Crítica

Esa montaña perfecta

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

El Aconcagua es uno de los principales santuarios del hombre desde tiempos inmemoriales. Sagrado en la época incaica, este pico cumbre de las Cordilleras de los Andes está destinado a sacrificios y a cotejar las verdades de la existencia, en medio de un silencio que es el ruido ensordecedor del viento curvando las montañas. La gran túnica blanca, Aconcagua sería la grafía española deformada del aymará hanku = blanco y qawa = camisa, túnica, despertó toda clase de desafíos a hombres y mujeres. Juan Dopet, el protagonista de Los que sobran de Gerardo Adrogué, se suma a la larga fila de quienes buscan las certezas inconmensurables, vanas, “lo que significa vivir en armonía, sin negar ni adelantarse al inevitable deterioro del cuerpo o del espíritu. Todo en su justa medida y armoniosamente”. 

Pisando estos anodinos valles de lugares comunes, y congelados contrafácticos (¡un japonés llamado Satoshi, el enigma que lanzó bitcoin en 2009, adelanta unos años antes su revolución tecnocrática a desconocidos y a más de 5000 metros!), transita quejumbroso Dopet, un apellido recurrente para Adrogué, ya que Juan sería padre del Facundo de la anterior novela distópica del sociólogo y analista de productos, Nos quedamos sin inviernos (2023). La convencida crítica social, a trazos gordos una soga para comprender el conflicto social contemporáneo que ya venía en su colección de cuentos En lo que te has convertido (2020), vuelve aquí entre los pensamientos y diálogos de la partida que intenta atacar el pico más alto de América. Así aparecen el  hijo de los piqueteros de Cutral Co, una especie de proto-libertario, enfrentado a los porteadores, los trabajadores que hacen de mula de carga para los ricos extranjeros y autóctonos. Incluído nuestro héroe clasemediero. 

En un relato interrumpido por un diario de viaje, con largos sollozos destinados al entierro del “joven Dopet”, y exasperantes capítulos en distintos idiomas, los pocos momentos interesantes son las descripciones en primera persona y los términos técnicos para neófitos en montañismo. Claro que para ello tenemos el clásico Aconcagua Argentina de Alfredo Magnani y Luis Parra de los ochenta, que en su prólogo sostenía “afortunadamente el montañismo está en un plano espiritual más alto que el deporte y todas las clases de juegos que actualmente sufren el deterioro de la “condición humana” exasperada por la secularización reinante”. Dopet cierra su diario, filosófico Prozac, “estaré atento al camino, con la esperanza de encontrarlo”

“Hey/Conozco unos cuentos/Sobre el futuro/Hey/El tiempo en que los aprendí/Fue más seguro/Pateando piedras” gritaba el clásico de Los Prisioneros, en la Chile pinochetista, de “El baile de los que sobran”. El hombre sin atributos, los alpinistas turistas que buscan la rocosa cima por esas ansías de hacer historia para sí mismos, un tiempo de mediocres, “¡Hasta la cumbre, siempre!”, no piensan en el valor profundamente humano de la montaña. No es un lugar para atacar, tal como sienten derecho las burguesías del mundo, sino el sitio ideal de la resistencia. Un lugar para entrar y salir, de otras personas, de uno, sin apurarse en hallar el camino. Sin camino. 

 

Los que sobran 

Autor: Gerardo Adrogué

Género: novela

Otras obras del autor: Nos quedamos sin inviernos; En lo que te has convertido

Editorial: Paradiso, $ 28.000