Literatura y filosofía a veces se ignoran, otras se abrazan. Ese abrazo acontece, por ejemplo, en un célebre escritor cubano, referente máximo del barroco americano.
Quien nos invita a escudriñar el pensamiento de un hombre de letras es Samuel Cabanchik en su libro La comedia de la filosofía y otras formas de ensayar (17 Grises, Buenos Aires, 2025).
José Lezama Lima (1910-1976), el gran exponente de la palabra barroca. Aquejado por un asma severa, se recluyó en su casa de la calle Trocadero 162 en La Habana. Su poca movilidad física la compensó con sus vuelos creativos de altura por los cielos del lenguaje y la historia. En el cuerpo delicado de las palabras, Lezama Lima talló su “sistema poético del mundo”. En su literatura, la imagen y la metáfora baten alas para elevarse a una realidad de trascendencia, a “la fiesta innombrable” de la creación, desde su célebre estilo neobarroco, pletórico, exuberante; su palabra superdotada del verbo orgiástico y hermético, fuera de las comodidades lineales. Por su densa sustancia, Lezama Lima ha sido comparado con James Joyce o Luis de Góngora. Su obra cumbre es Paradiso (1966), novela de rotunda presencia en el siglo XX, fluir verbal del aprendizaje de su protagonista, José Cemí; y su secuela póstuma en su mentor Oppiano Licario.
Lezama Lima rebosa en poesía (Muerte de Narciso, Enemigo rumor y La fijeza), y en pensar ensayístico en La expresión americana (1957), ejercicio de una explicación más sistemática sobre la identidad cultural del continente, inescindible de lo barroco, como también ocurre con Alejo Carpentier, el otro gran cubano, músico y literato de un barroco vehemente.
Cabanchik asume la filosofía como goce de la comedia humana, pero también como una “crítica de los problemas”. Lo filosófico se renueva mediante su interacción con la energía creativa de lo poético; de ahí su propuesta de un “desarrollo de una crítica del problema filosófico a partir de las figuraciones conceptuales generadas en su concepción de la poesía”. En esta estrategia, Lezama Lima funciona como una de las proas posibles enfiladas hacia una filosofía poética o una poética pensante.
El propio poeta aclara que la meta de su pensamiento artístico es “devolver la naturaleza perdida”. Para ello, persigue “la penetración de la imagen en la naturaleza”, lo cual constituye la “sobrenaturaleza”. La poesía es gimnasia de liberación frente al estricto principio de identidad aristotélico, donde algo solo es idéntico a sí mismo. Lo poético así se derrama hacia otras formas de expresión mediante la metáfora y la imagen. Y como observa Cabanchik: “del encuentro entre metáfora e imagen nace el poema”. La metáfora conduce a la imagen y no al concepto, ese instrumento único de la filosofía convencional para desbrozar terrenos hacia la Idea o el fundamento del río rumoroso de la vida.
Lo monstruoso es, en José Lezama Lima, una de las fuerzas de la imagen poética. Lejos de ser trazo deforme, lo monstruoso es categoría estética y metafísica que hace de la imagen, y de la metáfora que es su producto, una diferencia fecunda y excesiva que muestra lo que escapa a las leyes de la naturaleza. Y lo monstruoso lezamiano es la “Criatura Única”: el ejemplar solitario de su especie, aquello que no puede ser encastrado en una clasificación. La propia rareza única y distinta del exceso barroco en Lezama Lima amerita que se lo recuerde como el “gran monstruo de la literatura cubana”.
Lo monstruoso también infunde, por la imagen, nuevas percepciones que siempre nos acercan a algo más originario, y que vigoriza la palabra como si fuera parte de un organismo vivo y dinámico.
Lo monstruoso no se deslinda del barroco americano que fractura las normas, y arremete contra la lógica aristotélica, y contra todo aquello que sueñe con una realidad domesticada. Inevitable como la lluvia que cae, lo barroco lezamiano produce lo monstruoso en la hibridez de las mezclas fantásticas. Mucho de lo monstruoso campea en Paradiso; es lo que genera el asombro que introduce al lector en la gema de lo maravilloso, en lo que Lezama Lima llama lo “incondicionado poético”. En esa profundidad, desde lo “súbito”, relampaguea la imagen, en el instante, por el que lo eterno irrumpe en el tiempo y se vislumbra lo originario. Las imágenes que surgen, desde allí, cargan con una “vivacidad” que transforma la realidad opaca.
El otro concepto que se hunde como una lanza en el cuerpo poético lezamiano son las “eras imaginarias”, desarrolladas en su ensayo homónimo de 1958 y en la ya mencionada La expresión americana. Para Lezama, la historia no es una línea continua en la que se engarzan los hechos políticos y militares, las biografías de los líderes o la sucesión de los imperios y civilizaciones. La “eras imaginarias” acontecen cuando los mitos y metáforas poderosas de una cultura se plasman en realidad histórica.
Entre las eras imaginarias que se suceden destacan: la filogeneratriz, vinculada a los mitos cosmogónicos y a la narrativa del origen del mundo explicada a través del lenguaje poético; la era egipcia, donde lo invisible es tan sustantivamente real como lo visible en los ritos de resurrección encabezados por el dios Osiris; o la era órfica, que reintegra al humano con el universo a través del pensamiento mágico y analógico. Esta última era es también la poesía que ilumina lo oscuro que roe la cultura en la katábasis, el descenso de Orfeo al inframundo.
Finalmente, el Barroco Americano surge como una era medular. Es lo que late en la mixtura entre lo autóctono y lo europeo, donde lo americano actúa como vivacidad de la imagen que engulle lo extranjero para resucitarlo en el seno de lo propio.
Pero toda belleza barroca de la imagen y metáfora en Lezama Lima, como observa Cabanchik, dimana un perfume político, pues, en el autor de Paradiso, “se trata de hacer una política de la imagen para conquistar a la política como un reino de libertad”.
Junto a la ética de una palabra de la libertad, la imagen poética en Lezama Lima devuelve un conocimiento de lo real que escapa al concepto. Esto es: lo originario y lo incondicionado, libre de las leyes naturales. La poesía actúa como una “resurrección” de la “sobrenaturaleza”, de la realidad preñada por una energía vital recuperada. Lo poético, que nos devuelve a la primera mañana.