentos sucede entre legisladores y médicos de los Estados Unidos, que solicitaron formalmente revisar la salud mental de Trump, preocupados por sus continuos exabruptos y sus comportamientos erráticos. La iniciativa revivió la polémica sobre lo que allí se llama la “regla Goldwater”, una norma ética que prohíbe a los expertos emitir diagnósticos sin una evaluación particular de cada paciente. 

Barry Goldwater era un candidato presidencial excéntrico de los años 60 sobre el cual la revista Fact había publicado una encuesta entre 1.189 psiquiatras y cuya conclusión advertía que no estaba apto para manejar un país. Tras la nota, el entonces senador le inició y le ganó un juicio a la publicación y desde entonces se instituyó aquella regla a seguir.

Cuando a Milei le llegue la hora del despoder y los cazadores de chivos expiatorios lo elijan...

Con Trump se volvió a instalar el debate. Están los que avalan aquella tradición y están los especialistas que advierten del riesgo de que un líder desequilibrado tenga el control de armas nucleares. Estos últimos explican que la continua exposición pública de los mandatarios hoy brinda las herramientas suficientes para analizar comportamientos repetitivos y que la sociedad tiene derecho a conocer esas opiniones. 

Debate pendiente. El debate no es nuevo y los medios de Perfil se vienen haciendo eco de su importancia, como lo refleja la nota de hace dos semanas de Rodrigo Lloret. 

En principio, se sabe que existe un riesgo psicológico intrínseco a la responsabilidad de gobernar. Es el conocido síndrome de hubris, un trastorno de la personalidad que aparece luego de asumir la presidencia y se expresa en arrogancia, comportamientos desmesurados, desprecio por los consejos de los colaboradores y pérdida de contacto con la realidad.

El problema crece cuando ese hubris es acompañado por patologías previas.

Desde que Javier Milei apareció en la escena pública, surgieron controversias acerca de su equilibrio emocional. La más reiterada desde que asumió el Gobierno es sobre la necesidad de instaurar por ley un test psicotécnico que detecte si una persona está en condiciones psicológicas para afrontar la conducción del país.   

Ya a raíz de su candidatura, en 2023, una ciudadana de Mar Chiquita presentó un amparo para que todos los postulantes se sometieran a un examen físico y mental. La Justicia lo desestimó por no ser un requisito contemplado en el artículo 89 de la Constitución. 

En 2024, la diputada Agustina Propato, de Unión por la Patria, impulsó el proyecto Ficha Psíquica como complemento de la llamada ley de Ficha Limpia referida a los antecedentes por corrupción. En 2025, otro diputado de UxP, Ramiro Gutiérrez, propuso una ley en el mismo sentido. 

Y este año fue una diputada de la propia Libertad Avanza, Mercedes Llano, la que presentó un proyecto con el fin de evitar “que accedan a cargos de autoridad personas con estructuras de personalidad psicopática, falta de empatía, escasa responsabilidad o inclinación a tomar decisiones en beneficio propio y no del interés general”.

Test sí o no. Ninguno de estos proyectos fue aprobado. Lo mismo ocurre con planteos similares que aparecen periódicamente en otros países. Hasta ahora no hay antecedentes internacionales de leyes que exijan una aptitud psicológica comprobada para conducir una nación.

Lo que hay en casi todos los países son normas constitucionales que contemplan la destitución de un presidente si se verifican trastornos que le impiden el ejercicio normal del cargo.

El argumento habitual de quienes proponen exámenes previos es que hoy ya son obligatorios para ingresar a empleos mucho menos exigentes que el de la presidencia. De la misma forma que son imprescindibles para conducir un vehículo.

... de presa, habrá que recordar que él no tuvo la culpa de que una mayoría eligiera a alguien como él

La posición contraria plantea el peligro de que la existencia de un filtro médico sea utilizada como un mecanismo de proscripción política, además de las dudas técnicas sobre los criterios de los especialistas para decidir quién pude ser candidato y quién no.

Ambas posturas son atendibles. 

Por un lado, se podría decir que las sociedades tienen derecho a saber todo sobre las personas a las que les entregarán sus destinos y el de sus hijos. Desde cuáles fueron sus méritos profesionales y la capacitación para el cargo hasta sus estados de salud y sus eventuales adicciones.

Pero también cabría preguntarse por qué los votantes no tendrían derecho a elegir a un candidato aun habiendo sido informados acerca de sus patologías psiquiátricas. 

El derecho a elegir. ¿Qué habría pasado si a Milei se le hubiera diagnosticado a tiempo algún trastorno narcisista grave o una psicopatía compleja? ¿Habría sectores que igual lo habrían votado? Tiendo a creer que sí.

Pero lo cierto es que no existe y quizás nunca exista un certificado que acredite algún tipo de patología en él. 

Lo que sí existe es lo que se ve desde que se hizo conocido. 

Un hombre de “una emocionalidad importante”, como lo describe Patricia Bullrich, capaz de pasar de la calma a los gritos en un segundo; con dificultad para empatizar y mantener relaciones afectivas y familiares duraderas. Alguien que un día aparece sobreexcitado y, al siguiente, como si estuviera sedado; con un estilo cruel que se lo suele atribuir a la crueldad que recibió de pequeño. Una persona que cree que sus perros lo asesoran y que su hermana es capaz de comunicarlo con Dios y con seres que ya no están en este mundo.

Milei nunca ocultó cómo era, siempre expuso al desnudo una personalidad extrema que supo asociar con una ideología a su medida. 

¿Qué hubiera cambiado un certificado médico que le pusiera el nombre de una patología psiquiátrica a lo que se veía y se sigue viendo en público?

Con test psicofísico o sin él, hubo importantes sectores de la sociedad que lo eligieron por ser como es. Un espejo en el que reconocer sus angustias, su hastío con lo conocido, su propia fractura psicológica y la oportunidad de que un hombre roto fuera a romper con el statu quo vigente desde 1983. 

Mil días después, todas las encuestas confirman que alrededor del 30% de la población sigue teniendo una buena imagen del Presidente y que, si hubiera balotaje, lo volvería a votar aproximadamente la mitad del electorado. Un voto más de esa mitad le alcanzaría para ser reelecto; un voto menos, para perder.

El caso Milei me hace creer que la sociedad tiene derecho a conocer previamente si un candidato está en su sano juicio. Pero también tendría derecho a elegir y volver a elegir a quien la refleje mejor. Aunque un certificado médico se lo desaconsejara. 

Quizá con la irónica lógica de que sería una locura que una mayoría loca eligiera a un cuerdo.

Porque Milei, como cualquier presidente, es una consecuencia de los procesos históricos, no una causa. Una herramienta un tanto rota de una historia no menos ajada. 

Por eso, cuando a Javier y a Karina Milei les llegue la hora del despoder que les llega a todos los gobiernos, y los cazadores de chivos expiatorios vayan por ellos, habrá que recordar que él no es culpable de que los demás hayan elegido a alguien como él.